(Una mirada desde la profundidad poética de Arnaldo Jiménez).

«Si el alma se deja en las tinieblas, se cometen pecados.

El culpable no es quien peca, sino quien hace las tinieblas».

«Los miserables».

Víctor Hugo

 

Leer «Deshabitados» de Arnaldo Jiménez significa para mí, sin pretender emitir un juicio definitivo, una confrontación directa con una realidad social sin tapujos, desnuda y desprejuiciada de cualquier intento  «moralizante», sin embargo, a pesar de ese crudo contexto, el autor desentraña la miseria humana desde sus propias catacumbas con un lenguaje poético único, capaz de hacer olvidar el dolor y la degradación de algunos seres extraviados en la lucha por la vida y en contradicción permanente con sus monstruos y fantasmas.

¿Arnaldo nos plantea una narrativa de redención hacia aquellos seres olvidados por la vorágine social? ¿Argumenta una justificación individual para aquellos «desalojados» del orden moral y ético? ¿Realiza una crítica voraz y quirúrgica contra una sociedad que en la segunda mitad del siglo XX, al decir de Erich Fromm, había fracasado en su promesa de crear una sociedad que a través del «desarrollo» y el progreso tecno-industrial le proporcionaría la felicidad al hombre?

¿El texto de Arnaldo desnuda desde la literatura el contexto socio-político de la década de los ochenta del siglo pasado, un contexto inclinado hacia una sociedad excluyente, discriminativa, materialista e individualista, como la presentó Herbert Marcuse en su obra cumbre «El hombre unidimensional»…?

 

LEE TAMBIÉN: POETAS EN VALENCIA: LAURA ANTILLANO | LUIS ALBERTO ANGULO

 

Novela Deshabitados-Marhisela Ron León-Desde la orilla 3b

Son preguntas, interrogantes, que comienzan a danzar en nuestra conciencia cuando nos adentramos en la mar «picada» de las líneas de este libro.

A pesar de mi lectura interrumpida por los avatares cotidianos de la vida, los personajes diluidos en el drama de sus acontecimientos quedaron tatuados en mi memoria como una lección de vida, una «piedra en el zapato» que nos recuerda la enorme deuda que tenemos con nuestra «humana humanidad», descubriendo lo vulnerable que somos, el camino que falta por recorrer.

De tal manera que no queda otra alternativa que abrir las páginas de esta novela para contagiarnos de la palabra creadora, liberadora y fundante, quizás, de una narrativa que envuelve con su estética poética un escenario tomado por las sombras del espíritu humano.

El lenguaje poético simplemente no «perfuma» ni «adorna» la realidad, la traduce de una manera que la hace entendible y digerible para todas las sensibilidades, para todas las percepciones.

El contexto va variando por medio de la narración: desde lo que el autor llama el primer libro, donde se describe y nombra magistralmente el ambiente del barrio pleno de gente manifestando su alegría popular por el carnaval en un rincón del indómito Caribe, diferente y opuesto a la mascarada de la Venecia Italiana en la vieja Europa presentada en los tradicionales libros de la que fue llamada la historia «universal».

En ese pequeño rincón del mar, en Puerto Cabello, con el San Millán de la tradición y las creencias, el eco embriagante de los tambores venidos de la Madre África para contextualizarse en la costa Carabobeña con su propio «son» de encanto y zangueo…

Un escenario que, tras su desbordante alegría colectiva de comparsa y muchedumbre, esconde la tragedia humana hecha realidad en un segundo de ira descontrolada.

 

El baile de la hamaca

 

Nolasco tumbó a Gildo,  quien con cuello torcido y sus brazos de raíces nudosas, logró verse en la superficie de los lentes oscuros y de alguna manera comprendió que se estaba hundiendo en el charco de la noche, Gildo abrió los brazos para que lo levantara y no tuvo tiempo de sonreír: sobre el cayó un bloque enardecido y la maquinaria de sus horas se detuvo en la clavija del adiós.

La sangre derramó su lumbre que fue vencida por las aguas que el carnaval del cielo dejaba caer sobre el barrio San Millán. En el suelo su rostro de no volver; encima, el carruaje con su malaventuranza, aliado a sus torceduras.

 

Entretanto la vida continuaba en el fragor de la fiesta popular bajo el incesante zangueo del tambor, la tradición de la hamaca iba y venía en la manifestación de la muerte hecha cultura, convertida en canto y alegoría.

 

El cuerpo empalado bailaba al son de la muerte. En cada extremo del barrio una máscara plena de poderío, un gesto trazado con el óleo de las sombras, en las casas los rincones estaban adornados con cruces de palmas, y en las puertas de la calle, por dentro, colgaban maracas bendecidas y enlazadas con cintas tricolores ¡Hay que enterrarlo! ¡Hay que enterrarlo! Los santos se han bebido todas las llamas de los altares.

 

La narrativa discurre entre diversos personajes de manera equitativa, sin centrarse en una sola historia de vida, pero dejando claro al mismo tiempo los roles protagónicos de cada quien; este elemento proporciona una rica dinámica en el desarrollo del texto, generando una atención permanente en los lectores.

Es una historia viva, vigente en nuestras realidades inmediatas y cotidianas que de alguna forma cualquiera puede verse retratado en la entretejida telaraña de su trama, cada personaje puede tener una cercanía a nuestra propia experiencia de vida; lo cual, de acuerdo a la cosmovisión de cada quien, puede desarrollar diferentes sensibilidades y sentimientos… tristeza, depresión, solidaridad.

Nolasco es un personaje tan cargado de contradicciones que en un momento de la lectura puede producir una sensación de rechazo por sus acciones de inconsciencia, vicio y dependencia. Sin embargo, sus discapacidades físicas, aunadas a su patología epiléptica, lo convierten en un ser lleno de complejos que puede inspirar lástima y solidaridad al mismo tiempo; es indudable que su historia cruel, signada por la degradación de lo humano y lo social, lo convierte en un protagonista de primer orden.

 

Y allí estaba Nolasco, hurgado por el asombro y el espanto, en posición de naufragio, rodeado de sus inopes porciones malolientes. Las cruces cayeron sobre las frentes y los pechos; el asco paralizó la buena fe y Dios envolvió a Nolasco con su lienzo de nada insenescescente.

 

 

La relación de Antero y Carmelita, que al principio brinda una imagen gris de una pareja como muchas, marcada por una relación convencional llena de prejuicios sociales, culturales y religiosos, en la medida que se avanza en la lectura termina desnudando los verdaderos sentimientos y emociones solapados bajo el formalismo del matrimonio, atrapado entre las limitaciones de Antero y su familia con las creencias de Carmelita.

Cuando se da la oportunidad de buscar otros espacios para oxigenar la relación, entonces surgen otras necesidades de atención, Carmelita expresa ese reclamo de siglos para ocupar otro papel, representa de alguna forma a esa mujer que comienza desde aquella época a dar pasos concretos hacia una liberación que le pudiera proporcionar una relación más equitativa, dando como resultado las contradicciones existenciales que terminan por llevarlos a la ruptura.

 

La mirada de Carmelita voló rasante sobre las tinieblas pobres de pedir y no reconoció el rastro de amor que allí oscilaba como una rosa fantasmal. Su voz atravesó la memoria de Antero, le despojó varias lágrimas que limpiaron sus pupilas, le desprendieron algunos pedazos de oscuridad y no se detuvo en oraciones de consuelo; él, casi temblando, casi consigo mismo, sujetó la bandeja que ella le extendió y al curvar sus pasos hacia el comedor, Carmelita emitió un chasquido de lamento, pichapicha; entonces, solo entonces, Antero comprendió que podía seguir viviendo sin él mismo.

 

El otro personaje que me gustaría destacar es el del poeta Orangel, quien, a mi modo de ver las cosas, simboliza una especie de utopía del hombre que sueña y construye su propio espacio desde la libertad de sus pensamientos irreverentes, en contra de un mundo que a su entender es sórdido, materialista y discriminativo ante el «otro», el que es diferente y vulnerable.

 

Quizás solo se pueda decir algo sobre el poema y dejar a la poesía en su estado de latencia permanente, jajajaja… Esto no lo había pensado: la poesía abandona ese estado cuando se transforma en poema y una vez dentro de este, intenta acercarse al tiempo y vencerlo. Pero no quiero que la poesía también sea una generadora de ilusiones, lo más nefasto que el ser humano ha creado, ella debe quedarse en la humildad de la carne y el pensamiento que serán devorados por el tiempo.

 

En un arrebato de euforia, Orangel se desnudó y abrió los brazos hacia el cielo para abrazar las nubes que estaban cayendo. Leticia gritó emocionada y en pocos segundos su vestido estaba olfateando las costumbres de la tierra y se movía con cierta armonía de temblores cuando las gotas caían sobre él queriendo calzar en su talla. Los dos se abrazaron y dieron vueltas, se tomaron de las manos y dieron vueltas, se besaron hondamente y dieron vueltas.

 

«La sociedad», el último refugio

El autor logra a través de su narrativa poética mostrarnos un mundo que, más allá de la trágica vida de sus habitantes, adquiere un sentido y un significado, una «razón» de la «sin razón».

«La sociedad» une a estos seres humanos desahuciados de un modo de vida que no ha sido capaz de regenerarlos en sí mismos más allá de sus culpas y errores, se genera un «modus viviendo», una identidad creada por ellos mismos con sus propias normas y valores, autoridad administrativa, convivencia colectiva desde el aporte de cada uno de ellos, es una especie de «sociedad secreta» y alternativa o como el nombre de aquella vieja película de Robin Williams, «La sociedad de los poetas muertos», (con independencia de la diferencia social entre los protagonistas de nuestro libro y la película).

En esta sociedad intercambian, en un tipo de «conversatorio» orientado por Orangel, el poeta y su palabra, amparados bajo el fuego, las brasas y las cenizas, que testimonian el paso del tiempo.

«El confín» la frontera a la que nos cuesta llegar o nos resistimos a aceptar; el dilema entre la vida y la muerte. Los habitantes «Deshabitados» de esa sociedad alternativa se constituyeron en ese otro espacio que podía, de alguna forma, por encima, más allá de las leyes de la sociedad formal, garantizarles una última morada de descanso…

…De alguna forma está sociedad se convirtió en una utopía realizable a pesar de los fracasos que arrastraban…

En esta «sociedad alternativa» encontraron un refugio donde no serían juzgados ni condenados…

Sin embargo, la implacable lógica del capitalismo de segunda mitad del siglo pasado irrumpió abruptamente en el refugio de aquellos seres para devolverlos a la «realidad».

Nolasco, «rescatado» para compartir la segunda vida de su hermano Antero, no pudo sobrevivir a su conciencia y el fantasma de Guido Ramírez.

Leticia una segunda oportunidad para salir del «ensimismamiento» con el padre…

El poeta, ante la inminente destrucción, volvió a la trashumancia en su propia divagación (¿cual Alfonsina…?), vestido de su amado mar.

 

TE INTERESA:

No soy intelectual, vengo a escribir de amor (7) | Marhisela Ron León

 

***

Aníbal Ascencio M.-opinador 2

Aníbal Ascencio M. (Barrancas del Orinoco, Monagas) es licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales, por la Universidad de Carabobo. Tiene un Diplomado en Educación Ambiental por el Instituto Pedagógico Latinoamericano (convenio Cuba-Venezuela). Es también magister en Geohistoria por la UPEL-Maturín y actualmente se especializa en Dirección y Supervisión por la Universidad del Magisterio Samuel Robinson.

 

Ciudad Valencia/RN