Entrar de lleno en el análisis de un acuerdo energético sin contextualizar la situación mundial y el lugar de Venezuela en el hemisferio es un error de perspectiva. Así lo sostiene el ingeniero y experto en petróleo Guyén Soto, quien fue el invitado a nuestro foro especial en Ciudad Valencia.
En este sentido, explica que el planeta atraviesa un momento clave de transición: de un mundo unipolar hacia un esquema multipolar. Este reajuste global gen
era múltiples elementos de cambio que impactan de manera directa en el sector energético, donde el petróleo continúa siendo el motor indiscutible que mueve al mundo, a pesar del avance relativo de fuentes alternativas.
¿Por qué el petróleo sigue mandando?
Para entender la vigencia absoluta del crudo, Soto explica su densidad y eficiencia energética.
“De todos los elementos naturales, el petróleo es el que concentra la mayor cantidad de energía natural. Hasta que la ciencia no descubra una fuente con idéntica capacidad energética y que logre sustituirlo en el terreno económico, el petróleo seguirá al mando”, sostiene el también analista de economía y geopolítica petrolera.
En este contexto, también explica el funcionamiento del crudo como el commodity por excelencia, representando casi la mitad del mercado mundial de materias primas.
Al respecto indica que su margen de ganancia desafía cualquier lógica comercial ordinaria: “Mientras producir un barril en Arabia Saudita ronda los 10 dólares, las recientes tensiones en Yemen y el Medio Oriente han disparado los precios internacionales hasta los 120 dólares, dejando un margen de utilidad de unos 100 dólares por barril. Ninguna otra actividad legal —y apenas contados mercados ilícitos— genera semejante rentabilidad”, refiere.
Aun cuando los yacimientos convencionales de extracción simple por bombeo se descubren cada vez menos, obligando a mirar hacia recursos no convencionales como la Faja Petrolífera del Orinoco en Venezuela, las costas de Brasil, las arenas bituminosas de Alberta en Canadá o el fracking, el crudo sigue siendo altamente atractivo.
“En el caso de la Faja, aunque se trate de un petróleo extrapesado, su extracción en terreno plano resulta mucho más económica que los proyectos costa afuera o los métodos complejos de fracturación hidráulica. Además, el país resguarda allí las reservas más grandes del planeta”, indica.
En cuanto al transporte global, hace referencia a los vehículos eléctricos, los cuales, aún cuando han crecido, apenas alcanzan el 10% del parque automotor mundial y enfrentan el reto de generar la electricidad necesaria para cargarlos (frecuentemente producida con gas, un derivado del petróleo). Más allá del transporte liviano, los sectores pesados de carga, el transporte marítimo y el aéreo dependen en un 90% de los combustibles fósiles.
La posición geoestratégica de Venezuela
A sus descomunales reservas se suma que Venezuela posee una ubicación geográfica envidiable. Mientras los conflictos en Asia Occidental (Medio Oriente) han disparado los precios y bloqueado pasos críticos, obligando a desviar barcos y encarecer los fletes—, Venezuela cuenta con una salida abierta al Atlántico y, mediante el Canal de Panamá, hacia el Pacífico, con cercanía natural a Estados Unidos, Europa y África. De ahí, el experto ratifica la posición geoestratégica de Venezuela.
¿Por qué ahora?: Las razones de fondo del acuerdo
La gran interrogante sobre el momento político en que se suscribe un acuerdo con Estados Unidos, Soto la responde analizando las urgencias de la superpotencia del norte.
“Aunque Estados Unidos produce mucho petróleo (principalmente mediante fracking, que representa más de la mitad de su producción), también importa unos 7 millones de barriles diarios. Ese fracking es extraliviano, ideal para gasolinas, pero insuficiente para generar los combustibles pesados, fuel oil o diésel que mueven su enorme flota de transporte pesado, barcos y camiones. De ahí la necesidad intrínseca del crudo extrapesado venezolano”, argumenta.
A esto se le suma, a decir del analista, la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, que deriva en la necesidad de controlar los minerales y recursos estratégicos del hemisferio mediante la fuerza y bajo la doctrina de Roosevelt, mejor conocida como Doctrina Monroe 2.0. El documento fija como su gran rival estratégico a China, planteando desplazar su influencia —incluso de Venezuela y del Canal de Panamá— y golpeando indirectamente sus suministros, como los provenientes de Irán.

“En el plano estrictamente coyuntural, Estados Unidos enfrenta elecciones de medio término. Con la gasolina saltando de 3 dólares el galón en enero a 5 dólares recientemente, debido a la escasez de reservas estratégicas y conflictos internacionales, el bolsillo del votante norteamericano resiente el impacto y Trump, más allá de sus matices discursivas, necesita mostrar un logro urgente que estabilice los precios internos”, recuerda el experto.
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El acuerdo y la ley venezolana
Dado que la presión geopolítica y la necesidad interna estadounidense hacían inevitable un entendimiento, el gran reto para Venezuela era negociar bajo los términos más favorables posibles, respetando y haciendo valer la legislación nacional.
Este escenario, Soto quien además es profesor universitario, señala el impulso de la modernización del ecosistema legal venezolano este año, que incluye la Ley de Hidrocarburos y los movimientos que ahora vemos en las licencias de la OFAC. Los contratos contemplan un marco de 25 años por cada bloque explotado, con regalías que varían del 15% al 30%, según se trate de campos maduros o «verdes» (donde la inversión inicial es intensiva, como en varias zonas de la Faja).
La regalía garantiza que, por cada barril producido, un porcentaje pase de inmediato al erario público, a diferencia de modelos como el de Guyana, que no cobra regalía inicial sino un impuesto menor.

Los números proyectados
De acuerdo al análisis que hace Soto, destaca, por un lado, la producción estimada que tiene una meta de 1,5 millones de barriles diarios; por el otro, las reservas asociadas al bloque que contemplan unos 65.000 millones de barriles (alrededor del 20% de las reservas totales de la Faja).
También entra en escena la inversión planteada: 100.000 millones de dólares y los ingresos fiscales previstos que rondan los 209.000 millones de dólares.
De igual manera, están los costos y márgenes de este acuerdo, en donde se extraerá y diluirá el crudo con nafta o petróleo liviano (recuperando pozos en cuencas tradicionales como Monagas para la mezcla del Merey 16) que ronda los 25 a 30 dólares por barril. Con un precio de mercado de referencia de 65 dólares, quedan unos 19 dólares destinados a los ingresos del Estado y el resto a la operadora.
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El gran desafío: Sembrar el petróleo y la petroquímica
Si bien la llegada de estos ingresos es imperativa para mejorar salarios, educación, el sistema eléctrico nacional, la salud y la vialidad, el verdadero reto histórico es no reincidir en los vicios de la economía rentística.
La «enfermedad holandesa» —que en Venezuela bautiza con ironía el experto como la «enfermedad venezolana», por haberse manifestado 40 años antes que en el país europeo— exige diversificar la economía. En este sentido, la petroquímica se alza como el gran potencial desaprovechado del país.
Desarrollar la industria petroquímica —impulsando derivados para plásticos, explosivos, fertilizantes y cubriendo el mercado americano, caribeño y los vacíos dejados por las sanciones a Rusia— es la vía para activar industrias intermedias y pesadas, cumpliendo por fin con la célebre máxima de Arturo Uslar Pietri: sembrar el petróleo.
En medio de la reconfiguración de un mundo que transita hacia la multipolaridad, Venezuela se encuentra en el centro, obligada a navegar la coyuntura con estrategia, soberanía y visión de futuro.
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Ciudad Valencia/Mónica Llovera Borges
Fotos: ER












