“No hay quizá días de nuestra infancia que hayamos vivido tan plenamente como aquellos que pasamos con uno de nuestros libros preferidos. Todo aquello que parecía entretener a los demás nosotros lo apartábamos como un obstáculo vulgar ante un placer divino… En la lectura la amistad es súbitamente devuelta a su pureza original. Con los libros no hay amabilidad. Esos amigos nuestros, si pasamos la noche con ellos, es realmente porque así lo deseamos. A ellos al menos no los despedimos a menudo más que a duras penas. Y cuando los hemos dejado, no tenemos ninguno de esos pensamientos que estropean la amistad; ¿Qué habrán pensado de nosotros, nos habrá faltado tacto?, ¿Les habremos caído bien?… sin olvidar el temor de que el otro nos olvide. Todas esas agitaciones vinculares expiran en el umbral de la amistad pura y calma que hallamos en la lectura. Tampoco hay deferencia; no nos reímos de lo que dice Moliere sino en la exacta medida en que nos causa gracia; cuando nos fastidia, no tenemos miedo de poner cara de aburridos, y cuando tenemos decididamente suficiente con su compañía lo volvemos a dejar en su lugar tan bruscamente como si no se tratara de un genio ni de una celebridad. La atmósfera de esta pura amistad es el silencio, más virtuoso que la palabra. Porque hablamos para los demás, pero nos callamos para nosotros mismos”.
Fin de esta oportuna cita de Marcel Proust (París 1871-1922), refiriéndose a su amorosa relación con la lectura. Proust es el autor, entre otras, de la monumental obra, En busca del tiempo perdido, y junto con Joyce, fue considerado por la crítica como uno de los novelistas europeos que más ha influido en la literatura contemporánea. Sobre la lectura publicado por Monte Ávila en 2013, es un libro delicioso al que no nos cansamos de releer y manosear. Lo “encontré” en la librería del Sur a muy bajo precio. Fue todo un hallazgo. Lamentablemente hoy nos limitamos solo a contemplar los libros porque esa política editorial del Estado de precios solidarios desapareció, y hoy recordamos con nostalgia cuando hacíamos nuestra “cola” en las plazas para recibir un ejemplar de Los Miserables o El Quijote completamente gratis.

Respecto al título del texto es importante hacer alusión al nombre del ensayo de Henry Miller, La lectura en el retrete, el cual parafraseamos, pues de entrada toca el tema que nos ocupa referido a esa curiosa relación de los libros con lo escatológico, que aunque desde siempre lo quisimos abordar fue quedando relegado en el tiempo y borroneado muchas veces, hasta que al fin nos encontramos reescribiéndolo para saldar en parte esa vieja deuda con los libros que nos han servido de compañía en el retrete, durante la evacuación. De entrada el término tiene muchos sinónimos: Inodoro, poceta, baño, sanitario, W.C., escusado o excusado, wáter, bidet, lavabo, taza de baño, toilet, aposento, meadero, letrina, mingitorio, evacuatorio, water closet, váter…
Originalmente la palabra retrete no tenía nada que ver con el escusado, solo se refería a un lugar retirado o a una persona que prefiere estar sola, retraída o retirada de los demás. Procede del catalán “retret”. Los retretes de los romanos se les llamaba letrinas. Hoy día a pesar del avance en todos los campos del saber científico, hay más de mil millones de personas en el mundo que no tienen acceso a uno de estos artefactos nombrados y se ven obligados a evacuar al aire libre. Confieso que en esta elección inusual de la elección del W.C. como sitio especial de lectura, tuvo mucho que ver mucho la relación paternal.
Mi padre solía acompañarse cada día de sus libros o periódicos preferidos cuando en horas de la mañana se enrumbaba hacia la sala de baño, donde se establecía una suerte de ritual ceremonioso interminable entre él, sus lecturas y el retrete, quedándose grabada para siempre en mi mente esa imagen que despertaba mi curiosidad de niño y que al final me resultaba tan divertida, al extremo que comencé a imitarla en la adolescencia para experimentar la sensación que producía el realizar ambas necesidades, aunque a primera vista antagónicas. Luego, después de realizar un viaje inverso en el tiempo he terminado pensando que esta experiencia placentera y a la vez escatológica terminó influyendo en mi atracción desmesurada hacia la literatura, convirtiéndome en un lector voraz de libros, revistas y periódicos, rayando en la bibliofilia. De esto último creo que tendría que echarle “la culpa” primeramente a mi padre, como afirmé al principio.

Recuerdo que en esa edad de oro de la infancia, como la nombrara Martí, él acostumbraba cada noche a contarme un cuento, supongo que extraído de Las mil y una noches y contado en el idioma árabe, otras veces en francés, cuestión que producía un murmullo agradable en mis oídos como de agua bajando suavemente por una cascada, una salmodia encantadora que me entregaba rendido a sus brazos, cual moderno Morfeo. Así fui creciendo y conociendo autores de la literatura universal. Siempre recuerdo el primer libro que papá Marouf me obsequió, un ejemplar muy bello de los Rubáiyat o cuartetas, de tapas azules, ilustrado con dibujos y caligrafía árabe, del poeta, astrónomo, gran sibarita y matemático persa del siglo XI, Omar Khayyam.
Luego, en Carúpano, mi grata experiencia a los 9 años con mi cuñado sirio, Mohammed El Halaby, llevándome todas las tardes al cine Lilma, en la calle Independencia. Allí tuve la oportunidad de ver un sinnúmero de películas que me dejaron honda huella, como Simbad el marino, Alí Babá y los 40 ladrones, Espartaco… cuentos extraídos de esa gran recopilación proveniente del Lejano Oriente y del Oriente Medio, llámese de Indochina, Persia, India, Arabia, Egipto, Siria y el norte de África, contenidos en la obra ya citada anteriormente, conocida como Las mil y una noches, narrados primeramente en árabe, durante los siglos XIII y XV de nuestra era. Ahora, a estas alturas de la vida, de nuevo tengo en mi biblioteca un ejemplar de este maravilloso libro, apreciado regalo del amigo Trujillo Rada antes de partir rumbo a España, el cual consta de un extenso prólogo de 400 páginas escritas por el literato español, Rafael Cansinos Assens (Sevilla 1882-Madrid 1964), poeta, novelista, ensayista, crítico literario, hebraísta y traductor. Fue uno de sus más grandes estudiosos. Hizo un minucioso estudio literario-crítico y lo vertió al castellano en el pasado siglo XX, el cual junto con la versión francesa del orientalista, arqueólogo y anticuario, Antoine Galland (París 1646-1715), fue una de las primeras realizadas en Occidente a comienzos del siglo XVIII, muy a la par de su contemporáneo, el cónsul inglés, escritor, orientalista y explorador, Richard Francis Burton (Inglaterra 1821-Trieste 1890), quienes han merecido el reconocimiento de los especialistas en la materia.
Es oportuno destacar que Cansinos Assens es nombrado muchas veces en sus diferentes escritos por Jorge Luis Borges y hasta le dedica un poema en su libro El otro, el mismo (1964), escritor a quien es imposible dejar de mencionar cuando nos referimos a nuestra pasión desmedida por la lectura y por la cultura árabe. Borges repetía con cierta ironía que no se jactaba de los libros que había escrito, sino de los que había leído, y con esa característica ironía arremetía contra Galland, de quien afirmaba que “palabra por palabra, la versión de Galland es la peor escrita de todas, la más embustera y la más débil, pero fue la mejor leída. Quienes intimaron con ella, conocieron la felicidad y el asombro…” Aunque inicialmente sostenía que “los más famosos y felices elogios de las 1001 Noches-el de Coleridge, el de Tomás De Quincey, el de Stendhal, el de Tennyson, el de Edgar Allan Poe, el de Newman, son de lectores de la traducción de Galland”.
Un Borges ambiguo y contradictorio, tal como siempre le conocimos. Aquí creemos oportuno referir algunas palabras de cierre con un breve comentario de Henry Miller sobre La lectura en el retrete, obra que ya citamos al comienzo del texto y que recomendamos leer: “Hay un tema relacionado con la lectura de libros que creo vale la pena desarrollar porque implica un hábito que es muy generalizado y sobre el cual, que yo sepa, muy poco se ha escrito: me refiero a la lectura en el retrete. Siendo joven, en busca de un lugar seguro donde devorar los clásicos prohibidos, a veces acudía a refugiarme en el cuarto de baño…Por lo que he podido establecer mediante conversaciones con amigos íntimos, la mayoría de las lecturas que se hacen en el retrete es lectura inútil. Los periódicos, las revistas gráficas, las novelas policíacas y de aventuras, y todos los cabos sueltos de la literatura, es lo que la gente lleva al baño para leer. Algunos, según me dicen, tienen estantes con libros en el cuarto de baño. Su material de lectura los espera, por así decirlo, como los espera en el consultorio del dentista…Incluso en el retrete, donde uno creería innecesario hacer algo, pensar algo, donde por lo menos una vez al día uno se encuentra a solas con uno mismo y todo lo que suceda sucede automáticamente, hasta ese momento de gloria, porque es en realidad un tipo de gloria menor, debe ser interrumpido mediante la concentración en el material impreso.
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Creo que cada cual tiene su tipo de lectura preferida para la intimidad del excusado. Algunos navegan por largas novelas; otros, en cambio, solo leen la hojarasca más superficial. Algunos, no cabe la menor duda, simplemente vuelven las páginas y sueñan. ¿Cómo son los sueños que sueñan? Nos preguntamos. ¿De qué se tiñen sus sueños?…Tengo la certeza que ningún escritor, ni siquiera muerto, se sentiría halagado si alguien asociara su obra con el sistema de cloacas. Ni siquiera las obras escatológicas se gozan al máximo en el excusado. Habrá que ser un auténtico coprófilo para explotar al máximo una situación así…” ¡Jajajajajaj! Un Henry Miller tan ambiguo y contradictorio como Borges. (Continuará). ¡Salud, Poetas!
Mohamed Abí Hassan / Ciudad Valencia











