Allá por el 2023 estuve viviendo en Caracas por asuntos de salud. Una de las cosas que exigió mi médico fue evitar el sedentarismo, por lo que mis salidas eran hacia los parques más cercanos de donde estaba; y bien sabemos que es en la calle donde se encuentra la pulpa, la materia prima o la musa para escribir. Entre salida y salida logré tropezarme con personas interesantísimas a quienes, como a mí, les apasiona conversar. Es por eso que hoy les contaré uno de esos encuentros.
Era domingo y el sol, con su pinta playera invitaba a salir. Sin pensarlo mucho me fui al Parque del Este: un ensueño de lugar a donde caraqueños y visitantes llegan para pasar un día o un rato diferente.
Quien haya visitado ese parque me dará la razón sobre por qué destaco su belleza y todo lo que ofrece. Allí se puede correr, meditar, andar en bicicleta, celebrar cumpleaños, hacer bailoterapia o compartir con los animales que habitan el lugar. Por eso sabía que en ese sitio encontraría exactamente lo que buscaba.
DE LA MISMA AUTORA: EL SOMBRERO DE NAPOLEÓN

Estaba allí para disfrutar y dejar atrás cualquier pesadumbre. Los gritos de júbilo, provenientes tanto de niños como de adultos, resonaban por todos lados. Lo primero que vi fue una imagen de un conjunto de personas bailando, imitando los movimientos que les indicaban desde una concha acústica. La música y la alegría lo eran todo. Sin duda, había llegado al lugar ideal.
Fotografié muchas caras felices, actividades de gimnasia, yoga, danza y ese sol que abrigaba a todos los presentes con su calor. A la orilla del sendero encontré el sitio perfecto para descansar, llamado “Las corocoras».
El lugar estaba bien acondicionado para el que le gusta leer y estoy hablando de un parque que regularmente se usa para una variedad de deportes. Era una especie de cafetín al aire libre, donde ofrecían jugos naturales y unos brownies de chocolate provocativos. La brisa corría suave y fresca. Las hojas de los árboles danzaban con armonía: sin llegar a tocarse, se acercaban de una manera seductora, unas a otras, marcando el mismo ritmo.
Lo que más me enamoró fueron los libros expuestos en varias bibliotecas pequeñas. Al ponerme a revisarlos, encontré títulos muy interesantes. Le pregunté a la señora tras el mostrador los precios y me comentó que no estaban a la venta, sino disponibles para quien disfrutara de la lectura. Es decir, que se podía leer cualquiera de ellos acompañado de una taza de café o chocolate o un rico brownie.
Pero lo mejor fue cuando agregó que podía llevarlo a casa, siempre y cuando dejase un libro para que alguien más lo disfrutara. Me quedé asombrada. Tomé un ejemplar, pedí un chocolate y me fui a sentar.
En las sillas de enfrente estaban tres hermosas damas. Entre las dos mayores sumarían unos ciento ochenta y pico de años, mientras que la otra era mucho más joven: tendría alrededor de cuarenta y tantos. Luego supe el lazo que las unía: la madre, su hija y la tía de esta última; ya entenderán este trabalenguas. Al oírlas hablar reconocí de inmediato su acento italiano, ese idioma que siempre me ha gustado y quisiera aprender.
Absorta en la lectura, respiraba el oxígeno puro que brindaba la frondosa vegetación del parque. Resultaba imposible no escuchar a aquellas tres damas, quienes hablaban en un tono bastante elevado, alternando el español con el italiano. De pronto, una de ellas notó mi presencia justo detrás. Se levantó con lentitud para disculparse por darme la espalda; de inmediato le aseguré que no se preocupara, pero ella insistió en acomodarse y terminó sentándose de frente hacia mí.

Con mucho cariño me saludó e hizo las presentaciones: «Yo soy Aurora, ella es mi hermana Vittoria y mi hija Bianca, que es odontóloga graduada en la UCV». De inmediato comenzamos a charlar. Lo primero que me dijo fue:
—Soy italiana, igual que mi hermana; mi hija sí nació aquí. Tengo cincuenta y ocho años viviendo en estas tierras venezolanas, desde 1968 más o menos.
Y así prosiguió con la historia de su vida: las memorias de cuando era joven y hasta el día en que su hija tuvo amigdalitis de pequeña.
—Un médico me decía: «¡Opérala!», pero otros no estaban de acuerdo; sin embargo, me decidí por la operación. La niña era flaquita y a mí me daba vergüenza que la gente pensara que no la alimentaba bien.
A lo largo de toda la narración, la hija las observaba con un cigarrillo en la mano mientras una sonrisa suave se dibujaba en sus labios. Aurora, la que me estaba echando el cuento, suspiraba a veces y decía: “Mi hermana, pobrecita, se le está olvidando todo… Hay cosas que ya no puede hacer sola y es necesario que se las hagan”. Después de eso, enfocaba nuevamente su mirada en mí para seguir narrando las anécdotas de su vida.
—Yo trabajé mucho con mi hermana, teníamos un negocio y mi padre era quien nos aconsejaba cómo guardar el dinero; y lo hizo muy bien. Toda la ganancia la colocábamos a un lado de la esquina de un cuartito, en un mueble que tenía una sola gaveta. Un día mi esposo estaba sumamente preocupado porque nos pedían el desalojo y él pensaba que no teníamos a dónde ir. Fue entonces cuando le dije —porque él no sabía nada del dinero guardado, tal como nos lo recomendó nuestro padre—: «Tranquilo, mañana compramos la casa». Y así fue.
Vittoria, con una sonrisa siempre hermosa, casi no intervenía; simplemente asentía cuando su hermana decía que ella se estaba olvidando de las cosas. De esta manera pasó el tiempo, entre las historias de sus vidas, hasta que la hija se levantó y comunicó que era el momento de irse. Le hice una pregunta antes de que se levantaran:
—¿Cómo te va en Italia, Aurora?
—No he conseguido adaptarme, me llevaron a Italia en julio pasado —me dijo en voz baja—. Mi hija trabaja y me deja sola, no tengo compañía con quien conversar.
—¿Y allá no hay un lugar como este, donde una pueda conseguirse con gente a la que le guste platicar?
Haciendo un gesto para que la hija no la oyera, me dijo:
—No, los italianos son muy cerrados, no les gusta conversar. Venezuela es otra cosa… Yo amo a Venezuela, pero tuve que irme porque ya todos mis hijos están fuera y me había quedado solita.

En lo que la hija se aleja un momento y regresa, aprovecho para volver a preguntarle:
—¿Cuándo te vuelves a Italia?
—Dentro de diez días —me dice.
—¿Te llevas a tu hermana?
Y con un gesto de tristeza añade: “La pobre tiene una enfermedad muy fuerte porque todo se le olvida y ni los hijos saben cómo cuidarla”. Me hizo un guiño de ojos y se fue a paso lento.
Cuando observé a la hermana que se iba para Italia empujando una andadera para poder caminar, mi asombro fue inmenso. La otra hermana, Vittoria, se me acercó y me abrazó fuertemente mientras decía:
—Hay que seguir adelante y no quejarse tanto; debemos continuar el camino que nos falta.
Y con una bella sonrisa se fue desvaneciendo detrás de la claridad del sol, que iluminaba todo el sitio.
Dos vidas, dos perspectivas sobre sus caminos: una, con la fortuna de tener a sus hijos cerca, pero añorando intensamente a Venezuela; la otra, en la confusión de sus días en blanco y con un ligero destello de lucidez ocasional, comprendiendo no obstante que el tiempo transcurre y que tiene que sacarle el máximo provecho hasta el final. Las dos se encaminaron al carro, dándome la impresión de que cada una creía que la otra estaba peor.
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Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato.
Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez.
También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.
Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves.
Asimismo integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).
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