Inicio Columnas Desde la orilla José Ron: Ochenta años de régimen y cortavenas | Marhisela Ron León

José Ron: Ochenta años de régimen y cortavenas | Marhisela Ron León

Ron padre portada 2-José Amegar Ron Álvarez-Marhisela Ron Álvarez

José Amegar Ron Álvarez, oriundo de Ciudad Bolívar, de pelo chicharrón y canillúo, instauró en casa un código más estricto que el de la Guardia Nacional. Yo, que de niña le decía que «Amegar» venía de «amargado», sabía que vivir con él era vivir bajo decreto. Luisana José, mi sobrina, lo definió con precisión: el régimen.

Ese orden no admitía fisuras: No se salía del baño en toalla. Ningún varón (fuera quien fuera) podía andar sin camisa, mucho menos a la hora de comer. Nada de sonar cubiertos contra el plato. La cuchara, solo para sopas; el cuchillo, obligatorio para asistir al tenedor. Era su forma de enseñarnos que, incluso en la intimidad, la compostura es una forma de respeto. Basta recordar su imagen en las mañanas, con las piernas cruzadas, tomando café cerrero.

¿Fiesta? ¿Cine? Si él cerraba la puerta, quedábamos afuera; a menos que alguien, asumiendo el reto y con el patriarca ya dormido, lograra hacer la vuelta de abrirnos. Mis hermanas debían salir con las pequeñas de «lamparitas». ¿Varones en el cuarto de las muchachas?… ¡Dios nos libre! Aquel era el santuario que él protegía como territorio sagrado, convencido de que su mayor deber era custodiarnos.

 

DE LA MISMA AUTORA: CRÓNICA DE UNA JEVA (II): LA INSOPORTABLE LEVEDAD DE LAS CUCARACHAS

 

Mi papá llegó a Puerto Cabello en 1975, procedente de Puerto Ordaz, con su primera esposa, Noris, y sus cuatro hijos mayores. Cuenta Yanhiré, mi hermana mayor, que se vinieron en un Ford Cortina amarillo y vivieron en casa de un señor de apellido Cohen, en la calle Mariño. Ron se fajaba como taxista y regresaba de madrugada, mientras mis hermanos lo esperaban despiertos. Esa disciplina que nos pedía no era gratuita: era el mismo rigor con el que él enfrentaba la vida para sacar adelante a su familia.

 

Ron padre 2b

 

Aunque siempre ha sido un hombre de carácter fuerte, también ha sido un hombre «jodedor». Dos polos opuestos en un solo ser. Recuerdo una fiesta de disfraces que organizaron con otra familia, cuya casa daba hacia la autopista. Yo me disfracé de lechosa (que, por cierto, si me quitaban la pulpa parecía una lagartija).

Mi papá llegó mucho después para mayor misterio, y fue el centro de atención: peluca, zapatos de tacón, lentes oscuros, un vestido por debajo de las rodillas, uñas rojas, aretes, cartera blanca y un lunar pintado cerca de la boca, perfilada en rojo carmín. Me causó mucha risa verlo así, demostrando que detrás de la autoridad había un hombre capaz de reírse de sí mismo para hacernos reír. Disfrutamos esa noche hasta que antes de irnos volvió a vestirse como él: sin esmalte y sin tacones, retomando su lugar de mando.

Si algo caracterizaba a mi papá los fines de semana era la música. Se reunía con la familia y amigos y ponía esas canciones que llamábamos «cortavenas». De pequeña yo no sabía de despechos, pero crecí escuchando a Leo Dan, Camilo Sesto, Raphael, Emmanuel, Rocío Dúrcal y Dyango, solo por nombrar algunos.

Si le gustaba una canción, la repetía las veces que quisiera; a veces nos ponía verdes escuchando «Por ella», de Roberto Carlos, más de diez veces. Pero de todas, me quedo con una imagen suya cantando un tema en la voz de Danny Rivera: «Los hombres de rabia también lloran». Yo estaba adolescente y no sé si era su momento de vulnerabilidad, su forma de decir que los hombres recios también sienten.

Resulta que, a medida que me hago una señora mayor, descubro que repito mucho de ese «régimen» que tanto critiqué. Cada vez que mis hijos tiran una puerta, algo dentro de mí hace cortocircuito y una voz empuja la frase: «No le des tan duro». A Frida le he dicho mil veces: «Copia solo lo bueno». Comer en los cuartos está prohibido. Y como cosa rara, a mi hijo Sebastián no le gusta estar sin franela y Frida se viste en el baño. Cuando veo a un hombre sentarse a la mesa sin franela, siento el mismo cortocircuito; o si algún vecino sale a la puerta de su casa en toalla, pienso para mis adentros: «¿Pero qué se cree este?».

 

padre-Marhisela Ron León-Desde la orilla-MRL

 

He terminado por emular las manías de mi papá, que hoy entiendo como gestos de herencia. Y lo más común es repetir esas canciones cortavenas que marcaron mi infancia. El 1° de enero, a eso de las cinco de la mañana, cantábamos en familia mientras recordábamos algunas canciones. Días después, Dalila me envía por WhatsApp un video de Emmanuel en vivo con la canción «Ven con el alma desnuda». Lo primero que alcancé a decir fue: Hermosa herencia de Ron. Acto seguido la repetí unas veinte veces, junto con «El día que puedas», también en la voz de Emmanuel.

Hoy, en el playlist de mi celular, una de las canciones más reproducidas es aquella de Danny Rivera; la canto como si fuese ese hombre que llora de rabia por esa mujer que lo dejó, pero también las imágenes familiares pasan por mi mente cada vez que la escucho.

Me emociono, no las escucho porque esté triste, siento que es mi forma de celebrar el origen de donde vengo. Porque al final, «el régimen» de mi papá, quien este 19 de febrero cumplirá 80 años, no era otra cosa que, quizás, su forma de darnos estructura y amor.

 

***

DISFRUTA TAMBIÉN:

Una ciudad que se sueña en bigotes curvados: Salvador Dalí en verso y prosa | José Luis Troconis Barazarte

***

 

Marhisela Ron León

Marhisela Ron León (Puerto Cabello-Carabobo-Venezuela): Poeta, licenciada en Enfermería por la Universidad Nacional Experimental Politécnica de la Fuerza Armada.

Ha realizado Talleres de poesía a través del Instituto Municipal de Cultura de Puerto Cabello; también de escritura creativa con Nanda Nieves y de narrativa en Corrección Perpetuum, Escuela de Escritores de Caracas. Íntimo (2010) Bonus (2022).

 

Ciudad Valencia / RN / Fotografía de la autora Serge Páez