En 2003 o 2004, mi madre, Emperatriz León, regresaba del centro con un papelito que traía como bandera: el teléfono para un taller de poesía en el Ateneo de Puerto Cabello, dictado por Arnaldo Jiménez. Ella, mujer con carnet de biblioteca, fue el puente. Sin ese gesto, yo no habría sabido quién era Arnaldo.
Me inscribí dos veces. La primera y la segunda era yo misma. No supe si el taller se hizo. Pasaron los años y terminé teniendo hacia Arnaldo una “arrecherita”, hasta que leí Cáliz de intemperie. Allí entendí que me tocaba aprender de él.
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Sentí impotencia cuando supe que estaba delicado de salud, justo el día que yo visitaba a José Carlos de Nóbrega. Creí que no llegaría a conocerlo. Pero en diciembre de 2024 lo conocí en Caracas y en mayo de 2025 fui moderadora en la presentación de su novela: Deshabitados. Ese día recibí el ejemplar de sus manos.

Leer este libro fue como si la tierra se metiera en mi cuarto. Esta novela no se queda en el papel. Se te instala en la carne. La historia arranca un martes de carnaval con el Baile de La Hamaca en San Millán, pero tras el alboroto, Arnaldo despliega un mapa de la caída dividido en tres partes: Ataduras de Carnaval, El soplo de las lámparas y Rituales con el ocaso.

Jiménez escribió esta novela en un mes y medio de trance, en San Esteban, a mano, a lápiz, en una libreta gruesa, durante jornadas intensas, entre la precariedad y el calor, con más de sesenta personajes que yo fui anotando, mientras leía, en facturas de supermercado para usarlas de marcalibros. Mientras él habitaba la novela, su hermana Magaly garantizaba la vida: cocinaba, mantenía la casa. Ese silencio de Magaly sostuvo la ficción.
La historia ocurre en Puerto Cabello, mi ciudad. Las plazas Bolívar y Concordia, los semáforos del Seguro Social y las ruinas de la Sociedad Anticancerosa son escenarios de abandono. La mayoría de los “deshabitados” son los que llamamos indigentes. Arnaldo no los pasa por alto: les da nombre y una crudeza que te golpea. Después de leerlo, confieso, cambió la manera en que los miro: ya no veo indigentes, veo deshabitados.
Hubo un momento que me marcó. Estaba leyendo la parte donde el personaje Nolasco Ruiz se derrumba en la calle y Arnaldo escribe:
…la ausencia surgió otra vez desde sus ojos… Nolasco cayó sobre las sombras que otros cuerpos ya habían tendido. Los peatones lo saltaban y a los pocos pasos volteaban a verlo…
Justo al terminar ese párrafo, escuché un golpe seco en el cuarto de al lado. Mi hermana convulsionaba en el piso.
Ahí la novela se volvió carne. Rompió la cuarta pared. Esa «ausencia» que Arnaldo describía en el papel era la misma mirada ida de mi hermana en el piso. El libro me estaba contando lo que yo estaba viviendo en mi propia casa: un cuerpo reclamado por la enfermedad. La diferencia es que en el libro los personajes saltan al caído para no tocarlo, y yo corrí a acompañarla. Esa escena me devolvió una pregunta: ¿qué hacemos con el cuerpo que cae? En la calle lo saltan. En mi casa lo sostengo.
No hay diferencia entre el cuarto de mi casa y el follaje: son archivos de fragilidad. Es el mismo hilo roto de Mariana Trinidad, a quien picaron en pedazos y dejaron cerca de un río.
Arnaldo no describe la violencia, te la mete en el cuerpo.
Esa violencia viene con la muerte, un viacrucis invisible con el cuerpo de Marna Bórquez atravesando la ciudad. Marna no tenía cédula ni fe de vida, termina bajo la cal que borró el maquillaje. Al enterrarla, Orangel solo pudo sembrar el trébol morado en la dirección de su corazón.
Aquí no hay consuelo. Lo que queda es el aire sin techo, la prueba de que la vida se quiebra en cualquier esquina o en cualquier cuarto. No es metáfora: es la realidad de aquellos que viven sin sostén. El gesto de mi mamá y de Magaly no es un remedio que quita el espanto, es apenas una resistencia mínima. Ellas sostuvieron el mundo un rato para que nosotros pudiéramos escribir o leer, pero ese sostén no borra la realidad, no fueron heroínas, apenas lograron evitar el derrumbe con sus manos.
No hay finales felices al cerrar estas páginas. Lo que queda es la fragilidad sostenida. Arnaldo no adorna la miseria. Su escritura no vino a explicarme el dolor, sino a ponerle un espejo. La próxima vez que escuche un golpe seco en el cuarto de al lado, sabré que la literatura no ofrece refugio: invita a mirar. La página y el piso son la misma herida. Me queda, apenas, la orden que me da el cuerpo, como siempre, de no saltar sobre el caído.
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Marhisela Ron León (Puerto Cabello-Carabobo-Venezuela): Poeta, licenciada en Enfermería por la Universidad Nacional Experimental Politécnica de la Fuerza Armada.
Ha realizado Talleres de poesía a través del Instituto Municipal de Cultura de Puerto Cabello; también de escritura creativa con Nanda Nieves y de narrativa en Corrección Perpetuum, Escuela de Escritores de Caracas. Íntimo (2010) Bonus (2022).
Ciudad Valencia / RN / Fotografía de la autora Serge Páez













