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Cabeza tomada | Marhisela Ron León

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Soy la mezcla de un padre de pelo chicharrón y una madre musiúa de cabello lacio y grueso. Heredé el de él: un centro de poder, un mapa de identidad que, con los años, aprendí a custodiar. No es solo champú y agua. Ser madre es vivir bajo el asedio constante de una misión inexcusable: mantener a los hijos con vida y, en un orden de prioridad que a veces me nubla la cordura, libres de piojos.

Durante la primaria, fui parte del club de las piojosas. No era esa niña impoluta que regresaba a casa igual que salió; yo volvía despeinada, sudada y con la cantaleta de mi mamá, que no era regaño, sino el terror puro de quien ve la cabeza invadida.

Hoy entiendo su angustia: no era por lo percusia que yo lucía, era el pánico a que ese ejército minúsculo de cochochos se instalara en las sábanas, en las toallas, en la calma familiar. Ella peleaba una guerra de posiciones donde mi cabeza era el campo de batalla.

 

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Recuerdo las tardes en la terraza en casa de mi papá, de la calle Anzoátegui. Mis hermanas y mi cuñado ejecutaban la misión con la frialdad de un comando: aniquilar liendres, piojos y cualquier habitante indeseado. Era una guerra a muerte. Yo escuchaba el jarabe de lengua que los adultos recitaban sobre tener la «sangre para piojos», una condena que ahora, irónicamente, repito a mi hija.

Creí que al crecer me había librado. Pero la vida tiene formas crueles de recordarte el pasado. Cuando peiné a mi hija en segundo grado y vi el movimiento en su cabello, el terror fue un ruido sordo. Las manos me temblaron y, con una saña que desconocía, susurré: «¡Muere, coño ‘e tu madre. Muere!».

Descubrir el primer piojo no es una anécdota; es una escena de terror donde suena la música de la película Tiburón en tu propia sien. Una vez, en el negocio de mi papá, sentí uno trepándose en mis greñas, logré sacarlo; mi hermana mayor me miró con horror, como quien ve una grieta en la seguridad nacional.

Hoy, la tecnología y el WhatsApp son nuestras nuevas armas de espionaje. Cuando el papá de mi hija me envía la captura del grupo de WhatsApp, ignoro el mensaje del profesor. No leo. Mis ojos, entrenados por el asedio, van directo a la imagen: un dibujo animado de un niño rascándose la cabeza. La plaga ha vuelto.

Cuando acompañaba a mi hijo a terapia, sentí el picor. Intenté mantener la compostura mientras la terapeuta hablaba, pero la sospecha es un veneno que no te deja en paz. Atrapé algo entre mis dedos. Un piojo de mierda. En ese momento no es solo picazón, es la pérdida de la dignidad. Si mi hija se rasca, ya no pienso en caspa ni seborrea; pienso en posible invasión.

 

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El año pasado, en el autobús hacia Valencia, le había hecho una cola y unas trenzas que ella llama «serpientes». Vi que algun bichito salía de su cabello. Con una torpeza poseída por la rabia, atrapé e identifiqué al invasor. «¡Hija, tienes piojos!», sentencié. Ahí estalló el asombro, el reclamo, el «¡Mami, otra vez!…». Bajamos en el puente Bárbula y salí hacia la farmacia como si fuera a comprar municiones para declarar la guerra total.

El papá me envía el parte de guerra: bajas confirmadas, evidencias fotográficas, el informe de la batalla. Compro el peine que, en cada pasada, arranca un «¡Ay, mamá, me duele!», y saca hasta los recuerdos de cuando estudió preescolar.

Algunos padres se convierten en expertos en venenos, en aceites de árbol de nim. Nos une una causa común, una paranoia colectiva. Protegemos nuestras cabezas, nuestros chamos y lo único que nos queda: la cordura. Pero sé que, en algún rincón de alguna cabeza, el enemigo nos observa, esperando a que bajemos la guardia.

 

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Marhisela Ron León-Marhisela

Marhisela Ron León (Puerto Cabello-Carabobo-Venezuela): Poeta, licenciada en Enfermería por la Universidad Nacional Experimental Politécnica de la Fuerza Armada.

Ha realizado Talleres de poesía a través del Instituto Municipal de Cultura de Puerto Cabello; también de escritura creativa con Nanda Nieves y de narrativa en Corrección Perpetuum, Escuela de Escritores de Caracas. Íntimo (2010) Bonus (2022).

 

Ciudad Valencia/RN/Fotografía de la autora Serge Páez