La tierra se movió este 24 de junio de 2026, un sacudón que interrumpió la rutina del país como si alguien hubiese tocado la puerta del subsuelo con demasiada fuerza. Primero un estremecimiento breve, casi un aviso. Luego ese vaivén que obliga a detenerse, a mirar el techo, a buscar con los ojos a quienes están cerca.
Señor,
Tú que partiste la tierra
y nos dejaste del lado de la luz.
Gracias por este aire cansado,
por el pulso que insiste.
La suerte fue un dado ciego.
A los que cayeron en la grieta
y ya no respiran este polvo,
recíbelos en tu silencio.
Amén.
En Valencia la gente salió al pasillo con el pulso acelerado. En Caracas bajaron las escaleras con esa calma tensa que solo se aprende viviendo la experiencia del mismo terremoto. En Mérida, Maracay y Barquisimeto la misma pregunta quedó suspendida en el aire: ¿Estamos bien?
Lo que vino después habló más claro que cualquier boletín. Apenas la tierra se aquietó, apareció esa forma nuestra de sostenernos. Un vecino prestó su teléfono para que una muchacha avisara a su familia. Una señora repartió agua a quienes bajaron apresurados. Un muchacho acompañó a un anciano que no podía caminar rápido. En cada gesto había una certeza: cuando algo se mueve bajo los pies, lo único firme es la mano que se ofrece.
Y desde lejos también llegó compañía. Mensajes desde países que quizá nunca pisaremos, pero que igual nos nombran con afecto. Organizaciones que preguntaron si necesitábamos algo. Voces que, sin conocer nuestras calles, quisieron acompañarlas. Hay algo profundamente humano en esa atención: un recordatorio de que, los países a veces parecen aislados, pero el mundo sabe mirarlos con cariño.
En Valencia las historias se multiplican como pequeñas luces. La muchacha que bajó con su gato envuelto en una toalla. El señor que encendió una radio vieja para poner música y calmar a los niños. La vecina que abrió su portón para que todos esperaran allí mientras pasaba el susto. Son escenas que no aparecen en los informes sísmicos, pero que explican mejor que cualquier cifra por qué este país sigue de pie.
La tierra habló. Y nosotros respondimos con esa mezcla de serenidad y terquedad que nos caracteriza. No porque no haya miedo, sino porque sabemos que, mientras exista alguien dispuesto a acompañar, el país encuentra su equilibrio.
Y aquí, en la ciudad, el temblor dejó una enseñanza que no se olvida.
Las calles volvieron a llenarse, los vendedores retomaron su canto, los autobuses siguieron su ruta, los balcones se asomaron otra vez a la vida. Nada épico, nada grandilocuente: solo la respiración diaria de una urbe que se rehace sin anunciarlo. Valencia, Caracas, Maracay, cada una con su propio pulso, demostraron que la ciudad puede estremecerse sin quebrarse.
En términos estrictamente periodísticos, Las magnitudes oficiales registradas los sismos del 24 de junio fueron las siguientes:
- Primer sismo (premonitor): Tuvo una magnitud de 7.2. Ocurrió a las 18:04 (hora local) con epicentro en la región de Yaracuy, cerca de San Felipe.
- Segundo sismo (evento principal): Apenas 39 segundos después, se liberó un movimiento aún más violento de magnitud 7.5, con epicentro muy cerca del primero, al sureste de Yumare (Yaracuy) y cerca de Morón.
Dejó daños en varias regiones pero, un saldo mayor de solidaridad.
Las autoridades continúan evaluando estructuras, los organismos internacionales mantienen comunicación con el país y las comunidades organizadas siguen activas en apoyo mutuo. Lo esencial, sin embargo, no está en los reportes: está en la manera en que la gente se sostuvo unas a otras.
Porque, al final, el país tembló, pero no cayó.
Y eso también es noticia.
Poema para acompañar la columna
(y decir lo que la prosa no alcanza)
El 24 de junio
la tierra nos habló sin palabras
algunos no pudieron responder.
Hubo casas que se rindieron
en un solo gesto,
como si ya no tuvieran fuerzas
para sostener otra madrugada.
Hubo familias que quedaron
mirando el vacío
donde antes estaba la vida.
Hubo quienes no volvieron,
quienes quedaron bajo un polvo
que todavía duele nombrar.
Mientras tanto,
los que seguimos de pie
sentimos el temblor por dentro,
ese que no se mide en escalas
ni aparece en los reportes.
Miramos nuestras paredes intactas
dijimos gracias,
con la voz quebrada,
con una culpa pequeña,
con el corazón apretado
por los que perdieron todo.
Porque un país puede seguir andando,
sí,
pero lleva consigo
los nombres de los caídos,
las casas que ya no están,
las manos que buscan techo,
las miradas que no encuentran dónde dormir.
aun así,
entre tanto dolor,
algo se sostuvo
la gente,
la fe,
la certeza de que Dios nos guardó
a algunos
para ayudar a los otros.
La ciudad volvió a moverse,
pero no olvidó.
Este texto
tampoco olvidó
porque en cada rincón quedó un latido,
porque el país dolió, pero ha resistido,
porque aun con tanto escombro repartido,
seguimos vivos, juntos… y muchos,
como yo,
Agradecidos.
MÁS DEL MISMO AUTOR: LA CIUDAD QUE SE TIÑE DE ROSA
(Cuento)
La hora en que la tierra llamó por su nombre a los vivos y a los muertos
Poco después de las seis de la tarde del 24 de junio, cuando el cielo tenía ese color naranja que parece inventado por un pintor cansado, Doña Elvira estaba barriendo el frente de su casa en Valencia. Era una mujer que había sobrevivido a tantas cosas que ya no le temía a casi nada, pero ese día sintió un escalofrío que no venía del cuerpo, sino del suelo. El piso vibró apenas, como si alguien debajo de la tierra hubiera tocado la puerta con los nudillos.
—No me gusta ese sonido —murmuró, aunque nadie la escuchaba.
En Caracas, Tomás, un niño de nueve años, estaba haciendo la tarea cuando vio que el lápiz empezó a moverse solo sobre la mesa, dibujando una línea temblorosa. Él creyó que era un truco de magia, hasta que la mesa entera se estremeció como si quisiera levantarse y salir corriendo.
En Mérida, la señora Adelaida estaba preparando café cuando la taza comenzó a tintinear sin que nadie la tocara. El sonido era tan agudo que parecía un grito diminuto atrapado en la porcelana.
Y en Maracaibo, Don Hilario, que llevaba años sin escuchar bien, oyó por primera vez en mucho tiempo una voz clara que venía del piso. Una voz grave, antigua, que decía su nombre como si lo llamara desde el fondo del mundo.
Entonces ocurrió.
La tierra no tembló: se arqueó, como si quisiera estirarse después de un sueño demasiado largo. Las casas se sacudieron como animales asustados. Las ventanas vibraron como si quisieran escapar. Los techos se inclinaron con la fragilidad de un suspiro.
Doña Elvira cayó de rodillas y vio cómo la calle se ondulaba como un río de cemento. Tomás gritó el nombre de su hermano, pero la voz se le quebró antes de llegar a la puerta. La señora Adelaida dejó caer el café, que se derramó en el piso formando un mapa oscuro que parecía predecir desgracias. Y Don Hilario, con los ojos muy abiertos, vio cómo una grieta invisible le atravesaba la sala como una serpiente silenciosa.
En algunos lugares, las casas se derrumbaron como si estuvieran hechas de pan viejo. En otros, los edificios se doblaron como si fueran de papel mojado. Y hubo familias que quedaron atrapadas en un instante que no tuvo tiempo de convertirse en recuerdo.
Dicen que en un barrio de Maracay, una niña vio cómo su casa se deshacía como si la tierra la estuviera borrando de la memoria. En Caracas, un hombre quedó mirando el hueco donde antes dormía su esposa. En Mérida, una madre gritó el nombre de su hijo hasta que la voz se le rompió en pedazos.
Los que sobrevivieron cuentan que, cuando todo terminó, el silencio fue tan grande que parecía un animal dormido sobre el país. Y que ese silencio dolía más que el temblor.
Pero también cuentan que, en medio de ese silencio, empezó a ocurrir algo extraño.
Doña Elvira abrió su casa para los vecinos que ya no tenían techo. Tomás, con las manos temblorosas, ayudó a cargar agua para los que estaban en la calle. La señora Adelaida repartió café a quienes lloraban sin consuelo. Y Don Hilario, que nunca había sido hombre de abrazos, abrazó a un desconocido como si lo conociera desde siempre.
Los que no perdieron nada se arrodillaron en silencio, agradeciendo a Dios por la casa que quedó en pie, por la familia que respondió al llamado, por el milagro de seguir vivos. Y los que lo perdieron todo miraron al cielo con una mezcla de rabia y esperanza, como si supieran que la vida, incluso rota, insiste en seguir.
Esa noche, Venezuela entera quedó suspendida en un dolor que no cabía en ninguna palabra. Pero en medio de ese dolor, había una luz pequeña, terca, que no venía de las velas ni de los postes, sino de la gente.
Dicen que esa luz era el alma del país, tratando de recomponerse.
Dicen que esa luz sigue ahí.
Dicen que, aunque la tierra vuelva a llamar por su nombre a los vivos y a los muertos, Venezuela ya aprendió a sostenerse entre sus propias manos.
LEE Y COMPARTE:
Séneca y la fórmula para vivir sin miedo | José Luis Troconis Barazarte | Ciudad Valencia
***

José Luis Troconis Barazarte: El sembrador de lenguajes
Artista, ceramista, narrador y docente, José Luis Troconis Barazarte ha hecho de la interdisciplina su firma. Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca y la Bircham International University, con maestría en Artes Visuales y Escénicas (Strayer College, D.C.), su rigor académico se funde con la pasión de quien vive el arte como destino.
Su huella institucional destaca como exdirector de Cultura de la Universidad Arturo Michelena y coordinador en la Alianza Francesa de Valencia. Al frente de CEINFOLEIM, convierte la enseñanza de siete idiomas, la música y la literatura en un rito de creación permanente, impulsando movimientos de vanguardia como Cacao Tekisuto y Talicre. En este diario, Ciudad Valencia, da vida semanalmente a su columna «Ciudad en Verso y Prosa«, un espacio que define su presente creativo.
Reconocido con la Bienal Internacional Vicente Gerbasi (2017) y distinguido en Atenas como Mejor Escritor del Año 2024-2025 por el Ministerio de Cultura de Grecia, su obra honra una herencia mediterránea que trasciende fronteras. Autor de títulos como Empáticos, Cartas a la Soledad y El Evangelio de Caperucita, prepara para este 2026 una ambiciosa serie editorial que incluye Yo sí creo en Dios, Om Seti y Lilith.
Médico internista, intérprete de lengua de señas, pianista y director coral, Troconis entiende la sanación y el arte como un mismo gesto de revelación.
“Escribe como quien borda: con barro en los pies, cielo en la lengua y fuego en la voz. Es el poeta que escucha lo que otros callan y traduce el silencio en tinta viva.”
Ciudad Valencia/M.Ll












