Me hablaron de una señora de 101 años que vive en la comunidad Negro Primero del municipio Guacara. Se trata de doña Pilar Suárez Borges y es la persona más longeva de la zona. Tras seguirle el rastro, logré contactar a su hija para concretar una entrevista. He aquí su historia tejida entre la lucha, las vejaciones y el amor.
Doña Pilar es originaria de Barinas, madre de cinco hijos y ya viuda. Tiene tres nietos y dos bisnietos. Desde su juventud, se ha distinguido por ser una mujer que trabaja y se dedica a su hogar. De su familia es la única que ha tenido el privilegio de convertirse en la mujer más longeva de su comunidad.
Al llegar a su casa, me encontré con un muro alto cobijado por una gran mata de mango bocado. Llamé y salió su hija Adriana, invitándome a pasar. A la izquierda permanecía una camioneta que hablaba de sus buenos momentos; según supe luego, había sido de su padre. En el jardín crecían muchas plantas de todo tipo, sobre todo flores. De entre las hojas que crujían a nuestro paso, aparecieron unos hermosos gatos que eran, según ella, los que cuidaban la casa.
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Antes de comenzar a hablar con doña Pilar, quise preguntarle a Adriana algunas cosas de su mamá.
—Los padres de mi mamá eran de Barinas —me comenta—. Mi abuela se llamaba Andrea Borges Verdú y mi abuelo Fabián Antonio Suárez Montero. No recuerdo bien el nombre de la calle donde vivían, pero la casa estaba cerca del río Santo Domingo.
Doña Pilar tiene la asombrosa capacidad de recordar su infancia y todas las experiencias lejanas. Los acontecimientos actuales se le van olvidando pronto. Cuando habla de su madre, recuerda la historia de ella como si hubiera sucedido ayer.

Doña Pilar me relata un episodio de su madre:
Sus padres murieron. Ella y su hermano quedaron solos. Tres de sus tías se encargaron de ellos, pero su hermanito murió por una fiebre que nunca se supo qué la causó. Ella tuvo una infancia bastante triste —me dice, refiriéndose a su madre—. Terminó siendo una especie de «Cenicienta». Le tocaba hacer los trabajos más fuertes, siendo la heredera de grandes hectáreas de terreno. «Tú sabes cómo eran aquellos tiempos», recalcó.
Cansada de tanto maltrato, se escapó. Tras un tiempo de andar deambulando, el que sería mi abuelo, Fabián Antonio, se la encontró en la calle; vio que tenía hambre y necesitaba ayuda. La llevó a donde su mamá, «Madrina Concha», y cuando llegó a la mayoría de edad, mi abuelo decidió cortejarla y casarse con ella.
Se casaron y siguieron viviendo cerca de la casa materna de Madrina Concha. Con el paso del tiempo, las tres tías murieron y ellos se enteraron de que las tierras que te comenté pasarían a manos de mi abuela. El abuelo dijo que no las reclamarían, porque no iba a permitir que dijeran que él era un mantenido de su esposa o que su patrimonio era producto de una herencia. ¿Qué te parece? Vivieron allí hasta que la abuela murió luego de un aborto. Tuvieron seis hijos y a mí me llamaron “la bordona” por haber sido la última.
Mientras doña Pilar me contaba, sus hijos estaban atentos a lo que necesitara. Me resultó parlanchina la amiga Pilar y no hubo necesidad de apremiarla; iba de recuerdo en recuerdo, y yo feliz.
Yo me había enterado de que ella era una excelente jugadora de barajas y que a todos en la casa los tenía “ruchados”. No tardó en invitarme a una partida, asegurándome que ella no jugaba bien, mientras me decía pícaramente: «Seguro que me ganas». Los hijos se echaron a reír en ese momento.
Cuando le cambié el tema, dijo muy seria:
—Espera, te acabo de hablar de mis padres, ahora viene mi historia. Tú querías hablar de mí, ¿verdad?
—Por supuesto. Quedamos en que tu mamá murió.
Ajá. Luego de la muerte de mamá, no duré mucho en Barinas. Cuando tenía trece años yo estaba bastante desarrollada y era motivo de atracción para algunos hombres, lo dice con mucha picardía, sobre todo esos ganaderos que querían pedirme para llevarme para su hacienda y que viviera con alguno de ellos.
Así fue como mi hermana Aurelia optó por enviarme a Caracas con otra tía que ya vivía allí desde hace tiempo. Al llegar, empecé a trabajar en casas de familia acomodadas como muchacha de servicio. Todas las tardes, junto con las demás trabajadoras, nos sentábamos en el zaguán; siempre pasaban unos jóvenes que trabajaban en la construcción.
Uno de ellos decía:

—¡Mira, esa que está ahí, sí es fea con esas trenzas!
Y uno de los que lo acompañaba le respondía:
—Cómo vas a ofender a esa señorita tan bonita.
Entonces, nos apurábamos a hacer nuestras labores para estar en el zaguán y ver pasar a los chicos, y cada tarde ocurría lo mismo. Luego, con el tiempo, no los volví a ver.
Pasaron dos o tres años y me fui a trabajar a una pensión llamada «Sevilla». Una tarde, en mi día de descanso, fui a sellar un cuadrito de caballos. Al ir a pagar, me di cuenta de que no me alcanzaba el dinero. Había un señor al lado que me preguntó:
—Señorita, ¿qué le pasa, que la veo tan angustiada?
—Es que no me alcanza el dinero —le contesté.
—Tranquila, que yo se lo pago.
Me pagó la sellada y de paso gané, pero nunca fui a retirar el premio y jamás lo volví a ver.
Pasó un año de aquel encuentro. A mí me gustaba mucho ese pan que hacían en Sarria; no sé por qué sentía la necesidad de ir allá, hasta que un día me lo propuse y fui. Al estar en la panadería comprando, alguien me saludó:
—Adiós, señorita, ¿cómo está usted?
Al voltear, me di cuenta de que era el mismo muchacho que una vez me defendió cuando me dijeron fea, y también el que aquella tarde me regaló el cuadro de caballos. Ese joven, Ángel Rosendo Moreno Noguera, se convirtió en mi esposo.
—Esa sí es una buena historia. ¿Qué cosas tiene la vida, verdad? —le comento.
Mi esposo me decía siempre: «Es que tú eras para mí» —dice entre risas traviesas—. Yo siempre lo acompañaba a todos lados. Era un constructor, un albañil y tenía trabajo en cualquier lugar. Tuve mis hijos; uno de ellos se me fue muy pronto y lo pasé muy mal. Hasta que un día lo escuché decirme: «Mamá, tranquila, calma, ya».
Un día, estando en Güiria —cuenta Pilar—, no me percaté de que la marea había subido y de que a los pequeños les llegaba el agua por los tobillos. Tuve que apartar mi dolor porque no podía poner en peligro la vida de mis hijos. Esa pena jamás te deja —comenta—. Siempre está en el corazón de una madre, pero había que seguir adelante. Y para no hacerte el cuento más largo —dice riéndose—, nos vinimos en el ferrocarril de Guacara. Te cuento que eso fue muy gracioso. La gente pensaba que éramos extranjeros. Yo llegué con un lorito en la mano, toda sofisticada. Te estoy hablando de 1952 a 1954, y los guacareños de esa época se extrañaron al contemplarnos. Hasta se asomaban por las ventanas para vernos pasar —lo dice entre risas y recuerdos.
Su hija viene al rescate y continúa la narración:
—Ellos se establecieron primero en el sector La Florida y después en Negro Primero, donde residimos ahora. Mi papá quería hacer una casa propia para su familia y así lo hizo. Tiempo después se mudaron cerca de lo que hoy es «Guacara Park», en las proximidades del río; para ese entonces la gente todavía se podía bañar en sus aguas. Luego de que todo el lugar estuvo libre de alimañas, ella nos cuenta que vivieron muy bien, hasta que mi papá enfermó y tuvo que irse al Algodonal de Caracas porque le dio tuberculosis. Uno de mis hermanos tuvo que dejar los estudios para trabajar en la pulpería del «Musiú Armando», que estaba al lado de la iglesia de Guacara.
Hay algo fascinante que no debo omitir. Es la filosofía de un individuo que tiene conocimiento de su propia naturaleza. Un día, la hija preguntó a su padre por qué no había concluido la construcción de la casa. Él le respondió:
—Porque todos los días tendré una tarea pendiente. Si la termino en su totalidad, ya no me quedará nada por realizar. Esta es mi manera de saber que tengo un motivo para levantarme cada mañana.
Nuestra amiga Pilar está en silla de ruedas y, preguntando aquí y allá, logro que me cuente qué fue lo que le pasó:
El año pasado me caí en la noche dentro de mi cuarto. Me levanté para ir al baño, estaba mareada y me fui al suelo. Me pusieron yeso en la pierna, pero no me dejaba dormir. No me gustaba, me daba calor y fastidio. Ahora ando en este carro, la silla de ruedas, porque no puedo caminar. Siempre fui muy enérgica, no me quedaba tranquila. Mi esposo me decía a cada rato: «Pilar, siéntate; deja de hacer eso, descansa, Pilar». Pero yo no podía quedarme quieta, porque había que atender una casa, a los hijos y a él también, por supuesto —y se ríe—.
—Cuéntame, Pilar. ¿Cómo te sientes con tus 101 años?
Estoy muy orgullosa de haber llegado a esta edad por los «nenes» que tengo. A ellos les debo toda esta felicidad; han sido unos hijos que no interrumpieron mi vejez. Me siento dichosa por ellos, porque nunca me han hecho pasar una vergüenza en la calle.
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Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato.
Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez.
También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.
Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves.
Asimismo integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).
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