Fernando Wamprechts era un coleccionista a la manera antigua: gabinete de curiosidades. Por eso su colección no es tan significativa para terceros: como una prenda a la medida: mapas, litografías botánicas, minerales, libros de viajes finamente ilustrados, medallas antiguas. Inclusive restauraba un mueble o gabinete de la época siglo XVIII para colocar ahí sus objetos.
El mismo artista terminó codificándose en parte. La pintura era su salvación o salida. Los objetos le pesaban para alzar vuelo. Creo que ese es el dilema del que es artista y a la vez coleccionista.
Vivía solo, tal vez delincuentes comunes lo torturaron porque pensaron que tenía tesoros escondidos: ellos suelen buscar dólares, oro o armas y amenazan a un familiar, pero como no había a quién amenazar entonces lo torturaron, y Fernando era de carácter muy fuerte y no aceptó colaborar o no tenía nada escondido: el tesoro era él.

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Pero volviendo a su esencia: era un artista para el que seguir a Matisse fue un límite más que una liberación. Fernando Wamprechts no hizo objetos, no ironizó con ellos como Reverón. Fernando coleccionó objetos especiales que él mismo pintaba, y que trató con su venta pública despojarse de su entorno de cosas.
Insisto en esa relación entre coleccionismo y creación. Y sus objetos tenían algo de kistch, aunque eran verdaderamente antiguos, el tiempo presente les faltaba, había una falla que no sé precisar: no tenían aura.
Hay una novela: Contra Natura o A Rebours (es el título en francés) de Joris-Karl Huysmans, que le retrata.

Exploró la cerámica y fue excelente dibujante. Vigas creía mucho en él y se le parecía en el carácter difícil, pero Vigas controló sus demonios y los demonios controlaron a Fernando. De hecho Vigas le sugirió el cambio de nombre, pues su apellido era Hammer.
No se pueden negar dos cosas: su talento y sus búsquedas permanentes. Es muy difícil innovar en arte. Él se fue por la calle ciega de Matisse y no por la vía del no-arte.

Aun así cuando se vea al arte de forma menos mercantil y progresista, y nos centremos en la vida del artista, entonces veremos en él un estilo de vida, un hombre que buscó en el objeto y en la belleza de los objetos y terminó como la mariposa volando insistentemente alrededor del foco de luz.
Y no volvió la mirada a sí mismo. Ese proyecto del museo para la ciudad, su último objeto (elefante de porcelana) en su última instalación es resumen de su lenta tragedia de la creación.
La muerte criminal es un episodio aislado entonces. Y su obra es eso, sus búsquedas. Su camino no llegó al final: es el camino mismo: miles de cuadros que enumeró.
Entonces no hay obra maestra, no hay obra definitiva. Lo que hay es un artista.
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Pedro Téllez (Valencia, 1966): Psiquiatra y escritor. Egresado de la Escuela de Medicina de la Universidad de Carabobo, donde también cursó las Maestrías de Historia de Venezuela y Literatura Venezolana. Ha sido profesor de estética en la Escuela de Arte «Arturo Michelena» y coordinador del Postgrado de Salud Mental en el Hospital Psiquiátrico de Bárbula.
Ha formado parte del comité de redacción de las revistas Poesía y La tuna de oro. Entre sus libros se encuentran: Añadir comento (1997), Fichas y remates (1998), Tela de araña (1999), La última cena del ensayo (2005), Un naipe en el camino de El Dorado (2007), Elogio en cursiva del libro de bolsillo (2007), Valencia sulaco (2019).
Ciudad Valencia/RN












