El profesor José Iraides Belandria (1947-2023), emérito de la Universidad de Los Andes (ULA), fundador de la cátedra de Ciencia y Arte y director de la Escuela de Química, dejó como legado póstumo una obra literaria sorprendente: ”Relatos telúricos”.
Este libro, compuesto por prosas poéticas de una belleza austera y profunda, es un viaje íntimo y cósmico que fusiona el rigor científico con la sensibilidad artística, invitándonos a repensar los límites del conocimiento y la experiencia humana.
Belandria, químico de formación y poeta por vocación, construye en estos textos un puente entre dos mundos aparentemente distantes: el de la medición exacta y el del símbolo onírico. Su escritura evoca la tradición de la poesía oriental (Omar Kayyam, Yalal ad-Din Rumi) en su capacidad para condensar en imágenes sencillas verdades universales, pero también dialoga con autores occidentales como Hamsun y Hesse, así como con voces contemporáneas venezolanas como Aladym, Gelindo Casasola, Jonuel Brigue y Luis Alberto Angulo Urdaneta, a quien dedicó un prólogo para su libro “El llano y sus llaneros”.
Relatos telúricos no es solo un libro de prosas poéticas; es un manifiesto sobre la unidad del saber. Belandria explora lo que él mismo llamó “el nuevo paradigma del conocimiento”: una visión que integra la ciencia, el arte y la espiritualidad como formas complementarias de acceder a la realidad.
En sus textos, la luz no solo es un fenómeno electromagnético, sino también una metáfora de la conciencia; el agua no es solo H₂O, sino un símbolo del origen y la transformación; la piedra filosofal no es solo un objeto alquímico, sino una representación de la búsqueda humana de sentido. Belandria nos recuerda que, en el fondo, tanto la ciencia como el arte son lenguajes para descifrar el misterio de lo existente.
Esta perspectiva resuena con ideas contemporáneas como las de David Bohm (la totalidad indivisa) o Ilya Prigogine (el caos creativo), donde el universo ya no se entiende como una máquina determinista, sino como una red de relaciones inciertas, creativas y holográficas. La poesía, en este contexto, no es un adorno, sino un modo de conocimiento tan válido como la ecuación.
El libro está estructurado como un único relato en el que el protagonista —acaso el propio Belandria— nace, viaja, explora y finalmente se reintegra al cosmos. Es un viaje telúrico en el doble sentido: hacia la tierra (llanos, montañas, mares) y hacia el sí mismo (memoria, conciencia, trascendencia).

Los textos, breves y intensos, funcionan como instantáneas de una vida vivida con asombro: el nacimiento bajo un árbol, el encuentro con un colibrí, la contemplación de un arcoíris, la llegada al llano, la inmersión en el mar, la búsqueda de la piedra filosofal. Todo está narrado con una sencillez que no oculta su profundidad.
Al final, el viajero se convierte en “polvo cósmico”, pero no como una disolución, sino como una reintegración a la totalidad. Belandria nos sugiere que la muerte no es el fin, sino una transformación energética, un regreso al flujo del universo.
A continuación, transcribimos algunos textos que ilustran su tono, su imaginería y su fusión entre ciencia y poesía:
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Mientras escribo estas líneas colindando con los valles donde se alza el fuego y la vida de los hombres, pienso que esta brisa que rozó mi cara en este instante volverá a posarse sobre esas montañas cuando me vaya convertido en ondas y corpúsculos como la luz de esta mañana.
Esta noche cuando miro la luz de las estrellas más lejanas imagino como los rayos que llegan a mis ojos iniciaron su viaje en tiempos infinitos cuando nacieron en algún confín del cosmos. Desde allá comenzaron su viaje en la extraña turbulencia de la vida, doblándose y arqueándose ante los obstáculos masivos, ante los vórtices de los agujeros negros, ante los salientes blancos de las rutas cósmicas, plegándose a la forma curva del universo inmenso. Inexplicablemente, después de eternidades su luz llega hasta mí.
Seguí avanzando hacia el norte buscando el mar y aguas eternas. Durante el viaje oigo el murmullo del agua y me convierto en un pez en las vertientes olorosas de una quebrada dulce. Penetro en los laberintos acuáticos y me acuesto sobre las piedras del fondo del río. Allí, presiento mi origen oceánico en corrientes acuosas mezcladas con sales alquímicas. Transformado en agua llego hasta el mar y confundido con la arena percibo mi origen terrenal.
Escribo la ecuación inversa de la vida y la muerte que insinúa que todo es indeterminado, no lineal, impermanente, cuántico y relativo. El algoritmo abstracto de esta ecuación predice la eternidad y la transformación energética y entrópica de los seres.
Cuando toco la piedra algo intemporal invade mi cuerpo. Invisible me acerco a los seres rebasando las calles de ciudades cercadas con edificios y estatuas. Sin edad visito las fuentes de agua y los monasterios poblados con ermitaños antiguos o como un inmortal observo los cementerios cubiertos de cruces y huesos. Puedo convertirme en cualquier cosa como un árbol oculto en la selva o una flor suspendida en el aire o un grano de arena en la playa de un río. Al final, un día tomé la piedra en mis manos y me convertí en polvo y luces difusas que pueblan las galaxias lejanas.
“Relatos telúricos” es una obra que trasciende géneros y disciplinas. Nos invita a leer el universo como un texto poético y científico a la vez, donde cada elemento —desde un átomo hasta una estrella— cuenta una historia. Belandria no solo nos dejó un libro; nos dejó una lente para mirar distinto.
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Luis Alberto Angulo [Rivas], nació en Barinitas, estado Barinas en 1950. Desde 1972 reside en Valencia (Carabobo). Poeta y articulista.
Bibliografía directa: Antología de la casa sola, Una niebla que no borra, Antípodas, Fusión poética, La sombra de una mano, Antología del decir, Coplas de la edad ligera.
Premios: “IV Concurso Internacional de la revista Poesía (UC)”, así como de los certámenes nacionales de poesía “Francisco Lazo Martí” y “Rómulo Gallegos”.
Antólogo de: San Juan de la Cruz, Miguel Hernández, Enriqueta Arvelo Larriva, Ana Enriqueta Terán, Gelindo Casasola, Ernesto Cardenal; “Rostro y poesía, poetas de la Universidad de Carabobo”, “El corazón de Venezuela, patria y poesía”.
Coautor con Luis Alberto Angulo Urdaneta de “Viento barinés”; con Luis Ernesto Gómez de “Poetas venezolanos en solidaridad con Palestina, Irak y Líbano”; con Nereida Asuaje de “Lubio Cardozo, Del lugar de la palabra”.
Textos suyos aparecen incluidos en las antologías: “Jóvenes Poetas de Aragua, Carabobo y Miranda” (Fundarte 1978), de José Napoleón Oropeza; “Poetas de Venezuela (Revista Poesía UC), de Reynaldo Pérez Só, y “Barinas, cien años de poesía” (1995), de Leonardo Gustavo Ruiz.
Ha sido invitado en varias ocasiones al Festival mundial de Poesía de Venezuela y a la Feria Internacional del libro de Venezuela (Filven).
Ciudad Valencia












