En el gremio de los periodistas, cuando en un texto se cuela algún disparate, el autor suele atribuir su aparición a cierto duende de los talleres que se divierte jugando a su antojo, ya sea cambiando las palabras o empastelando renglones enteros.
Esa es precisamente nuestra palabra de hoy: duende. Se trata de una palabra más bien simpática, porque el duende, un espíritu travieso que supuestamente habita una casa, es bien distinto de los horribles fantasmas que nos presenta la televisión, por alguna misteriosa e inconfesable razón precisamente los domingos, al parecer destinados a infundirnos más asco que miedo.
Al origen de la palabra duende no hay que darle demasiadas vueltas: sencillamente, duende proviene de la expresión duen de casa, contracción de “dueño de la casa”, así llamado porque actúa como si fuera el propietario de la casa de la cual se ha apoderado, haciendo lo que le da su gana para que a los asustados inquilinos se les paren los pelos de punta con sus travesuras.
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Es él quien de pronto hace caer estrepitosamente las ollas en la cocina o hace que los radios y televisores se enciendan solos o bate las puertas en la alta madrugada o pone a bambolear los bombillos colgantes como si estuviera temblando la tierra.
La primera parte de la expresión que da nombre al duende, duen, es por supuesto apócope de dueño, derivado del latín dominus, señor, dueño, que el castellano tomó de la forma vulgar dominus, de donde proviene también la forma respetuosa de tratamiento don. Pero ponernos ahora a hablar de dominus y sus abundantísimos derivados sería el cuento de nunca acabar. Mejor echamos uno de duendes ¿no les parece?
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Tomado del libro “La palabra de hoy / Programa radial” (Cenal, 2014)
Autor: Aníbal Nazoa González (Caracas, 12 de septiembre de 1928 – Ibíd., 18 de agosto de 2001) poeta, periodista y humorista, considerado «uno de los escritores venezolanos que mejor retrató el siglo XX».
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