Desde hace unos años para acá me he dado cuenta de que yo no soy poseedor de un estilo literario, no tengo una voz con la cual se me pueda identificar claramente. No he llegado a esta conclusión por un afán de decir asuntos interesantes o querer crear una confusión que logre borrar mi historia personal. En cada uno de los géneros que escribo he buscado de manera consciente romper mi propia forma de escritura, romper los posibles moldes que me puedan estar aprisionando, al escribir cuentos, por ejemplo, escribo cuentos infantiles, pero inmediatamente pienso en escrituras largas, cortas, en anti-cuentos, en fábulas, en contra fábulas, en micro-ficciones para niños o cuentos de terror para niños. Luego me propongo escribir cuentos de dramas amorosos, con finales inesperados tipo Poe o finales abiertos tipo Chejov, cuentos en contra del amor, micro-cuentos, relatos, cuentos de terror o misterios, y para terminar de no distinguirme he inventado una forma de escritura proveniente del habla coloquial y manteniendo los rasgos clásicos del cuento, pero enseguida esta forma de escritura también la examino y veo cómo la puedo usar para vulnerarme. Es decir, escribir es para mí una forma de ruptura conmigo mismo, una forma de expandir el yo o la conciencia.
Entiendo que hay rasgos, trazos, modos de escritura que distinguen a un escritor de otros, esto es inevitable. Tampoco se trata de creer que se puede escribir sin influencias, algo que es sencillamente imposible; pero el escritor, el poeta, debe procurar el movimiento, no estancarse, debe andar en un camino de búsquedas de forma permanente en el medio de sus cotidianidades; quiero decir, estas búsquedas no poseen o no deberían poseer un momento exclusivo; la mente está abierta, dispuesta a percibir y mezclar elementos. También es cierto que hay temas recurrentes, algunos muy difíciles de quitarse de encima; pero es menester darse cuenta e intentar girar hacia otros temas. No me parece muy halagador que un escritor o un poeta siempre escriba del mismo tema, y pase su vida estancado en el mismo. En mi caso, es recurrente la fotografía, el mar o los puertos, las cartas, la muerte. Esta conciencia me sirve no para seguir cavando en los mismos charcos, sino para ir a emprender otras búsquedas que también sean pertinentes a mis gustos, mis costumbres, mi historia, mis lugares.
En cada una de las formas narrativas que antes describí, en las que puede incluirse a la novela, me sumerjo no solo en una historia si no en un modo de sentir, en una o varias emociones, si de algo soy dueño es de mis emociones y ellas son las que guían mis maneras de escribir. Quizás por ello un escritor puede contribuir a aumentar la sensibilidad de los lectores; pero para ello la lectura también tendría que ser dirigida, encausada por las emociones y no creer que ella es un ejercicio aislado del intelecto. Ahora, estoy de acuerdo que para atrapar a posibles lectores, los que promocionamos la lectura manejemos histriónicamente esas emociones y las hagamos sentir al máximo, pero la finalidad es que ese posible lector sepa luego leer sin ayudas y continúe envolviéndose en los climas emocionales, sensibles, intelectuales e imaginarios que le ofrece el libro. Porque no solo de emociones está forjada una escritura, ellas son sus meollos, sus núcleos existenciales, vivibles, pero no es lo único que nos ofrece ni su estructura está conformada de esa sola pieza. Hay muchas ramas que se mezclan unas con otras y conforman el enredijo gramatical o textual más parecido a la vida, porque en esta última no andamos separando la racionalidad de la fantasía, ni el miedo de la alegría, etc. Digo andamos, en plural y no es una mera aplicación de la tercera persona narrativa, es que el acto de escribir si bien lo realiza una persona, esta persona es plural en sí misma, la escritura no puede no ser colectiva. La conciencia no funciona por aislamiento sino por encartamientos sucesivos de seres. Por dentro de nosotros fluye el estiércol y la forma de extraerlo y mostrarlo; de esto último se encarga la carpintería, la estructura formal, y posibles reglas de la escritura. Te lo explico así:
El sistema digestivo está soportado por varios tipos de tejidos dispuestos en diferentes sentidos u orientaciones para conformar una red de soporte; por dentro de las vísceras existen unos pólipos denominados divertículos que pueden perforarlas y derramar las heces. El proceso de escribir también genera una red de textos que se cruzan, que tienen orientaciones diferentes porque conforman espacios socioculturales que son diferentes; pero esto también ocurre hacia el interior del que escribe, no me refiero a entelequias como el alma, me refiero a su memoria, a su psiquismo, a su sistema de culpas y agresiones, a sus defensas y debilidades, a sus frustraciones, a los seres conocidos y desconocidos que lo conforman. De esa manera alguna perforación ocurre en el acto de escribir que en un momento determinado ocurre la emergencia de contar. ¿Puedes entender ahora qué es una escritura o qué es un libro? Si te vieras abierto, con lo interior en el exterior, ¿podrías reconocerte?, ¿podrías saber quién eres? ¿Acaso esa sustancia asquerosa no se formó a través de las relaciones con otras personas que, al mismo tiempo, están formando su propio tejido de múltiples convergencias emocionales?
Saramago veía en la escritura una forma de esculpir una estatua hasta llegar a su alma que es la sensibilidad o las emociones de la gente común, su propia alma. Hasta un cierto momento, después de haber escrito al menos seis libros, se dio cuenta de que estaba en la superficie aún, que no había quitado mucho de ella para sumergirse en el alma de la estatua. Algo parecido le ocurrió a Rilke, luego de haber escrito doce libros, se dio cuenta de que no había dicho lo que quería y de allí en adelante se dedicó a acecharse. En mi caso, puedo afirmar que me gusta comenzar desde adentro hacia afuera y realizar un viaje de ida y vuelta. Cito algunos ejemplos, en el caso de la narrativa. Mi primer libro de cuentos es Chismarangá, ya la palabra alude a un estar metido dentro de las voces de la gente y caminar sus historias y sus dramas desde adentro. Sin embargo, la imagen que me gusta usar no es la de Saramago referente a la estatua. Entiendo la relación de la escritura, de todas sus expresiones, como un ejercicio de tejer y destejer que involucra a la voz, (y con ella a las vivencias que envuelve) y a la palabra escrita, e incluimos en esta a la lectura. Leer y escuchar son formas de dejarnos tejer, o de tejernos, en el sentido de reparar algo, de intentar una cura; contar con la voz o con la escritura son formas de destejernos y procurar tejer a otros. Porque se da la paradoja de que en la medida en que más te coses más te destejes, si el tejido quedara cerrado, podrían ocurrir dos cosas: una, que te llenes de tu mal y explotes de cualquier otra manera, arriesgando tu vida; y otra, que mueras como escritor o poeta.
De tal manera que vivir es estar sumergido en los actos de tejer y destejer las madejas de narraciones por las que pasamos, semejante a las arañas, tejemos y estamos pendientes de aquello que al caer en nuestra red nos sirva de alimento y pueda fortalecer al tejedor y con ello a posibles nuevas redes.
Vivir es la relación recíproca, constante, entre la oralidad y la escritura. Les había hablado de Chismarangá, como ejemplo de comenzar a tejer desde adentro de la oralidad, que es el sitio donde se instala la vida y desde donde nos hacemos preguntas, para ello me he propuesto desmantelar a la oralidad y llevarla a la escritura tratando de serle fiel. De tal forma que los libros que siguen a Chismarangá (Orejada y Barrio el Mireteo) aluden a los órganos de los sentidos que nos permiten aquella acción de tejernos y destejernos con palabras: Chismarangá señala a la voz, el murmullo, la vociferación que en gran parte nos define. Orejada, apunta a la oreja como órgano grabador, orificio por donde entra el hilo que permitirá a la aguja comenzar a tejer. Completa esta trilogía otro libro que recibe por título Barrio el Mireteo, con ello quise mostrar a los ojos en el mismo meollo de lo vivo que se cuenta a sí mismo, en este último trabajo las voces son predominantemente jóvenes, incluso, me serví del lenguaje de las nuevas comunicaciones para terminar de plantarme frente al formalismo académico y decirle mi postura ante su impostura. Entre otras virtudes que han encontrado a estos libros está la introducción a la escritura de los silencios que usamos al hablar, y como dice la profesora María Auxiliadora Álvarez en un estudio incluido en Barrio el Mireteo: “Arnaldo Jiménez en la trilogía, no escribe oraciones, escribe enunciados discursivos orales”.
Barrio el Mireteo es una novela muy extraña: relatos cortos extraídos de lo oral que se van tejiendo porque el lector va caminando por el barrio asistiendo o presenciando los instantes de historias que suceden en las direcciones que, al mismo tiempo, son los títulos de los relatos; en ocasiones, unos remiten a otros, pero no hay una conexión orgánica, un principio y un fin, un nudo de historia que se desenvuelva en el tiempo, como ocurre en la novela tradicional.
En una novela como Deshabitados (2024), el discurso recorre varias capas sociales, y la novela gira desde el lenguaje poético académico, hasta el lenguaje poético oral. Las llamadas pequeña y gran cultura están imbricadas, relacionándose en esa plataforma llamada sociedad. Hay dos personajes que, sin ser principales, realizan este enlace: Orangel Santaesgrima, poeta y loco, y Evaristo Retamar, un político: sin embargo, todas las condiciones de vida, tanto dentro como fuera de la novela, son políticas y económicas.
Pero miento si no les digo que también asumo el lenguaje estilizado, el lenguaje pleno de imágenes y recursos literarios para escribir. Entonces pienso en otros asuntos que provienen más de mi capacidad de crear que de mi capacidad de recopilador de lo oral. Sin embargo, tampoco aquí dejo de dirigir mi escritura contra algo, lo cual no quiere decir que siempre escriba para confrontar o para contradecir o negar, de ninguna manera, se escribe para complacer los istmos de moda y se escribe para negar los istmos de moda o apartarse de ellos. Coloco otros ejemplos: en la red de Internet se puede encontrar mi Tipología de los clavos, una serie de micro-ficciones que buscan incomodar a otros géneros como la historia, la biografía y la tradición de los micro-cuentos mismos, casi aforismos, casi ensayos, casi cuentos cortos, las tipologías que me he propuesto escribir procuran abrir un cauce de nuevas colecciones, lo ya consagrado corresponde a los bestiarios, yo ofrezco los objetuarios. Otras tipologías que ya están escritas son: Breve tratado de las linternas, tipología de los duendes, 29 pipas, Mitos y tradiciones en torno a las burbujas, Tipología de las tijeras, El libro de los volcanes (Amazon, 2019). Con el primero ironizo y me burlo de la manera de cómo son escritas las tesis y las investigaciones en general, esa manía de querer borrar al sujeto que escribe, también utilizo a un objeto que es una mercancía cualquiera para desdibujarla, siguiendo el efecto que usa el psicoanálisis jungiano, el de la ampliación de los símbolos, en este caso amplío las significaciones y posibilidades imaginarias y míticas de los objetos hasta que pierdan sus cualidades de mercancías y se transformen en otro tipo de objetos.
No solo es en la narrativa donde he intentado lograr la fusión entre la oralidad y la escritura, creo que el libro donde también realizo ese intento es mi libro de ensayo: “La honda superficie de los espejos” publicado en el 2007 por la Casa de Bello. Allí intento elevar a la dignidad de sujetos históricos y darle rango de valor escrito a las historias locales, a los sujetos de lo cotidiano, e invento a partir de esos testimonios y vivencias locales, un aparataje conceptual o camino metodológico para estudiar lo oral y por ello creo también algunas categorías que antes no existían. Lo que quiero decir con esto es que los llamados géneros literarios me han servido para mostrar la historia que no ha sido escrita, por un lado, y por otra para nivelar a la historia de los pequeños seres con las citas de los grandes historiadores.
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En otros libros la relación oralidad-escritura también puede verse con facilidad. El nombre del frío, cuento infantil, parte de la versión oral en torno al personaje de Pacheco, tratando de pasarlo de la leyenda al mito. Pero en estas tradiciones hay mucha tela para cortar.
En fin, tejer y destejer es una condición de vida de toda persona que quiera desconocerse conociéndose, y quiera plantarse en el suelo histórico en la medida en que lo transforma en ficción.
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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.
Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).
Ha publicado:
En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).
En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021).
(Tomado de eldienteroto.org)
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