(Sobre el poemario Del fuego al néctar de David Gómez Rodríguez)
Este libro produce un clima, un espesor atmosférico donde uno, el lector, respira otro aire, más denso, más vivo, más peligroso, casi asfixiante… como si el autor hubiese leído la densa prosa de Lezama Lima mientras lo escribía.
Y no hablo de su contenido, ni de su dialéctica, así que debo excusarme con los puritanos lezamianos que no me perdonarían comparaciones de ese tipo; pero si han leído Paradiso, entenderán de lo que hablo, pues en varios de los poemas de David Gómez Rodríguez se alcanza una atmósfera similar.
Desde el primer poema, el libro declara su naturaleza: es un territorio donde el amor, la política, la memoria y la devastación se funden en una sola materia. No es casual que el poemario abra con una afirmación que funciona como declaración de principios: «Amor: manifiesto de intuición ígnea».
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¿Qué es la intuición ígnea? Es esa mezcla de impulso vital y combustión interior, es el eje que articula toda la obra. El poeta no canta al amor como refugio, como lo haría Neruda, sino como fuerza tectónica, como magma. De allí que pueda afirmar: «Respirarte es volver al néctar, regar el jardín que fuimos, confrontar este clima analgésico burlando la muerte».
Antes de continuar debo aclarar que hay mil formas de leer Del fuego al néctar, y aquí hablaré de la forma en como yo lo leí, armando mis versos, sí, los míos, porque una vez que los autores publican sus obras son de nosotros, los lectores, y no de ellos. Entonces, podemos decir, después de leer el primer poema, que el amor aparece como una praxis de resistencia frente a un mundo que se desmorona, un modo de rehacer la vida en medio de la ruina.
Uno de los aciertos más notables del libro es que no separa el eros de la historia. La pasión no es un ámbito privado, sino un modo de intervenir en lo real. En “Querencias inflamables”, el poeta gráfica una escena delirante y luminosa: «quiero prender todas las bombillas del mundo —por un instante— y ver desde una estación espacial cómo destella la tierra». Ese gesto, que podría parecer hiperbólico, revela una intuición profunda: el amor es una energía capaz de alterar la escala del mundo, de convertir el planeta en un “astro enano suicidándose en su combustión cardíaca”.
El libro insiste en esa dimensión política del eros. En “Volar entre el smog”, la figura amada se convierte en una esperanza punk que desafía al Estado, a la muerte y a la maquinaria del miedo: «¡Qué esperanza tan nociva! Se viste con jeans y fuma tras la fábrica». La esperanza, aquí, no es un sentimiento blando, sino una fuerza peligrosa, casi subversiva, que ilumina las calles desiertas mientras «los militares prenden las alarmas». Gómez Rodríguez logra politizar la intimidad, aniquilar a Lippman.
El fuego es el gran símbolo del libro. No como destrucción, sino como principio de transformación; como purificación, desde una visión judeocristiana. En “Hoguera”, el magma llora “de rabia”, pero no destruye: “crema al cuerpo del mundo como lo harían sus ancestros”. El fuego es duelo, pero también genealogía. En “El origen de la hoguera”, el poeta pregunta: «¿Acaso soy yo el laberinto?», y la pregunta no es retórica: la hoguera es interior, es identidad, es destino. Pero también es río. Es un libro muy parecido a un río inmenso, como nuestro Orinoco, del que fluyen otros ríos. Todos los poemas, un poema. Todos los ríos, el río. Todos los fuegos, el fuego, podría decir Cortázar.
Y este imaginario se expande hacia lo telúrico: volcanes, raíces, manglares, tepuyes, anacondas, panales: Venezuela. El poeta construye una cosmología de la materia viva, donde todo respira, todo late y todo se inflama. Incluso la geografía se vuelve cuerpo: «La Cordillera Andina parece una ballena, tiene los ojos negros y el alma azul».
El poemario no elude la violencia histórica. En “Genocidio”, la palabra “Gaza” irrumpe como un golpe seco, recordándonos que la poesía no puede ser indiferente al horror. En “País”, el yo lírico se declara río: «Un río soy, corriente de dos colores… Sin pan hay hombres llorando al navegarme». El país es cuerpo herido, pero también cauce de esperanza: «y aunque se hunden en el horizonte, renacen en la orquídea».
El poeta no escribe desde la evasión, sino desde la intemperie. Su mirada es política porque es humana, porque sabe que el amor y la poesía, no bastan para salvar al mundo, pero sí para salvar —aunque sea por un instante— la dignidad de quienes lo habitan.
También hay un erotismo poderoso, a veces brutal, siempre luminoso, poco más que sugerente. En “Desembocadura”, el cuerpo amado es un “bosque marino” donde el deseo se vuelve geografía: «nado en tu boca sin definición precisa como una anaconda». En “Anaconda”, el poeta declara sin pudor: «Así quiero morir: con mis huesos rotos, germinando en tu carne».
El erotismo no es aquí un adorno, sino una epistemología: se conoce al mundo a través del cuerpo, se comprende la vida a través del temblor, como nos lo enseñó, otro poeta barquisimetano, ya fallecido, José Antonio Yepes Azparren, al publicar, con prólogo de Juan Liscano, Tú mi río de llamas.
Sin embargo, a pesar de la devastación, el libro insiste en la posibilidad de renacer. Esta es otra de las características de Rodríguez Gómez, su optimismo. En “Heridas”, el poeta afirma: «Nadie sabe al sembrar qué espinas traerá la flor, y aun herido sigo amando mis semillas». En “Miel de fondo”, declara: «¡No podrán allanar el fondo de mí! Porque aun herido, vuelo».

Y ese vuelo —a veces frágil, a veces furioso— es la metáfora central del libro: renacer no es volver a empezar, sino seguir ardiendo. Y esto también es una forma de manifiesto. Del fuego al néctar es un libro que piensa el amor como fuerza histórica, el cuerpo como territorio político y la esperanza como acto de insurrección. Su lenguaje es exuberante, desbordado, a ratos visionario, puede que, por momentos agote, pero te permite darle varias lecturas, saborear los poemas al tener que detenerte, descansar y volver al libro. Su mundo simbólico es vasto, híbrido, profundamente latinoamericano, muy venezolano.
Solo podría refutarle al autor, si se me permite desde mis derechos de lector, que el título no le hace justicia al libro. Pues esta obra es, sin dudas, de los mejores libros de poesía que he leído el último año. Es el autor en su mejor momento literario, en su propia voz, con dominio del poema. Confío en que se siga hallando allí, en ese libro; de él podría nacer, con el tiempo, su poética.
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