Cuando llegó diciembre de 1902, las familias venezolanas se disponían a hacer las hallacas, bollos y dulces de lechosa y confeccionar los nacimientos.

En las iglesias los niños entonaban los villancicos del siglo XIX, en las calles se cantan parrandas que van de casa en casa.

Pero el 9 de diciembre, cuando el gobierno revolucionario de Cipriano Castro, junto al pueblo, se disponía a celebrar los 78 años de la batalla de Ayacucho, 15 unidades de la armada inglesa y alemana actuando en operación conjunta atacaron el puerto de La Guaira. Sus tropas se apoderaron de los muelles al desembarcar.

Nuestro presidente se dirige a la nación: “venezolanos, la planta insolente del extranjero ha profanado el sagrado suelo de la Patria”.

A las 12 de la noche fuerzas alemanas atravesaron la ciudad para conducir sus representantes diplomáticos a la flota y así ponerlos a salvo de una eventual represalia venezolana; a las 5 de la mañana del 10 de diciembre los ingleses hicieron lo mismo, trasladando además a varios connacionales que exigían protección. Temían a Castro porque era bolivariano y pretendía reorganizar la República de Colombia que creo el Libertador en Angostura el 17 de diciembre de 1819.

Nuestra pequeña flota de guerra no opuso resistencia al no estar a la altura de las circunstancias.

Los días 12 y 13 de diciembre una expedición inglesa bombardeó el castillo Libertador y el fortín Solano de Puerto Cabello destruyendo sus cañones con extrema precisión.

Pocos días después, se unieron al grupo anglo-germano dos buques de la armada italiana y navíos holandeses, belgas, españoles y mexicanos para apoyar en la logística. Era la México del Porfiriato.

El pueblo acude al llamado de la patria que hace Cipriano Castro y sus mujeres y hombres se hacen milicianos. Asumen que van a la guerra con un canto infinito de paz.

Un joven médico nacido en Isnotú, egresado de la Universidad Central de Venezuela, es uno de los primeros en concurrir al llamado.

Esta agresión europea se produjo sin una previa declaración de guerra y sin que mediaran ofensas venezolanas a los agresores.

El 22 de diciembre se intensifica el bloqueo: Puerto Cabello es asediada y el 24 de diciembre es cercada Maracaibo. Estados Unidos apoya a las potencias europeas lo que desmonta el verdadero tamiz de la doctrina Monroe. Su argumento era que Estados Unidos no apoyaría a ningún Estado suramericano que sufriera ataques bélicos de alguna potencia europea, y que sólo actuaría cuando dicho país fuera víctima de ataques motivados por la intención expresa de recuperar territorios americanos y colonizarlos.

Esta farsa se desmontó cuando Estados Unidos apoyó al Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte en la guerra de las Malvinas en 1982.

A llegar la noticia a Argentina, hubo preocupación en influyentes sectores de su europeizada élite. En el Congreso, hubo dos bandos: los neutrales, y los solidarios con Venezuela.

El 29 de diciembre de 1902, el canciller argentino protesta por los sucesos de Venezuela y envía una comunicación al embajador argentino en Washington, Martín García Merou, para que éste la presentara al gobierno norteamericano.

La nota incluyó lo que más tarde se dio en llamar la Doctrina Drago. El argumento central de esta doctrina sostiene que “la deuda pública no puede dar lugar a la intervención armada, ni menos a la ocupación material del suelo de las naciones americanas por una potencia europea”.

El 1º de enero de 1903, Castro, contando solo con el apoyo de Argentina y del pueblo venezolano, acepta las condiciones de los europeos, pero con plena conciencia de los sobreprecios y de la sed insaciable de riqueza de los empresarios europeos.

El 13 de febrero, a través del protocolo de Washington, cede a los reclamos, paga algunas deudas de inmediato y otras a través de comisiones, estableciéndose en garantía hasta el 30 % del ingreso de las aduanas de La Guaira y Puerto Cabello, lo que fue percibido por agentes belgas.

Por el apoyo que el presidente mexicano Porfirio Torres brindó a las potencias europeas contra Venezuela, el gobierno británico lo condecoró en 1906 con la Cruz de la Orden del Baño; Holanda no se quedó atrás, y le impuso en 1908 la Gran cruz de la Real Orden del León Neerlandés del Reino de los Países Bajos y Alfonso XIII de los Borbón de España lo nombra en 1910 Caballero del collar de la Orden de Carlos III.

 

LEE TAMBIÉN: LAS NAVIDADES DE BOLÍVAR Y RODRÍGUEZ

 

Las navidades de 1903 fueron muy duras, Venezuela estaba endeudada. Aun así, algunas familias hicieron hallacas y colocaron uno que otro nacimiento. Pero en cada hogar pobre estaba colgada la proclama de Cipriano Castro. Justo a la hora del nacimiento del niño Jesús, cada padre de familia le pedía a uno de los hijos que la leyera con voz clara y fuerte. Al llegar al último párrafo, la voz se le entrecortaba, y como una chispa, el papá le pide que eleve la voz.

El joven continúa la lectura: “venezolanos: el sol de Carabobo vuelve a iluminar los horizontes de la Patria y de sus resplandores surgirán temeridades como la de las Queseras del medio, sacrificios como el de Ricaurte, asombros como el de Pantano de Vargas, heroísmos como el de Ribas y héroes como los que forman la Constelación de nuestra grande Epopeya. Hoy por una feliz coincidencia conmemoramos la fecha clásica de la gran Batalla decisiva de la Libertad Sudamericana, la batalla de Ayacucho, hagamos votos porque nuevos Sucres vengan a ilustrar las gloriosas páginas de nuestra Historia Patria”.

 

Alí Ramón Rojas Olaya / Ciudad Valencia