“Horizontes imborrables”: memoria y alma de mi puerto natal” por Christian Farías

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Pasados unos meses de haber escrito y publicado los poemas de mi libro HORIZONTES IMBORRABLES, me ha llegado al corazón la idea de realizar una lectura muy personal, analítica y crítica, sobre esta obra dedicada a Puerto Cabello, la ciudad donde nací y quedó marcada mi infancia hasta los doce años de edad, cuando se rompe mi vínculo directo con el Puerto, porque mi madre decidió mudarnos para Valencia, la capital del estado Carabobo, en el año 1968.

Transcurrido ese tiempo, de 1968 hasta hoy, pareciera que la carga de los años viejos se llena ahora de nuevas inquietudes, de sueños y pasiones. Sumergido en esa atmósfera interior, descubro la fuerza del arraigo y el desprendimiento como dos polos sembrados en esos horizontes imborrables, que dialogan silenciosamente  con la memoria y el alma del ser que somos en nuestros sueños y propósitos de vida.

Es indudable que esas imágenes de los horizontes porteños, se conjugan con la dinámica indetenible del tiempo que, a su vez, recarga el peso de los años entre el arraigo y el desarraigo, los sueños y las pasiones, los deseos y las realidades, en una tensión infinita de la memoria y el alma de nuestro ser, tal como se puede apreciar en el poema tres (3) de mi libro Horizontes imborrables:

 

Nací en este recodo del mar
Y la tierra
Junto a los cangrejos
Y chipichipis
Cabalgo los golpes de sus olas
Como si fueran
Susurros de Dios
Alucinantes
Postreras
Evocando los recuerdos
Desde las piedras
Del malecón
O la arena de la playa

 

En estas imágenes hay una borrosidad evidente del lugar donde nací y cómo fue mi nacimiento, en ese recodo entre el mar y la arena, una especie de frontera movible y sujeta a las fuerzas del viento y el oleaje que determinan esa línea ondulante cargada de formas y de espumas como lo es la orilla del mar. Allí están también los cangrejos y los chipichipis como testigos mudos del vaivén marino.

Esa imprecisión de la imagen deja abiertas las puertas de la imaginación para el lector. En tal sentido, los golpes de las olas comparados con los susurros de Dios, nos revelan una metafísica del agua del mar, evocadora de la memoria, cuyos referentes son “las piedras /  Del malecón / O la arena de la playa”.

La lectura de ese poema nos ubica entonces en el tema de la memoria y el alma del ser humano que somos. De manera que, en estas dos dimensiones, se concentra y se nutre la conciencia. Ser lo que somos; pero, sin memoria, equivale a ser como los animales: vivir apegados al estómago y la movilidad concentrada en la búsqueda del alimento. Y ya sabemos que “no solo de pan vive el hombre”.

La memoria es un concepto que proviene del latín memoria, y es entendido como la capacidad o facultad de retener y recordar información del pasado. Es decir, la memoria es el pasado imborrable y resguardado en la conciencia. Es la carga de información acumulada en nuestro cerebro y clasificada en cuatro áreas fundamentales que son: la memoria sensorial, la memoria a corto plazo, la memoria de trabajo y la memoria a largo plazo (ver: https://elisabetrodpsicologia.net/).

La primera retiene la información durante un par de segundos, tiempo en el cual el órgano sensorial recibe y envía el mensaje al cerebro. Por ejemplo, una flor bella y radiante que impacta nuestra mirada o un frío estremecedor que congela la piel; un olor que altera el aire que respiramos o un ruido que ensordece y hasta un helado cremoso, un té de hojas naturales o una comida exquisita que degustamos con mucho placer.

Por ejemplo, en la primera estrofa del poema 4 de Horizontes imborrables, leemos las siguientes metáforas con imágenes sensoriales que se combinan y evocan recuerdos o escenarios similares en la imaginación del lector, independientemente de que sean compatibles o no:

 

Mi madre nació un día de bondad
Con voces de cayenas en su casa
Y con aromas de café y de leche
Y el budare de mi abuela
Lleno de arepas

 

En el primer verso se estimula la audición del lector y lo conecta con la memoria de un tiempo ligado al Bien. El segundo verso, que es una imagen sinestésica, activa la audición (voces) y la vista (cayenas y casa). En el tercer verso, se estimula el sentido del olfato (el aroma) y la vista (el café y la leche). En el cuarto y quinto verso, se estimula la vista y evoca la presencia del budare, la abuela y las arepas. Así, el poema ofrece una forma estética de la imagen de mi madre y su contenido que muestra las evidencias materiales de ese tiempo histórico: “Un tiempo lento / Un tiempo sinuoso / Y sin futuro / Como las piedras / Y el polvo de los caminos”. Leamos la continuidad completa del poema:

 

Mi madre nació huérfana de frío
Al pie de un cerro azul y de cujíes
Donde hacían parada los arrieros
Y se velaba la muerte
Mi madre jugaba
Y se bañaba en el río
Y en su inocencia se fijaba
Un tiempo lento
Un tiempo sinuoso
Y sin futuro
Como las piedras
Y el polvo de los caminos
Mi madre se volvió canto de luz
Cuando abría sus dulces ojos al sol
Y miró un horizonte
Lleno de agua
Un horizonte de barcos
Y de gaviotas
Mi madre abrazó el tiempo
Buscó el mar
Se fue y caminó por el viejo puerto
Marcado por los lanceros
Los gritos
Y los rezos de los negros
Mi madre se volvió un laberinto
Y reposaba
Debajo de los almendros
Se dormía
En sus sueños de madre
Y despertaba
Con sus manos
Amasando la esperanza
Mi madre bella
Llenó su vientre de niñitos
Parió del uno al quince
Sin reposo
Unos tras otros
Fuimos poblando el mundo
Secando las lágrimas
De su hermoso rostro
Mi madre es mujer
De otro tiempo
Parece un hada milagrosa
Del trópico
Su bondad es leche infinita
Del cielo
Y su cobijo
Es un tesoro abierto

 

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He allí fijada la memorización a largo plazo y esencial de mi pasado como niño que creció acompañado siempre de la figura materna, tan necesaria en esa etapa de nuestro crecimiento y desarrollo orgánico bio-psico-social. He sido receptor y actor de la vida junto a mi madre, con su abigarrada memoria y el alma entregada a la sobrevivencia desde el amor, la protección y la ternura. En este poema es indudable que la imagen de mi madre ocupa la función principal y corresponde a una vivencia muy particular de mi vida real y concreta durante mi infancia junto a ella, que siempre está en mi memoria como una huella profunda.

Igualmente, en nuestra memoria y alma, está presente la figura del padre, en el mismo escenario socio-histórico-cultural; pero, en mi caso, separado del hogar y ubicado en espacios diferentes. He aquí el trazado de mi memoria y mi alma vinculada a la figura de mi padre, en el poema 26 que dice:

 

Mi padre es un hombre del siglo XX
Tan noble como la espada de Bolívar
Peregrino apóstata de sangre caribe
Y apresto guardián de la vida
Cuando le hablaba a mi madre
Yo sentía los sonidos del malecón
Y lo miraba cargado de tiempos
En su alma de apóstol inocente
Sus palabras redondas como la Luna
Deambulan silenciosas por las calles
O se cultivan en los huecos del malecón
Y renacen como los mangos y las lechosas
Los hombres y las mujeres del agua
Los hombres y las mujeres de la tierra
Las criaturas del cerro del muelle
Y del barrio La Isla
El Puerto todo es una epifanía
En su rostro de quijote caribe
Nueve hijos y muchas mujeres
Enamorado de la vida
Como si fuera un bolero
De sus hijos y sus pasiones
Con sus ojos de peregrino
Cabello gris y brazos abierto
Parecía un cantor de tiempos postreros
Abrazado a sus propios enigmas
Padre poeta de elegancia sencilla y fina
En la plenitud de su Puerto
De sus cantos y resistencia
Sus ojos se escapaban por las calles
Y corrían por el mar
Ojos de pescador prodigioso y dulce
Como las melodías de un vals
Cuando lo oigo con su voz de monje
Sus gestos y sus palabras
Recuerdo al niño en su propio rostro
Y viajo con él en su barco de tierra y aire
En su terruño de ermitaño llamado Monteamor

 

Para cerrar estas notas, quiero reiterar en dos poemas, la presencia de los horizontes imborrables en la memoria y el alma de mi Puerto Cabello, donde nací y se cultivó mi infancia. El primero es el poema 11 que contiene imágenes del paisaje urbano y natural de cuando era un niño que, junto a los amiguitos de la calle Bárbula, recorría el puerto y sus playas:

 

Regreso a mi infancia
Tan lejana y próxima
Reafirmo las calles
Y la sal eterna
Sobre mi piel
Como tela intransferible
Y solo reciclable
En la cima
De mi propia memoria
Vuelvo al mismo lugar
Donde nací
Como un pájaro
Fiel a su nido
Con la voluntad melodiosa
De carnaval y Semana Santa
Con la inocencia erguida
Desde la arena y las aguas
De Playa Blanca
De Cumboto
De Mar Azul y Gañango
De la Rosa y Quizandal
Aguas eternas de mitos
Placeres y belleza

 

El segundo texto que he seleccionado para el cierre de estas notas en torno al libro Horizontes Imborrables, es el poema 52. Es un texto que se distancia del paisaje natural de las playas y del paisaje urbano, social y familiar de la vida porteña. Con este poema, que surgió en mi memoria y mi alma como una ráfaga de episodios que determinan y cohesionan esa parte difícil del paisaje integral del Puerto donde se conjugan y mezclan lo natural de su geografía costera con lo urbano socio-histórico-cultural de su vida civil, comercial e institucional. He aquí lo que podemos llamar el poema síntesis que contiene lo que ha sido la dinámica porteña durante mis 65 años de vida:

 

Agua Sol Viento Arena Palmeras Coco
Bares Mujeres Música Cerveza Chicha Ajonjolí
Barcos Lanchas Salvavidas Costas Cerros Campos
Aguardiente Cerveza Whiski Procesión del Nazareno
Calles Autopista Tren Trajes de baño Bikini Monokini
Mercado Centro Comercial Tarantín Bodega
Policía Municipal Policía Naval Guardia Nacional
Porteñazo Bombazo Fusilazo Peinillazo Coñazo
Aeropuerto Bolipuerto Callepuerto
Casapuerto Ranchopuerto Quintapuerto
Niñopuerto Niñapuerto Mujerpuerto Hombrepuerto
Putapuerto maricopuerto sádicopuerto ladrónpuerto
Los Lanceros El Fortín Solano La Alcantarilla
Pasaron como sombras como viajeros que van en posta
Pero aquí estamos Somos y Seguimos
Tú y Yo Ellos y Nosotros Él y Ella juntos Todos y Todas

 

Christian Farías / Ciudad Valencia