El miedo no es un grito. A menudo es un silencio que se estira, una grieta en la pared que ayer no estaba. Escribir sobre él no es un ejercicio de estilo ni un alarde de la imaginación; es un acto de supervivencia y, sobre todo, de escucha. En estos noventa y nueve microrrelatos que he reunido bajo el título de Miedo y que presento en la Filven 2026, no busqué el susto fácil ni la pirotecnia del horror que se desvanece al cerrar el libro. Busqué el rastro de la sombra sobre el plato vacío, el eco de lo que fuimos en los pasillos de una casa que ya no nos reconoce.
Este libro no nació en la soledad absoluta de mi escritorio. Es el sedimento de las voces de otros. Cincuenta y cinco personas se acercaron a mí y me entregaron lo más sagrado y frágil que poseían: sus propios temores. Me contaron la oscuridad que los habita. Yo, como un sastre de lo invisible, tomé esos testimonios, esas dudas y esos escalofríos, y los transformé en literatura. Inspirado en esos miedos ajenos que terminaron siendo también los míos, escribí cada página buscando que el lector se encuentre allí, en la vulnerabilidad compartida.
La brevedad es una forma de honestidad. En el espacio mínimo de una página, el temor se vuelve esencial. No hay lugar para el adorno. He querido que estas piezas sean como agujas: finas, precisas, capaces de atravesar la piel de la cotidianidad. Aquí, los objetos inanimados cobran una vida hostil y la soledad no es la ausencia de otros, sino la presencia de algo que no sabemos nombrar. Es una cartografía emocional donde el temor se manifiesta como un habitante cotidiano, una sombra o un eco del pasado.
Reconocerse vulnerable es, quizás, la única forma de ser verdaderamente humano. Mis palabras no pretenden ser un manual para la cura, sino un mapa de lo invisible. Al transformar el horror en lenguaje, le quitamos su poder de parálisis. Escribir es nombrar al fantasma para que, al menos, sepa que lo estamos mirando. Es un acto de valentía colectiva necesario para comprender nuestra propia naturaleza.

El eco del miedo en otras voces
El miedo ha sido el gran motor de la literatura. No como debilidad, sino como espejo. Aquí cómo algunos autores lo han cercado con sus plumas:
H.P. Lovecraft El miedo es la emoción más antigua, y el miedo más profundo es a lo desconocido, a lo que habita fuera de nuestra lógica.
Edgar Allan Poe No reside en lo externo, sino en la psicología propia; es el terror del alma, la claustrofobia de la propia mente.
Guy de Maupassant Es un fenómeno físico, una invasión del cuerpo donde la razón se rinde ante lo invisible que nos acecha.
Jorge Luis Borges Se manifiesta como el laberinto o el doble; el temor de perderse en uno mismo o en el tiempo infinito.
Publicar esta obra es invitarles a caminar por esa orilla donde la prosa se vuelve verso y el verso se vuelve escalofrío. Porque al final, nombrar nuestro miedo, y el de los otros, es el primer paso para dejar de ser sus esclavos.
Es fascinante cómo el miedo, siendo una emoción diseñada para la supervivencia, se convierte en una de nuestras mayores fuentes de entretenimiento. Como médico y escritor, me resulta imposible no ver esta dualidad: el cuerpo que tiembla y la mente que disfruta.
¿Qué es el miedo?
Desde el punto de vista biológico, el miedo es un mecanismo de defensa ancestral. Cuando el cerebro detecta una amenaza, la amígdala activa una respuesta de «lucha o huida». Esto desencadena una cascada química: el corazón late más rápido, la respiración se acelera y los músculos se tensan.
Es una señal de alerta que nos dice: «Algo no está bien, prepárate».
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¿Por qué nos gusta «asustarnos»?
Parece una contradicción: ¿por qué pagar por algo que nos hace sufrir? La clave está en lo que los psicólogos llaman «Transferencia de Excitación» y el concepto de «Miedo Seguro»:
El cóctel químico: Cuando nos asustamos, el cuerpo libera adrenalina, noradrenalina y dopamina. Esta última es la hormona del placer. Si el cerebro sabe que no hay un peligro real (porque estás en el cine o leyendo en tu cama), puedes disfrutar del «subidón» de energía sin el riesgo de morir. Es una euforia biológica.
La catarsis final: Al terminar la película o el libro, ocurre una relajación profunda. El alivio que sentimos al saber que estamos a salvo es inmensamente placentero.
El placer de la ficción de terror
Más allá de la química, hay razones psicológicas y narrativas:
El control de lo incontrolable: En la vida real, el miedo es caótico. En un libro como Miedo, el terror tiene un inicio, un nudo y un desenlace. Nos da la sensación de que podemos «domar» a nuestros monstruos.
Curiosidad por lo prohibido: El horror nos permite explorar los rincones oscuros de la condición humana (la muerte, la locura, lo sobrenatural) desde una distancia prudencial.
Identidad colectiva: Como menciono en mi columna, el miedo es un puente. Ver una película de terror con alguien o compartir relatos de horror nos une; es una experiencia de vulnerabilidad compartida que refuerza los lazos sociales.
«El miedo es el más sabio de los consejeros, pero un terrible amo». Al leer o ver terror, jugamos a ser los amos de ese consejero por un rato.
Como autor de noventa y nueve microrrelatos de terror, creo que nos gusta asustarnos porque es la forma más intensa de recordar que estamos vivos.
Comentemos entonces de uno de los miedos más profundos que exploramos en Miedo: el miedo a la soledad, pero no cualquier soledad, sino esa que se filtra en lo cotidiano, la que yo llamo «la soledad del espejo».
En varios de mis microrrelatos, inspirados por esos testimonios que recibí, la soledad no es simplemente estar solo en una habitación. Es el temor a que, si dejamos de ser observados por otros, dejemos de existir.
La Soledad como Desvanecimiento
Imagina un cuento breve: un hombre se despierta y nota que los objetos de su casa han perdido el color. No es que haya poca luz; es que el mundo se está destiñendo porque no hay nadie más para darle significado.
Desde la psicología: Este es el miedo al aislamiento social y existencial. Los humanos somos seres relacionales; necesitamos el reflejo en el otro para confirmar nuestra identidad.
En el libro: Utilizo espacios claustrofóbicos para amplificar esto. Cuando los muros se cierran, el silencio no es paz, es un peso que aplasta. El miedo aquí no es a un monstruo bajo la cama, sino a que la cama sea lo único que queda de nuestro universo.
¿Por qué nos atrae leer sobre esto?
Leer sobre la soledad radical nos permite ensayar la pérdida. Es una forma de catarsis: al cerrar el libro y ver que nuestra familia está en la sala o que el teléfono suena, sentimos un alivio biológico. Hemos «sobrevivido» a la desaparición del yo a través de la lectura.
El miedo a lo desconocido (Lo Innombrable)
A diferencia de la soledad, lo desconocido es un miedo proyectivo. En mis relatos, lo que no se ve es más aterrador que lo que se muestra.
La técnica: Si te digo que hay un monstruo de tres ojos, tu mente lo dibuja y le pone límites. Pero si te digo que algo está respirando detrás de la puerta y que ese algo conoce tu nombre, tu propia mente crea el horror más perfecto para ti.
Como médico, sé que el cuerpo reacciona igual ante una amenaza real que ante una imaginaria. Como escritor, aprovecho esa respuesta para que el lector se sienta, por un instante, en la frontera de lo imposible.
El Invitado de Vidrio
Entré en la casa y el silencio no era una ausencia, era un peso. Me senté frente al espejo del pasillo, ese que heredé de una tía que murió pronunciando un nombre que nadie conocía. Por un segundo, mi reflejo tardó en sentarse. Fue un parpadeo, una fracción de tiempo donde mi imagen se quedó de pie, mirándome con una lástima infinita. Intenté levantarme, pero mis manos en el cristal no se movieron. Comprendí, con el frío subiendo por mis tobillos, que el que estaba afuera era el intruso. Mi reflejo sonrió, se ajustó mi chaqueta y caminó hacia la cocina a prepararse un café, dejándome allí, atrapado en el azogue, siendo ahora yo el miedo de alguien más.
JLTB
Doña Ernestina desde Boconó
Miedo, miedo
apártate de mi lado
si no te apartas por mí por mis culpas y pecados
apártate por María y Jesús crucificado. (X 3 veces)
(Oración de mi abuela Ernestina Barazarte, me la enseñó en 1961 cuando yo tenía 10 años)
Para escribir sobre el miedo más grande hay que bajar al sótano del lenguaje, allí donde las palabras ya no sirven para nombrar, sino para herir. Siempre hemos sabido que el miedo no es un lobo, sino un jardín de ceniza donde una niña se queda muda.
Aquí estos versos, escritos desde esa orilla:
El oficio de la sombra
El miedo es una caja de música
donde solo suena
el crujido de mis huesos.
no es la noche,
es el sol que alumbra
lo que ya no está.
alguien llamó a la puerta
y yo era la puerta,
y yo era el vacío detrás de la llave.
el miedo más grande
no tiene nombre,
es un espejo que me mira
con los ojos de un extraño
que olvidó cómo decir
mío.
Una pequeña muerte de papel
en el centro de la voz.
JLTB
“El miedo, como decía Pizarnik, es ese lugar donde todo sucede y nada se recuerda. Es la pérdida de la identidad, el silencio que se vuelve sólido”.
Epílogo: La Elección de la Mirada
En última instancia, la psicología y la espiritualidad convergen en una verdad desnuda: solo existen dos emociones primordiales, el amor o el miedo. Como bien ha sostenido el psiquiatra Gerald Jampolsky, en cada instante de nuestra existencia, nosotros elegimos desde cuál de estas dos fuerzas mirar la vida.
Esta dicotomía propone que todo lo que sentimos es, en esencia, una derivación de estos dos polos:
- El Amor: Es la apertura, la expansión y la práctica activa de la conexión. Es el motor que facilita el crecimiento y nos permite ver al otro.
- El Miedo: Es la restricción, la contracción y la reacción instintiva. Es el muro que bloquea nuestro potencial y nos encierra en la supervivencia.
No se pueden habitar ambos estados con la misma intensidad al mismo tiempo. O vibramos en la frecuencia del amor, o nos dejamos consumir por la vibración del miedo. Escribir estos noventa y nueve microrrelatos ha sido mi forma de mirar al miedo a los ojos, no para quedarme en él, sino para elegir, con plena consciencia, el camino de regreso hacia la luz.
Si me escribes pidiendo el libro en pdf, gratuito, te lo mandare, sin ningún costo, solo para compartir esos miedos de “55 gentes”, y tal vez solo te pida que me cuentes tu miedo, quizás podamos escribir una historia de susto, juntos, y compartir ese maravilloso miedo que escondes…
Por WhatsApp: + 58 412 844 7216 o + 58 412 918 64 33
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José Luis Troconis Barazarte: El sembrador de lenguajes
Artista, ceramista, narrador y docente, José Luis Troconis Barazarte ha hecho de la interdisciplina su firma. Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca y la Bircham International University, con maestría en Artes Visuales y Escénicas (Strayer College, D.C.), su rigor académico se funde con la pasión de quien vive el arte como destino.
Su huella institucional destaca como exdirector de Cultura de la Universidad Arturo Michelena y coordinador en la Alianza Francesa de Valencia. Al frente de CEINFOLEIM, convierte la enseñanza de siete idiomas, la música y la literatura en un rito de creación permanente, impulsando movimientos de vanguardia como Cacao Tekisuto y Talicre. En este diario, Ciudad Valencia, da vida semanalmente a su columna «Ciudad en Verso y Prosa«, un espacio que define su presente creativo.
Reconocido con la Bienal Internacional Vicente Gerbasi (2017) y distinguido en Atenas como Mejor Escritor del Año 2024-2025 por el Ministerio de Cultura de Grecia, su obra honra una herencia mediterránea que trasciende fronteras. Autor de títulos como Empáticos, Cartas a la Soledad y El Evangelio de Caperucita, prepara para este 2026 una ambiciosa serie editorial que incluye Yo sí creo en Dios, Om Seti y Lilith.
Médico internista, intérprete de lengua de señas, pianista y director coral, Troconis entiende la sanación y el arte como un mismo gesto de revelación.
“Escribe como quien borda: con barro en los pies, cielo en la lengua y fuego en la voz. Es el poeta que escucha lo que otros callan y traduce el silencio en tinta viva.”
Antonio V. Díaz B.
Ciudad Valencia/RM










