Christian Farías- dialéctica - La victoria de la paz

“Decadencia, Caos y Guerra vs Soberanía, Bienestar Social y Paz”… El título de estas notas para el cierre del año 2024 y con las puertas abiertas para el glorioso recibimiento del nuevo año 2025, indica que estamos ante dos realidades diferentes y confrontadas de manera radicalmente antagónicas, en el actual escenario de la geopolítica nacional de Venezuela, de toda la América y el mundo en general.

Para justificar este título de seis sustantivos confrontados, tres contra tres, expliquemos un poco su estructura y su sentido semántico y dialéctico, con el cual pretendo simplificar un poco la complejidad histórica en la cual nos encontramos hoy; de cara a un nuevo año, nada fácil de interpretar hacia dónde se enrumba el destino inmediato de la humanidad, de nuestra América y especialmente el destino histórico de nuestra madre patria, Venezuela.

Digamos, entonces, que la relación dialéctica de las dos partes del título indica el contraste histórico, la contradicción filosófica, doctrinaria, política y estratégica, que hoy existe entre el imperio norteamericano y las naciones de todo el continente, desde México hasta el sur de Argentina y Chile; incluyendo a los pueblos del Caribe. Dicho contraste se explica fácilmente a la luz de los acontecimientos históricos irrefutables. Pero, atengámonos a los conceptos para ubicar y precisar la semántica de las contradicciones políticas.

Comencemos diciendo que la palabra DECADENCIA significa «caída», «sumidero», «declive». Es originalmente un término histórico-filosófico mediante el cual los cambios en las sociedades y culturas fueron interpretados y criticados como ruina, caducidad o depravación”. En ese sentido, la decadencia significa que lo presente ya ha perdido valor, vigencia, utilidad o pertinencia. Por lo tanto, surgen nuevas opciones o alternativas que sustituyen y superan eso que ya ha perdido valor y permanencia.

Para nuestros pueblos de América Latina y el Caribe, efectivamente, el imperio norteamericano ha perdido su eficacia y sus encantos iniciales, como modelo de país altamente desarrollado. Su afán imperialista, lo corrompió y condujo a la perversidad de ser un imperio criminal, invasor, hegemonista, centralista y dictatorial; pero, encubierto en las tecnologías de la información y el afán sin fin, de la industrialización militar para llenar el mundo de perversidades, conflictos, guerras y matanzas entre los pueblos y naciones que siguen bajo su poder o influencia directa e indirecta.

Ahora, ese imperio no puede ocultar su propio proceso de decadencia, porque ya está a la vista de los pueblos y naciones del mundo. Lo que antes eran sus fuerzas supremas para mantener su dominio hegemónico; ahora, tienen debilidades diplomáticas y políticas que le impiden tener eficacia en sus afanes de imponer su hegemonía única e imperialista; por la pérdida gradual de sus fuerzas, su importancia, su perfección o intensidad como país dominante. Igualmente, la decadencia corresponde a un período en el que un movimiento cultural o artístico, un estado, una sociedad o un estadista van perdiendo sus valores y/o sus fuerzas subjetivas y objetivas.

Desde una perspectiva histórica-filosófica, el concepto de la decadencia se emplea para interpretar y criticar la presencia emergente de cambios en determinadas sociedades, cuyas estructuras culturales entran en procesos de estancamiento, degeneración o grandes desviaciones, perversidades, señales de ruina, caducidad o depravación. Tal como los medios audiovisuales ya lo muestran en las calles de ciudades importantes de los Estados Unidos de Norteamérica.

Comparativamente, podemos decir que hay muchos ejemplos del pasado histórico que evidencian esa lógica de los imperios perversos y criminales que construyeron grandes poderes majestuosos, que luego devinieron en ruinas morales, éticas, políticas y criminales. La decadencia del Imperio Romano y las emblemáticas figuras de Calígula y Claudio, sintetizan esa lógica antigua e inexorable de la antigua historia occidental eurocéntrica.

En nuestra historia de la época colonial, igualmente, la decadencia del imperio español, facilitó la puesta en marcha de la gran gesta por la independencia y la soberanía de toda Nuestra América (1811-1830); constituyéndose así en el mejor y más claro ejemplo de nuestra historia revolucionaria, patriótica, liberadora e independentista; que surgió y se desarrolló victoriosamente contra el decadente imperio español.

De allí surgió la gran figura inmortal de nuestro Libertador Simón Bolívar, como el Padre de la soberanía frente a la decadencia imperial de la vieja España. Sin duda alguna, Bolívar, junto a sus héroes y la pléyade de hombres y mujeres cultos, siguen vivos en la conciencia colectiva, política e histórica de nuestros pueblos indo-afro-caribeños-latino-americanos.

La soberanía de los pueblos es la negación dialéctica y permanente de la dependencia que imponen los imperios criminales. De acuerdo con esa lógica de la dialéctica histórica, la dependencia no puede ser eterna; se agota, se limita, se pervierte y se arruina ella misma y entran o caen en la decadencia y extinción. Tal como sucedió con dos de los grandes imperios de la antigua Europa: Grecia y Roma, cuyos destinos marcaron el desarrollo ulterior de Europa.

Por esa razón, observamos que, en esta época de nuestro presente, los Estados Unidos de Norteamérica ya no son el imperio pujante y modernizador con gran poder económico, industrial, tecnológico, cultural y militar que logró imponer su hegemonía absoluta. Ahora, le llegó la fase de la decadencia sin vuelta atrás.

Es pertinente recordar que la hegemonía de Estados Unidos, se inicia con la famosa Doctrina Monroe en diciembre de 1823; casi un siglo después, se le impone a Europa al final de la primera guerra mundial, con el famoso Tratado de Versalles (28-06-1919); luego, en la Organización de Naciones Unidas, ONU (1945); después, en la Organización del Tratado del Atlántico Norte, OTAN (1949); más tarde, en el Grupo de los Siete (G7-1975) como la fuerza de los grandes industrializados: Canadá, Francia, Alemania, Italia, Japón, Reino Unido y Estados Unidos.

De esa manera, nació, se consolidó y expandió hegemónicamente, el imperio norteamericano; con un bojote de guerras en todo el planeta, alimentadas por el complejo económico-militar-tecnológico-industrial de El Pentágono. Hoy ese imperio está invocando y poniendo en marcha la teoría del caos.

Surge, entonces, la pregunta ¿Por qué y para qué sirve la teoría del caos en una lucha por la hegemonía del planeta? Sencillamente, ya es evidente que el imperio no puede atender las necesidades de los pueblos y naciones que han estado bajo su dominio hegemónico.

En buena parte de estos países, han surgido nuevas fuerzas sociales que luchan por la independencia, la soberanía y el bienestar de sus pueblos. Venezuela, Cuba y Nicaragua son los tres mejores ejemplos de dignidad, valentía, unidad nacional, audacia y prudencia, en la defensa y consolidación de sus respectivas soberanías.

En América Latina y el Caribe, así como en muchas otras regiones, ha surgido un despertar del reclamo mayoritario de los pueblos. Ya son muchos los años sometidos en la pobreza, la dependencia y sus respectivas consecuencias de atraso, subdesarrollo, estancamiento o regresión socio-cultural.

En ese sentido, la teoría del caos funciona para estimular y generar el individualismo, en desmedro de la conciencia colectiva, nacionalista, patriótica y revolucionaria. El caos reina bajo la premisa del individualismo: “yo primero defiendo lo mío; los demás no me importan. ¡Sálvese, quién pueda!”

La teoría del caos se sustenta en dividir, corromper, anarquizar, fragmentar, atrasar y confundir a los pueblos, comunidades, familias e individuos. Se crece promoviendo y exaltando el individualismo egocéntrico: cada quien hala para su lado y atiende la unicidad y niega el compartir colectivo, la diversidad y la pluralidad del pensamiento y las ideas.

En cambio, el bienestar social niega y rechaza el caos; promueve y practica los valores de la solidaridad, el compartir necesario, el trabajo y la lucha colectiva, la ayuda recíproca, la buena y acertada organización de las luchas, las actividades y el trabajo colectivo en cada familia, calle, comunidad, caserío, urbanización, ciudad, estado y todo el país hermanado con las naciones amigas y unidas en la lucha anti imperialista y por la solidaridad entre los pueblos.

La definición oficial de la palabra caos es “estado amorfo e indefinido que se supone anterior a la ordenación del cosmos”; es decir, el caos es una realidad primaria, ciega, dividida y desordenada; sin sentido y sin forma definida. En definitiva, la escala de valores morales, éticos, sociales, culturales y religiosos, entre el caos y el bienestar social, son totalmente antagónicos. El CAOS es la locura competitiva y el extravío amoral y egoísta; en cambio, EL BIENESTAR SOCIAL  es la razón y el compartir para EL BUEN VIVIR, COLECTIVO Y SOLIDARIO, PATRIOTICO Y REVOLUCIONARIO.

El tercer antagonismo que debemos atender con empeño y absoluta convicción revolucionaria, es el de la contradicción entre LA GUERRA Y LA PAZ. Para nosotros, es obvio que la PAZ es necesaria, como condición imprescindible para el desarrollo sostenido del bienestar social y la preservación y defensa de nuestra soberanía nacional.

En cambio, para el imperio norteamericano, la guerra es el recurso privilegiado para agredir, someter y esclavizar o destruir los pueblos, cuyos sistemas de vida política no correspondan al modelo capitalista salvaje e imperialista criminal, que le conviene y beneficia en todos los órdenes, a los Estados Unidos y su complejo industrial-militar, conocido como El Pentágono.

Hoy vemos que en la rivalidad o tensiones entre las tres potencias más fuertes del mundo actual: Rusia, China y los Estados Unidos, la marca de la decadencia la tiene EEUU; y las marcas de lo nuevo, lo bueno y eficaz de la soberanía, está representado por China, Rusia y Venezuela, junto a los países agrupados en los BRICS (India, China y Sudáfrica), más los nuevos países de los BRICS PLUS, integrantes de este modelo de alianza económica, política y militar para el bienestar y seguridad de nuestros pueblos.

Es pertinente decir que, en Venezuela, el tema del salario del trabajador y la trabajadora, se ha convertido en víctima casi mortal de la decadencia, el caos y la guerra, alentadas por el gobierno gringo. Pero, las medidas económicas puestas en marcha, en el contexto de la construcción del nuevo modelo de desarrollo económico, han dado sus primeros resultados satisfactorios, con una perspectiva altamente positiva.

Nadie puede negar que estamos en un proceso histórico de recuperación de la economía venezolana, con base en la soberanía y la productividad del nuevo modelo de desarrollo económico, sustentado en los 18 motores que abarcan la producción primaria (agricultura y cría, pesca, minería y petróleo); la producción secundaria (industrias de alimentos, siderúrgica, gasolina, textiles, automotor, electricidad, agua, etc.) la producción terciaria (servicios de educación, salud, comercio, transporte, infraestructura, etc.).

La marcha bien organizada y orientada de la recuperación económica de nuestro país, bajo la conducción sabia, prudente y muy eficaz de nuestro Gran Jefe del Estado venezolano, Nicolás Maduro Moros, constituye, sin duda alguna, la más extraordinaria gesta de la emancipación económica de nuestra República, después de más de un siglo de total dependencia económica del imperio del Norte, que se erigió como amo y señor de nuestra estructura económica durante todo el siglo XX hasta nuestro tiempo presente en el cual seguimos en la batalla.

 

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Hoy, podemos decir, con absoluta certeza, que estamos derrotando un siglo de la hegemonía imperial gringa sobre nuestra economía productiva del campo, las minas, los mares, ríos, montañas y ciudades.

El imperio gringo sigue aferrado a sus trampas, maldades y violencia; en una nueva etapa, ya no de esplendor; sino de decadencia, caos y guerras; mientras nosotros profundizamos y consolidamos nuestra Soberanía, el Bienestar Social y la Paz necesaria, para alcanzar la mayor suma de felicidad posible, sustentada en la mayor unidad nacional de voluntades, amor, esfuerzo, dignidad y valentía.

 

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