Recientemente recibí una honrosa invitación de la Lcda. Karelis Canelón González, directora de la academia de estudios gastronómicos Cegaven, ubicada en Guacara, para ser jurado integral en el XXV Examen Final de la Escuela de Pastelería.
Este evento se celebró el 12 de agosto y exigió a las estudiantes (solo damas esta vez) presentar un proyecto gastronómico y un menú de tres tiempos para obtener la certificación que las acredite como chefs pasteleras.
Antes de que llegara el día para fungir como juez, me puse a indagar cuáles eran las funciones principales de un jurado en un examen de esta naturaleza:
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- Evaluar la técnica: Se revisa el manejo correcto de masas, cremas, puntos de azúcar, horneado y prolijidad en los cortes y capas.
- Calificar el sabor y la textura: Se prueba el balance de los ingredientes, asegurando que no empalague y que tenga armonía en boca.
- Juzgar la estética: Se analiza el montaje, la limpieza del plato, el uso del color y la decoración visual.
- Validar el estándar profesional: Se decide si el nivel del alumno cumple con los requisitos reales del mercado laboral gastronómico.
- Dar retroalimentación: Se explican los aciertos y errores para que el futuro chef sepa qué corregir en su carrera.
Llegué temprano y las aspirantes aún seguían trabajando en la preparación del salón. Recorrí las mesas de cada una de ellas y todas merecían la nota máxima. Pude observar lo delicado del arreglo, claro está que pusieron a volar su imaginación para dejar a los jueces con la boca abierta.
El juego de colores en la platería estuvo muy de acuerdo con el país que les tocó enaltecer. Cada mesa no tenía nada que envidiarles a las otras.
Llegó el momento de la evaluación y, sinceramente, puedo decirles que estaba nerviosa por ser mi primera vez en estas lides. Posiblemente mi paladar no sea tan exquisito como para juzgar texturas y sabores, o atreverme a descifrar los ingredientes utilizados en este o aquel dulce; pero confié en la enseñanza de mis ancestros, quienes en aquellas cocinas de bahareque de La Grita ajustaban el sabor y la firmeza con una pizca de esto o de aquello.
Me correspondió la mesa dedicada a Dinamarca. La ponente era una joven de apenas 17 años que, desde el primer instante en que los tres jurados nos sentamos, mostró un gran aplomo y seguridad. Su desenvoltura reveló que estaba muy bien documentada. Tras presentarse, nos detalló la estructura de su exposición y el menú a degustar:

—Buenas tardes. Mi nombre es Victoria Sierra. Hoy estaremos en «Una tarde de té vintage danés y la musa Jenny Åkerström». Quien en vida fue una escritora gastronómica y profesora de economía doméstica sueca.
A continuación, nos explicó en qué consiste una tarde de té bajo las costumbres de esa nación: se trata de vivir guiados por la filosofía del hygge, un concepto de bienestar basado en la calidez, la luz de las velas y la compañía serena.
A diferencia del té británico tradicional, esta experiencia no gira en torno a torres de sándwiches, sino de un reconfortante té caliente y de la célebre repostería hojaldrada y enmantequillada llamada wienerbrød. Este pastel dulce, de origen vienés, fue adaptado con maestría a los gustos daneses hasta convertirse en una especialidad emblemática de su gastronomía.
Las demás aspirantes se encontraban en el mismo proceso. De reojo pude observar que todas exponían con notable seguridad ante mesas ricamente servidas según el país que les correspondió representar.
Y así comenzó el desfile de los mejores manjares de Dinamarca:
* Té vikingo (infusión)
* Sombrero de Napoleón (Napoleonshat)
* Pastel de corona
* Trenza danesa
* Jugo de manzana
* Tarta princesa (Prinsesstårta)
* Pastel de bandera danesa
* Pastel de cumpleaños danés
* Tarta danesa de fresa
* Licor de naranja (digestivo)
Todo estuvo exquisito. Era imposible comerse la generosa porción de torta que nos servían en cada ronda, pues aún faltaban otros dulces en la lista. Como ya les conté, era inexperta en cuanto a la cantidad mínima que debía degustar en una cata, así que opté por saborear solo un pedacito de cada creación.

Hubo uno en particular que llamó poderosamente mi atención: «El sombrero de Napoleón». Se trata de un pastelillo moldeado con la forma del icónico tricornio que usara Napoleón Bonaparte, elaborado con una base de masa quebrada de mantequilla y un relleno de mazapán de almendras dulces. Finalmente, su base plana va cubierta con una suave capa de chocolate negro fundido.
Las presentaciones de Victoria estuvieron claras y precisas; se notó que disfrutó investigando la procedencia de cada plato. No la tuvo nada fácil, pues en la mesa evaluadora se encontraba la chef Fabiola González, quien con su profundo conocimiento en el área le hizo preguntas capciosas y directas, aunque también le brindó valiosos consejos. La joven respondió a cada inquietud con absoluta seguridad.

Entendí entonces que una experta en el área debía sacudirla para probar su temple, y con una cálida sonrisa y gestos de aprobación, la chef Fabiola dejó claro que la participante estaba lista para recibir su acreditación como chef pastelera. Cabe destacar que durante toda la jornada contó con la asistencia del subchef Jeremy Salcedo. Al final de la tarde, las evaluaciones habían concluido. La Lcda. Karelis Canelón tomó la palabra y dio por terminado el evento con un emotivo brindis por las nuevas chefs pasteleras.
Se multiplicaron entonces los abrazos y las felicitaciones, pero la ahora flamante chef Victoria Sierra nos tenía guardada una grata sorpresa: un hermoso obsequio para cada miembro del jurado. Se trataba de una libreta personalizada con el nombre del país que representó, «Dinamarca», acompañada de un bolígrafo con el mismo detalle impreso en la tapa.
Tras el brindis con el jurado y para dar un broche de oro a una tarde tan hermosa, los familiares de las aspirantes hicieron acto de presencia. Fueron atendidos con calidez por las mismas jóvenes que acababan de presentar su evaluación, con quienes compartieron un grato momento antes de despedirse.
Al final, ver los rostros de las jóvenes convertidas en chefs pasteleras fue un poema. Todas se esforzaron por ofrecer una impecable presentación para cumplir su sueño, pero la historia no termina aquí: ellas continuarán escalando hacia peldaños más altos en la gastronomía. Este fue solo el primer paso que las conducirá a alcanzar su meta de convertirse en chefs ejecutivas o jefas de cocina y abrir su propia pastelería.
Otro de sus anhelos es viajar y conocer el país que estudiaron durante más de diez meses; esa sería la verdadera gloria. Entre los planes de nuestra chef pastelera Victoria Sierra está, sin duda, explorar otras latitudes para compartir su talento y seguir sumando experiencia culinaria a su vida. ¡Bravo por ti, Victoria!
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Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato.
Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez.
También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.
Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves.
Asimismo integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).
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