Durante muchos años alimenté la mala costumbre de interesarme por aquellos poetas, fuesen hombres o mujeres, cuya estructura del poema estuviese edificada en versos fuertes, líneas que estuviesen soportándose unas a otras en una escalera de palabras que solo sirven para bajar hasta caer en una verdad; esta caída, se entiende, sucede en la percepción del lector, está más allá del poema y, en muchos casos, de la intención del poeta. Así me causaron asombros Teófilo Tortolero, Olga Orozco, Luis Alberto Crespo y Yorgos Séferis, entre muchos otros.
Salvo algunas excepciones, los poemas fluctuaban y muchos se sostenían sobre sí mismos, sin perder tiempo, cada imagen mejor que la anterior, pero otros tenían matices, eran híbridos entre la fuerza y la debilidad, lo cual hoy considero casi como una virtud y no como defecto.

En ese camino me tropecé un día cualquiera con el El Dios de la Dunas (El Perro y la rana, 2005) de Wafi Salih. Cada poema contiene un delirio que corta, un desgarramiento de espejos, una caja de imágenes. Entonces me dije (sin descalificar a ningún poeta), al fin, un libro cuchillo, un poemario que no descansa en ninguna página y, mucho mejor aún, en ningún verso: «Dos urnas arrastra la noche hacia la luz depuesta. /No nace poesía del laberinto pétreo del llanto /ni el aire de los muertos nutre la saliva de la atmósfera /en la sangre…». El libro se encadena y se libera a sí mismo, rompe imágenes y las vuelve a tejer, procurando denuncias y justicias, alzando altares en desiertos destruidos.
Olga Orozco, sin duda, llevó sus poemas al nivel de lo insólito; sus indagaciones de angustias y celebraciones, sus modos de contemplar lo efímero y exterminar el silencio, esos meses que colocó de revés hasta que le dolieran las manos; fue una tarea de gran valor literario; sin embargo, sus larguísimos poemas me la alejan del corazón, y tal vez, solo tal vez, padeció de un desbordamiento de creatividad escritural que casi no pudo impedir.
A Wafi la sentí más controlada y con versos más llenos de lo terrenal, más consoladores de lo trágico, sin perder por ello los elementos que nos estragan la existencia. No obstante, es Olga Orozco quien expresa lo que ocurre con el poema cuchillo de imágenes. En Pavana para una infanta difunta, dice: «¡Ah los estragos de la poesía cortándote las venas con el filo del alba, y esos labios exangües sorbiendo los venenos en la inanidad de la palabra! /Y de pronto no hay más. /Se rompieron los frascos. /Se astillaron las luces y los lápices. /Se desgarró el papel con la desgarradura que te desliza en otro laberinto…». Me parece ver a Wafi Salih ejecutando esos naufragios en el acto mismo de escribir.
En su largo recorrido por los géneros literarios, Wafi Salih solo tiene una meta, la calidad literaria. La escritura en ella es un placer y un problema, porque sus manos se han adiestrado en el arte de cincelar versos y argumentos. Lo superficial no tiene cabida en sus textos. Así lo demuestra en cada uno de sus libros que se pasean por la poesía, el cuento, el teatro y el ensayo. Es una incansable labradora de palabras. Y comparte este esmero y esta disciplina con la escritura de prólogos y reseñas a escritores y poetas que tengan o no trayectoria. Tengo el privilegio y el honor de ser uno de esos escritores.
Si bien es cierto que Wafi Salih sostiene las imágenes fuertes en un poema largo; en el otro extremo de su poesía logra una casi absoluta maestría en el poema corto, no solo en los haikú (que debería denominarse “Waikú”, ya que ella los ha moldeado a sus búsquedas), sino en todos sus poemas breves.
El poema breve manifiesta, con más intensidad que los largos, el enigma del tiempo y el desenvolvimiento del poeta en ese tiempo y en un espacio determinado. Si consideramos que la esencia del tiempo es no detenerse, podemos apreciar que la mayoría de las obras artísticas buscan alcanzar lo contrario: detenerlo, atraparlo, así la fotografía, la pintura, el cine, las esculturas, la escritura…

Dentro del flujo del tiempo, el instante no existe, es el hombre y sus múltiples intentos de intervenirlo, quien crea el instante, para ello utiliza los medios que ha tenido a su alcance; en el campo de la escritura, es el poema el que mejor captura ese pedazo de tiempo y lo muestra, obvio, transformado, ni modo, si el tiempo es escurridizo el lenguaje también lo es. Y dentro del poema, el corto es mucho más eficaz en esta cacería o en esta fragmentación del tiempo; así, en Consonantes de agua (2018): «Caen lentas /sobre la tumba de mi padre /las flores del sauce». Silencioso vestido para la muerte. ¿Llovizna del cementerio para recibir el cuerpo? Es un instante que al caer en las palabras siempre mantendrá el movimiento que le dio vida. Por tanto, es más que una foto, esta busca la detención de la imagen, se podrán ver las flores caídas o cayendo, enyesadas en el aire; pero en el poema siempre estarán cayendo lentas.
Pero no todo es realidad material, eso que se puede tocar y se envuelve en una emoción, también una imagen surgida de la intención de radiografiar una sensación, un dolor… cobra existencia en los versos: «Solo atrapa /el frío de esta noche /mi mano abierta». La soledad brota, el abandono queda en expectativa, la nada que somos, el frío de adentro cuando sabemos que todo muere.
El poema muestra el pasado como presente, decía, si mal no recuerdo, Jorge Luis Borges, esa es la transformación básica sobre la cual se posan las que puedan realizar los lectores. Esto forma parte de la carga de conciencia que se tiene en tensión al momento de escribir un poema. Sin embargo, en ese instante que también pasa, pero sentimos que se estanca, es el paisaje, el espacio, lo que no está presente, es lo que se evoca, lo que regresa como producto de la memoria: «Junto al camino /una enorme piedra /detrás de una rosa».
No hago nada explicando lo que ya se ha explicado hasta el cansancio en el poema breve, tipo haikú, los contrastes entre elementos, lo suave y lo rugoso, lo oscuro y lo claro, lo pequeño y lo grande, lo solemne y lo absurdo. En el poema anterior, es la fuerza, lo inmenso, contrastando con la fragilidad, lo diminuto. Todo ello tiene múltiples lecturas, así cómo muchas interrogantes.
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Pero lo que aquí nos convoca es cómo la poeta conjura la aparición de un paisaje para transmitir una imagen que a la vez pueda generar significados; también podría leerse solo la imagen sin que exista un más allá; es decir, contemplar la belleza allí presente tal como pudiera verse el paisaje que le dio origen.
En fin, la finalidad de este artículo es subrayar la indiscutible calidad artística de la poeta y escritora Wafi Salih, invitarlos a buscar su obra y degustarla. Resaltar su delicada y profunda manera de labrar los versos, de invitarnos al ritual de todos sus credos. Ella vive alerta a la pregunta y a la sospecha. Ella traza rayas en fronteras abiertas donde reclama para sí la oculta intención de los abismos que yacen en el lenguaje, y nos lo muestra con tanta sencillez, que no nos percatamos de que esos abismos, como bestias, ya han sido domesticados.
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Arnaldo Jiménez nació en La Guaira en 1963 y reside en Puerto Cabello desde 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo (UC). Maestro de aula desde el 1991. Actualmente, es miembro del equipo de redacción de la Revista Internacional de Poesía y Teoría Poética: “Poesía” del Departamento de Literatura de la Dirección de Cultura de la UC, así como de la revista de narrativa Zona Tórrida de la UC.
Entre otros reconocimientos ha recibido el Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefania Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015).
Ha publicado:
En poesía: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012).
En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021).
(Tomado de eldienteroto.org)
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