Las intrincadas relaciones entre el ser humano y la naturaleza, esas pretensiones de Occidente de no querer aceptar su animalidad ni mucho menos comprender que, como afirma Galeano en alguna parte de su obra, todos derivamos de África, ha producido la ilusión teórica de que la cultura se entienda como un ámbito diferente al de la naturaleza.
Sin embargo, la vida humana depende de cómo se relaciona con otras vidas no humanas, por tanto, la cultura es una continuidad de la naturaleza, naturaleza transformada.
Cuando el ser humano abandona su estado de no conocer hacia el conocimiento del bien y del mal, cuando el lenguaje lo empieza a habitar, al parecer, hace unos doscientos mil años con el homo sapiens sapiens, quizás se tropezó con su primera forma de trabajo, su primer modo de producción, si convenimos en que el significado general de trabajo es la modificación del medio ambiente para sobrevivir.
DEL MISMO AUTOR: APUNTES GENERALES SOBRE CULTURA (5)
El ser que luego llegaría a ser humano nombró para saber y orientarse, para espantar el misterio. Y ese saber es muy probable que ya conllevara una ética particular. Estuve tentado en llamar a esta primera modificación del medio externo: cultura originaria nominativa, pero mi interés no está centrado en ofrecer un análisis ni religioso ni genético de la cultura.
Comencemos a hilar este embrollo: modificación, transformación son las palabras y las acciones claves que debemos subrayar y, al hacerlo, comprendemos que en el principio fue el verbo, sí, pero siempre como una manera de trabajar.
El psicoanálisis nos ofrece un escenario similar: brotar, emerger desde un fondo no simbólico hacia un universo signado por el lenguaje o por lo simbólico, es decir, en gran parte, por el saber y el trabajo.
El “yo” se prolonga desde el “ello”; el primero, representa al mundo de la luz, a lo conocido o susceptible de serlo; el segundo, representa al no-saber, lo no conocido o imposible de serlo; lo sin nombre.
La vida del ser humano es registrada por el lenguaje incluso antes de nacer; pero en ese registro y a través de sus relaciones con la cultura a través de las figuras paternas, algo queda no simbolizado, se crea un espacio psíquico donde el lenguaje no puede penetrar.
Esto pudiera ser visto como la conservación de lo animal en el cuerpo, pero, precisamente, el lenguaje no permite que en el ser humano habite el instinto de la misma manera de cómo lo hace en otros animales. El instinto filtrado o atravesado por el lenguaje se convierte en pulsión. Pulsión de vida y pulsión de muerte.
Freud es uno de los autores que más ha brindado elementos para comprender el sentido general de la cultura. Todas las expresiones del saber son culturales, y esto quizás sea el fundamento de toda cultura. Pudiéramos aventurarnos a decir que cultura es todo lo que puede ser nombrado o representado.
La tarea de Freud, no obstante, consistió en integrar como parte de la cultura aquello que no se puede nombrar, lo desconocido, el inconsciente.
Me gustaría que reserváramos el anterior concepto, muy general, por cierto, porque es muy probable que lo utilicemos más adelante, pero es casi imposible que dejemos de vincularlo a la acepción corriente que entiende a la cultura como todo aquello que el ser humano crea y cree (Gustavo Marín, 1983). Uno y otro ámbito se vinculan y se determinan mutuamente.
En “El malestar de la cultura”, Freud no nos ofrece un concepto ni optimista ni pesimista de cultura. Desde el punto de vista de los avances que había obtenido en su afán por comprender el alma humana, nos legó una descripción impuesta por la fuerza de los hechos, en esta descripción incluyó elementos como la prohibición y la felicidad.
La cultura, para sostenerse, prohíbe la felicidad (entendida como satisfacción de deseos) y oferta la ilusión de alcanzarla por medio de sus instituciones, principalmente, la religión.
Un aspecto de mucha importancia en Freud es que a lo largo de sus obras de tipo social (El porvenir de una ilusión, Tótem y Tabú, Psicología de las masas y el mismo Malestar…, entre otros) establece sinonimias entre la cultura y la vida psíquica, lo que significa, como lo afirma Fernando Mires (1998), en relación con lo social, que la cultura no es una entidad separada del hombre, un dato externo, objetivo, nada diferente a la vida concreta hecha del sufrimiento que consiste en querer ser feliz y no poder serlo.
Es decir, volvemos a encontrar la relación de la ética con la naturaleza a través del trabajo y del conocimiento.
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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.
Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).
Ha publicado:
En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).
En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021). (Tomado de eldienteroto.org)
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