Álvaro D'Marco

El miércoles 24 de junio, a las once y cinco de la mañana, busqué a Álvaro D’Marco. Quería conocer su experiencia con los libros. El doblete sísmico aún no sacudía el país. Horas después, la tierra tembló. Esa misma tarde del 24, tras las sacudidas, el autor me envió imágenes de su apartamento para mostrar que su biblioteca personal sobrevivió sin grandes daños. Al día siguiente, junto con las respuestas a mis preguntas, sumó una fotografía tomada en La Guaira: la novela Piedra de mar, de Francisco Massiani, descansa sobre los escombros de los sectores afectados, un recordatorio sutil de la persistencia de las letras en el desastre. Al contestar mis dudas, el escritor dejó una seguridad sobre la mesa: para sobrevivir al temblor, primero hay que saber nombrar la tierra que pisamos. La vida de D’Marco, autor de manías milimétricas y nostalgias largas, tiene dos pilares: el conteo de las páginas leídas y la convicción de que los libros cambian de piel con nosotros.

 

Álvaro D'Marco

 

Su historia es un mapa de contrastes. A los cuatro años dejó el polvo de El Tigrito, donde era un niño realengo que corría con un caballo de madera fabricado por su abuela. Su destino fue la casa de sus tías abuelas en la urbanización El Conde. Allí descubrió que su bisabuela tuvo diecisiete hijos, con diferencias de tres décadas entre el mayor y el menor; una estirpe que define como «unos Buendía de Guayana». En ese caserón, ante la biblioteca masónica de su tío Héctor, el niño salvaje fue domesticado con relatos de hadas y una tarea fija para mantenerlo quieto: memorizar datos sobre Simón Bolívar, José Félix Ribas y José Antonio Páez.

 

Álvaro D'Marco

 

A los dos o tres días de llegar aprendió a leer gracias a sus tías. A los ocho años, antes de la primera comunión, leía a Salgari y Verne; en cuarto grado se cruzó con la Ilíada. El sismo definitivo ocurrió a los once años con epicentro en Memorias de Mamá Blanca, de Teresa de la Parra. Ese libro le enseñó a aceptarse con sus «pelos chicharrón» e inició una ruta sin retorno. Luego llegaron García Márquez a los doce años y Proust a los diecisiete. Su formación académica se consolidó en la Universidad Central de Venezuela, donde cursó la carrera de Letras y la maestría en Literatura Venezolana, bajo el influjo de Flaubert, Marguerite Duras, Camus y Vila-Matas.

D’Marco sostiene que la literatura envejece con el lector. La mirada se transforma y los libros pagan el precio. A los quince años, El gran Meaulnes, de Alain-Fournier, le pareció una obra cumbre; a los treinta, al releerla en la universidad, la calificó de «estupidísima».

 

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El autor explica:

«En la adolescencia uno busca misterio, evasión y amores imposibles. La adultez exige lógica, ideas y sorpresas de otro orden. Lo que a los quince años resulta rápido, a los treinta se vuelve lento».

Con otras obras pasa lo contrario: acumulan significados que solo la experiencia revela. A los diecitiete, el erotismo de Por el camino de Swann era la forma en que el protagonista miraba las catleyas en el pecho de Odette. Décadas después entendió el sufrimiento de un personaje enfermo de celos al descubrir que esas orquídeas eran para otro.

Hubo un tiempo de inventarios obsesivos. En su biblioteca, protegida y reordenada en Caracas tras los eventos de junio, D’Marco anotaba cada lectura. En 2015 registró ciento cincuenta y un libros; en 2016 la cifra bajó a ochenta. En 2017, tras la muerte de su esposa, el registro se detuvo. El dolor frenó al lector.

No fue su primera pausa. Entre 1992 y 2012, veinte años de matrimonio y labor como conservador de películas en la Biblioteca Nacional de Venezuela, leyó sin escribir una línea. Pasó dos décadas limpiando rollos con clorotene en la lavadora de ultrasonido o rebobinando a mano los títulos con sonido incorporado frente a la moviola. Mientras combatía la humedad de Caracas para salvar el cine del síndrome del vinagre (ese sudor ácido que pudre los archivos), su propia producción literaria quedó suspendida, bajo cero, en el congelador del tiempo. Volvió a la página en 2012, consciente de que escribir es el método definitivo de preservación: duplicar los materiales de la vida y pasarlos a una nueva tecnología.

Hoy su mesa de noche refleja las tensiones de los días corrientes. Explora la auto-ficción de Paul Auster, el deseo como radiografía social en Annie Ernaux y los silencios perturbadores de Samanta Schweblin, a quien vincula con el nuevo gótico de Mariana Enríquez o Mónica Ojeda.

Para los jóvenes y adultos que buscan una opción de inicio en la lectura, D’Marco propone un triángulo:

Memorias de Mamá Blanca, de Teresa de la Parra.

Blue Label, de Eduardo Sánchez Rugeles.

El gran Meaulnes, de Alain-Fournier.

El gesto lo delata: sabe que el libro descartado por el adulto es la aduana útil para quien empieza el viaje. Para el director de la Escuela de Escritores Corrección Perpetuum, leer exige reconocer lo propio (la calle, el habla, la cotidianidad) antes de saltar al abismo. El ejercicio de la lectura es, al final, ensanchar la distancia de rescate de la que habla Samanta Schweblin: el intento por preservar lo que amamos antes de que la tierra vuelva a temblar.

 

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Marhisela Ron León

Marhisela Ron León (Puerto Cabello-Carabobo-Venezuela): Poeta, licenciada en Enfermería por la Universidad Nacional Experimental Politécnica de la Fuerza Armada.

Ha realizado Talleres de poesía a través del Instituto Municipal de Cultura de Puerto Cabello; también de escritura creativa con Nanda Nieves y de narrativa en Corrección Perpetuum, Escuela de Escritores de Caracas. Íntimo (2010) Bonus (2022).

 

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Ciudad Valencia/RM