diablos danzantes de patanemo 5bjpgEn las primeras horas del miércoles 3 de junio, a las siete en punto de la mañana, comenzó en Patanemo la construcción del Altar Mayor en la Casa de la Cultura.

A mediodía, tres danzantes salieron a ejecutar los tres brincos, ordenados por el Capataz Mayor y guiados por otro capataz, rumbo a la iglesia Nuestra Señora del Socorro. Estos brincos, en forma de cruz, cerraron los caminos del mal en la puerta del templo.

El Corpus Christi de este año cambió la rutina. Ya entrada la noche, durante las Vísperas, el ensayo general en el patio reveló la primera variante: el reingreso de antiguos danzantes. Cuerpos que estuvieron ausentes por distancia o tiempo volvieron a la fila. Su retorno aportó memoria a la cofradía.

 

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Cerca de la medianoche, los danzantes se persignaron ante el altar. A las 5 de la mañana del jueves 4 de junio, partieron hacia el río para el baño de purificación. Tras limpiarse, fueron a la sabana, buscaron un espacio en el monte para vestirse y el capataz Camilo Monteverde los santiguó. Así salieron a pagar sus promesas.

 

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Para ser un Diablo Danzante de Patanemo se exige estar bautizado por la Iglesia Católica y tener una promesa. Es un esfuerzo físico estricto.

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Este año, la entrega rompió la simetría habitual. Los diablos se acostaron en cruz, cubiertos por las máscaras y las telas. Al mismo tiempo, una mujer promesera hizo su propia entrega.

Ella no bailó ni usó traje. Caminó a cara limpia y, ante la Custodia, se acostó boca abajo en el suelo. Vestía una franela blanca y una falda naranja. Sin máscara, su rostro y su pecho tocaron el cemento directo, bajo la mirada de los testigos y el sonido del cuatro.

El recorrido no terminará aquí. El próximo jueves 11 de junio, los diablos volverán a recorrer las calles, visitarán las casas de los danzantes caídos y repetirán los rituales de limpieza. Regresarán al Altar Mayor para la tumbada del altar, lo que cerrará el ciclo ante el Santísimo Sacramento.

La Cofradía de Patanemo, fundada en 1721, sostuvo su marcha bajo la dirección de Wuillian Rodríguez, junto a los capataces Gerardo, Andrés Lugo y Julián Lugo.

 

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El reconocimiento de la UNESCO (2012) se mantiene, pero la vigencia real de la tradición se midió estos días en la práctica: en los cuerpos que regresaron a la fila y en el polvo que quedó en la ropa de una mujer que midió la fe contra el piso.

En Patanemo, la tradición permanece intacta porque su gente sigue estando ahí, acompañando para sostenerla.

 

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