Para empezar, la guerra es arte y no solo una ciencia y una técnica. Porque tiene de creación, de poiesis, pero el arte nunca será una guerra. La propaganda sí, pero sin duda tienen relación a través de la política específicamente, y la guerra es la política por otros medios.
En el arte del hombre primitivo, de los primeros hombres y su pintura rupestre, no encontramos representaciones bélicas. Es un arte sagrado sobre el trabajo, la vida en común, el chamanismo: escenas de cacería, en cavernas de uso ritual, impresiones de manos pigmentadas sobre las paredes, tallas de utensilios o de esferas.
La representación de la cacería de humanos, que podría ser el otro nombre de la guerra, aparece en las civilizaciones antiguas con el Estado: Sumeria, Babilonia, Asiria, el antiguo Egipto, los judíos. Ya antes los pueblos de pastores nómadas atacaban a los pueblos agricultores.
El arte de la guerra es propio de imperios conquistadores, esclavistas. Y a través de esculturas, relieves, murales o incluso vasijas de uso doméstico está la representación de la cacería humana en las sociedades clasistas. De ahí pasa a los libros miniados, junto al arte religioso y se mezcla con él en las teocracias.
Algunas representaciones, como en las columnas romanas, no podían visualizarse, pero simbolizaban la victoria sobre otros pueblos. La pintura de caballete no abandona esta temática, sino que se agregan otras, como retrato y paisaje, pero el arte de la guerra sigue ahí.

Será en el inicio del siglo XIX, durante unos acontecimientos históricos que coinciden con nuestra declaración de independencia, la guerra de España contra la Francia de Napoleón, cuando un artista, Francisco de Goya (testigo de la guerra del pueblo español contra las tropas napoleónicas, él mismo un afrancesado), grabará una serie de 82 aguafuertes que origina una auténtica mutación del arte de la guerra.
Esta es retratada desde la subjetividad, en la crueldad de los dos bandos: mutilaciones, sadismo, violaciones, fusilamientos, ahorcamientos, violencia de militares contra civiles desarmados, violencia de civiles contra militares capturados. El instinto de muerte, la pulsión de destrucción en toda su potencia. Nunca se había retratado así una guerra en su crueldad esencial y denunciando a ambos bandos. El artista en el medio. La guerra está desnuda.
De tres partes se compone la serie, los primeros grabados reflejan la brutalidad del combate y el maltrato de los cuerpos. Es la guerra del pueblo donde participan las mujeres, resistiendo al invasor. Del pueblo se ven los rostros, los del invasor permanecen ocultos, salvo sonrisas sádicas o caras de espanto durante el contrataque. Atacantes y defensores son crueles en extremo.
La segunda parte tiene que ver con el eufemismo del daño colateral, el hambre, la prostitución con el invasor, el desplazamiento, la persecución. Es la afectación de la guerra sobre los no combatientes: mujeres, ancianos, niños. La tercera parte es simbólica, también alegórica: es la guerra como política por otros medios; pájaros carroñeros, burros, muertos que quieren resucitar, que representan la política que lleva y trae la guerra.
La tradición ha titulado esta serie de grabados de Goya como Los Desastres de la Guerra, usando el término «desastre» que refleja la magnitud del daño colectivo, lo oculto de sus verdaderas causas, lo difícil que es enfrentarlo y lo catastrófico de sus consecuencias; el irreparable daño y la afectación individual y colectiva a todos por igual.
La etimología es mala estrella, lo que habla de lo aparentemente cósmico de su origen, aunque sabemos que la causa no está en los astros, sino que es humana, del humano deshumanizado.
Los Desastres de la Guerra inicia una nueva forma de representar la guerra desde dentro. Paralelamente podríamos decir que Clausewitz escribe también a partir de las guerras napoleónicas su tratado De la Guerra, que tanto influiría en Lenin y Mao, y que describe las guerras del pueblo contra un invasor externo.
Después de los aguafuertes de Goya, que no conocieron sus contemporáneos (por la vergüenza, la mezcla de cobardía y valentía, de razón y sin razón de la guerra), otros artistas como Picasso y su Guernica, las películas de Eisenstein, o más reciente las fotografías de Sebastián Salgado sobre los ojos y la mirada de los niños refugiados de guerra, son continuadores del nuevo arte de la guerra.
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La foto del joven quemado vivo en las guarimbas es una advertencia de lo que podría ser una guerra civil en Venezuela, para no hablar de una invasión norteamericana. En la guerra de Irak, el ejército invasor norteamericano impuso una fuerte censura sobre los reporteros de guerra. Y la censura se mantiene en las guerras vivas como Yemen, Ucrania o el genocidio de Gaza.
Prácticamente no hay imágenes de lo que ahí está pasando. Drones a vuelo de pájaro que toman fotos o disparan. Trayectos de misiles antes de su impacto como fuegos artificiales navideños, o fragmentos de videojuegos, edificios o vehículos civiles destruidos, pero sin ocupantes.
En la invasión del ejército israelí, los aguafuertes de Goya adquieren total actualidad. Estamos esperando por artistas de la guerra herederos de Goya y de Picasso, que testimonien lo que está pasando, la guerra por dentro, en sus tres dimensiones: el combate y su violencia, la afectación a los civiles, especialmente mujeres y niños, y la alegoría de sus causas políticas, la simbología tanática, tal como lo represento Goya en esas tres dimensiones, su presente, su futuro y su pasado. El retrato y el símbolo de la cacería humana.
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Pedro Téllez (Valencia, 1966): Psiquiatra y escritor. Egresado de la Escuela de Medicina de la Universidad de Carabobo, donde también cursó las Maestrías de Historia de Venezuela y Literatura Venezolana. Ha sido profesor de estética en la Escuela de Arte «Arturo Michelena» y coordinador del Postgrado de Salud Mental en el Hospital Psiquiátrico de Bárbula.
Ha formado parte del comité de redacción de las revistas Poesía y La tuna de oro. Entre sus libros se encuentran: Añadir comento (1997), Fichas y remates (1998), Tela de araña (1999), La última cena del ensayo (2005), Un naipe en el camino de El Dorado (2007), Elogio en cursiva del libro de bolsillo (2007), Valencia sulaco (2019).
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