Mi maternidad no empezó con arrullos, sino con el frío de un trastorno de la coagulación. Durante todo el embarazo, el pinchazo de la enoxaparina sódica rompió la resistencia de mi piel. Cada inyección, administrada de forma subcutánea en mi barriga y marcando el sentido de las agujas del reloj (fueron más de doscientas), la realizó el papá de Frida. Él tenía la precisión de quien manipula un cristal; no dejó hematomas.

Su apoyo fue el anclaje que me sostuvo; me repetía con convicción que el tratamiento era el correcto y que lo estábamos haciendo bien. Esa seguridad suya, basada en su experiencia como enfermero y no en el consuelo fácil, fue vital. Yo respiraba profundo, sentía la aguja mínima y luego ese ardor leve. No podía frotar la zona.

 

DE LA MISMA AUTORA: JOSÉ RON: OCHENTA AÑOS DE RÉGIMEN Y CORTAVENAS

 

Mientras Frida se formaba, mi sangre amenazaba con espesarse y formar nudos que le robaran el oxígeno. Era un miedo sin calendario: podía ocurrir en las primeras semanas o en los días cerca del parto. Habitamos ese espacio entre química y vida.

Frida Carlota-jevita-bebé-examen 2

En la sala de espera, observaba las barrigas de las otras mujeres como quien mira un mapa que no sabe leer. Sus carpetas de foami y sus batas eran parte de una gramática que a mí no me hacía falta. Nunca compré ropa materna porque mi cuerpo no habitó esa forma: no engordé. Mi anatomía se mantuvo igual, proyectada solo hacia adelante. Por eso seguí usando mis jeans de siempre. Para evitar que la pretina me presionara, amarraba una liga de cabello al botón, la pasaba por el ojal y la sujetaba de nuevo para ganar holgura.

Había una libertad inédita en el gesto de no tener que meter la barriga; disfrutaba de esa forma que se imponía. Era un bulto tan puntual que, después de la semana 36, me robó la vista de «la que te conté»; depilarme se volvió un ejercicio de fe y de puro tacto. Hasta que, un día antes de la cesárea, tuve que soltar el orgullo y ceder con absoluta confianza: dejé que fuera el papá de Frida quien terminara el trabajo. Fue el último gesto de entrega antes de entrar al quirófano. Me veía sexy así, con el ingenio de la liga y el paso firme.

Caminé esos meses sobre mis zapatos Converse, no solo porque eran mis preferidos, sino porque en ellos encontraba la comodidad que necesitaba para no perder el equilibrio. Mientras tanto, la acidez me quemaba la garganta y la bebé ejercía tal peso sobre mi vejiga que mi único objetivo diario era encontrar un baño limpio. Aunque la urgencia no entendía de protocolos: si viajábamos y la carretera era puro monte, parábamos y yo orinaba allí mismo, vencida por la biología.

La nombramos “Frida Carlota” por la misma razón que usé jeans y Converse: por una necesidad de estructura. No buscábamos aprobación, sino un nombre que se sintiera como una raíz de roble. Estábamos seguros de que su llegada traía una inercia propia, una energía que no nos debía nada a nosotros. Esa fuerza se tomó su tiempo; Frida habitó el silencio durante sus primeros dos años, apenas soltó veinte palabras. Pero un día el dique se rompió y hoy es un desborde que no se detiene.

 

Frida Carlota-jevita-bebé

 

Diez años después de su nacimiento, esa misma sangre fluye con una urgencia distinta: la de las preguntas que cortan el aire. Le pregunta a su papá qué viene después de ser niña. Me acorrala a mí con la traición: «¿Qué significa poner los cachos, mamá?». Se lo explico. Entonces me lanza la estocada, quiere saber si a mí me los pusieron alguna vez. Le respondo con un sí honesto, mientras ruego para mis adentros que le baste con el peso de esa palabra, que no pida coordenadas ni detalles del dolor.

Me pregunta por qué nos separamos y le digo la verdad: porque el amor se acabó. Cuando le devuelvo el cuestionamiento, ella me desarma con su lógica de justicia: «Es que a mí no me dijeron». Reclama su derecho a saber, como quien exige el inventario de su propia historia. También pregunta por los cuerpos que sangran y cuánto falta para que la menstruación le llegue a ella.

La miro dibujar ojos de anime con brillos imposibles. Toma el lápiz con la mano izquierda y frunce el ceño mientras le da sombra y drama al papel. Comprendo entonces que mi victoria contra la trombofilia fue darle este tiempo para que aprenda a cuestionarlo todo. Aquellas agujas no solo salvaron su vida, le dieron filo a la jevita.

 

***

DISFRUTA TAMBIÉN:

Anecdotario venezolano | Armando José Sequera

 

***

 

Marhisela Ron León

Marhisela Ron León (Puerto Cabello-Carabobo-Venezuela): Poeta, licenciada en Enfermería por la Universidad Nacional Experimental Politécnica de la Fuerza Armada.

Ha realizado Talleres de poesía a través del Instituto Municipal de Cultura de Puerto Cabello; también de escritura creativa con Nanda Nieves y de narrativa en Corrección Perpetuum, Escuela de Escritores de Caracas. Íntimo (2010) Bonus (2022).

 

Ciudad Valencia / RN / Fotografía de la autora Serge Páez