«El santo no es el que no sufre,
sino el que hace del sufrimiento del otro su único oficio.»
Simone Weil *
La enfermedad es un territorio mudo. Uno se queda allí, estancado entre las sábanas, viendo cómo el tiempo se vuelve una mancha espesa en el techo. No es la fiebre lo que agota; es ese peso, ese dolor de todo que parece que a uno lo estuvieran desarmando por dentro, pieza por pieza, sin prisa. Una gripe que no termina de estallar, un malestar que se queda a vivir en la nuca y nos quita el nombre.
Pero en medio de ese pantano, ocurre lo impensable.
Mi hermano. Él también está roto. Lo veo caminar y sé que le duele el aire, que tiene la misma pesadez en los huesos que yo, el mismo cansancio que no se quita con cerrar los ojos. Y sin embargo, ha decidido que su dolor no importa. Se ha dedicado a curarme con una terquedad que asusta.
Lo miro y me pregunto de dónde saca la luz un hombre que está a oscuras por dentro. No duerme, o duerme ese rastro apenas visible que deja el cansancio extremo. Se levanta, cocina, se va al trabajo, cumpliendo con la ciudad, con la vida, y vuelve para seguir cocinando, para estar ahí, para vigilar mi respiración mientras la suya propia le cuesta.
Hay gente así. No encuentro otra palabra, Un Santo.
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El milagro cotidiano
Dicen por ahí, en esos dichos que a veces guardan más verdad que los libros, que Dios no podía estar en todas partes y por eso inventó a las madres. Es una idea hermosa, casi lógica. Pero yo me atrevería a decir que, después de las madres y de las amigas que son refugio, Dios se tomó un momento extra para inventar a mi hermano.
Es un milagro raro, de esos que no salen en las noticias ni se celebran en las plazas de Valencia. Es el milagro de la entrega absoluta en medio de la propia fragilidad. Sé que hay otros así, perdidos en las esquinas de esta ciudad, seres extraños que prefieren el bienestar ajeno antes que el alivio propio. Son pocos, bajitos de voz, pero están ahí, sosteniendo el mundo para que no se nos caiga encima cuando estamos débiles.
El rastro
El cuerpo pesa
como una piedra que alguien
olvidó en el camino
no hay fiebre
solo este frío de siglos
en la mitad del pecho
pero él se levanta
con el mismo dolor a cuestas
y hace el café
y limpia el aire
él
que es el mismo espejo de mi herida
ha decidido ser el agua
no sé qué nombre darle
a quien no duerme por velar mi sombra
a quien cocina con las manos temblando
acaso santo
acaso hermano
acaso esa parte de Dios
que se quedó a vivir
en esta casa.
La ciudad sigue afuera su ritmo frenético, pero aquí adentro, en el silencio de la recuperación, entiendo que la verdadera medicina no viene en frascos. Viene en la mano que trae el plato de sopa, en el que se queda despierto cuando el cuerpo pide a gritos cerrarlo todo.
Mi hermano. Seguro que Dios, en un descuido de bondad, lo inventó solo para recordarme que todavía existe lo sagrado en lo cotidiano.
Aquel abril (Cuento)
La peste de los huesos molidos entró en la casa sin pedir permiso, instalándose en las sienes de los dos hermanos con la misma tenacidad de la hiedra. Era un malestar sin fuego, una pesadez de naufragio que convertía las sábanas en lodo y el aire en un vapor de ceniza. El mayor, hundido en el estupor de la cama, veía al menor moverse por el cuarto como una aparición de cera, cargando con el mismo dolor de cuerpo y la misma palidez de muerto, pero sostenido por un hilo invisible de voluntad.
El hermano menor no sabía que en sus manos, endurecidas por el trabajo y ahora trémulas por el malestar, habitaba un secreto que la lógica de los hombres no alcanzaba a descifrar. Cada vez que acercaba un vaso de agua o ajustaba las mantas del enfermo, un resplandor de luciérnagas apagadas parecía brotar de sus dedos. Era una magia primaria, una fuerza que no venía de los libros ni de las boticas, sino de un rincón del alma que solo se activaba con el combustible de la entrega. Sin sospecharlo, mientras revolvía caldos que sabían a selva y a consuelo, estaba tejiendo una red de milagros cotidianos para salvar a su hermano de la deriva.
Es un misterio de la sangre, pensaba el mayor, viendo cómo el otro se marchaba al trabajo con los ojos encendidos por una lucidez que no era de este mundo, para volver luego a cocinar y a velar un sueño que él mismo no probaba.
Lo que el hermano menor ignoraba, mientras se desvivía en aquel apostolado de la paciencia, era que se estaba produciendo un prodigio de espejos. Pues en cada gesto de piedad que dedicaba al enfermo, en cada minuto de sueño sacrificado para espantar las sombras de la habitación, una mano mucho más grande y antigua le devolvía el aliento. Era como si Dios, conmovido por aquel santo doméstico que no reclamaba altares, hubiera decidido encargarse personalmente de sus pulmones y de su fatiga.
Así, en el silencio de las madrugadas de la ciudad, se cumplía una alianza secreta: mientras el hermano menor curaba al mayor con una magia que le brotaba del pecho como una fuente, Dios se quedaba sentado a los pies de su cama invisible, sosteniéndole la espalda y remendándole las fuerzas, para que el amor no se quedara sin obrero en aquella casa de hombres heridos. Al final, cuando la peste se retiró avergonzada, ninguno de los dos supo quién había salvado a quién, porque en ese intercambio de cuidados la magia del cielo y la de la tierra se habían vuelto una misma cosa.
José Luis Troconis Barazarte
Nota: (*)
Se llamaba Simone Weil y fue, sin que me quede nada por dentro, una de las mentes más brillantes y conmovidas del siglo pasado. Lo que más les va a impresionar de ella no es solo lo que escribió, sino que vivió exactamente como pensaba, con una coherencia que hasta da escalofríos.
Imagínense esto, ella venía de una familia intelectual en París, tenía la vida resuelta, pero sentía que no podía hablar de la condición humana desde la comodidad de un escritorio. Así que, aunque tenía una salud de cristal y sufría de unas migrañas espantosas, dejó su cátedra de filosofía y se metió a trabajar como obrera en las fábricas de Renault. Quería que su filosofía no fuera teoría, sino verdad vivida en su propio cuerpo, sintiendo el mismo cansancio y la misma humillación que cualquier trabajador.
Pero lo más hermoso es cómo entendía ella el amor. Para Simone, el amor no era algo romántico o vago, ella les diría que es un «trabajo». Desarrolló toda una mística basada en la atención. Decía que la forma más pura de generosidad que existe es, simplemente, ser capaces de prestarle atención a alguien que sufre. Es ese oficio de estar presentes para el otro, justo como lo que han vivido con este hermano suyo, que dejó de lado su propio malestar para ocuparse del de ustedes.
Y fíjense cómo terminó su vida, porque es de una entrega que no admite dudas. Murió muy joven, apenas a los 34 años, en plena Segunda Guerra Mundial. Estaba en Inglaterra y, como un acto de solidaridad absoluta, se negó a comer más de lo que comían sus compatriotas en la Francia ocupada por los nazis. Su cuerpo, que ya estaba muy débil, no resistió. Murió, literalmente, por no querer estar mejor que los demás.
Era una mujer que creía que uno debía ser como el chocolate, para que los otros pudieran alimentarse de uno. Por eso esa frase de que el santo es quien hace del sufrimiento del otro su único oficio les explica tan bien lo que acaba de pasar en su casa.
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José Luis Troconis Barazarte: El sembrador de lenguajes
Artista, ceramista, narrador y docente, José Luis Troconis Barazarte ha hecho de la interdisciplina su firma. Doctor en Historia del Arte por la Universidad de Salamanca y la Bircham International University, con maestría en Artes Visuales y Escénicas (Strayer College, D.C.), su rigor académico se funde con la pasión de quien vive el arte como destino.
Su huella institucional destaca como exdirector de Cultura de la Universidad Arturo Michelena y coordinador en la Alianza Francesa de Valencia. Al frente de CEINFOLEIM, convierte la enseñanza de siete idiomas, la música y la literatura en un rito de creación permanente, impulsando movimientos de vanguardia como Cacao Tekisuto y Talicre. En este diario, Ciudad Valencia, da vida semanalmente a su columna «Ciudad en Verso y Prosa«, un espacio que define su presente creativo.
Reconocido con la Bienal Internacional Vicente Gerbasi (2017) y distinguido en Atenas como Mejor Escritor del Año 2024-2025 por el Ministerio de Cultura de Grecia, su obra honra una herencia mediterránea que trasciende fronteras. Autor de títulos como Empáticos, Cartas a la Soledad y El Evangelio de Caperucita, prepara para este 2026 una ambiciosa serie editorial que incluye Yo sí creo en Dios, Om Seti y Lilith.
Médico internista, intérprete de lengua de señas, pianista y director coral, Troconis entiende la sanación y el arte como un mismo gesto de revelación.
“Escribe como quien borda: con barro en los pies, cielo en la lengua y fuego en la voz. Es el poeta que escucha lo que otros callan y traduce el silencio en tinta viva.”
Antonio V. Díaz B.
Ciudad Valencia/RM













