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Desde la mirada de la educación en patrimonio cultural que transmite, documenta, promociona y enriquece, hablaré del municipio Cruz Paredes, estado Barinas y sus elementos asociados, declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), según Providencia Administrativa N° 003/05 del 20-02-2005, Gaceta Oficial N° 38.234 del 22-07-2005. Toda vez, como Portadora Patrimonial de la Nación (Gaceta Oficial N° 43.127 del 14-05-2025).

 

Origen, hidrografía y riqueza económica

Hay tierras cuya historia no se escribe simplemente con fechas, sino con la persistencia inquebrantable de su gente, y el municipio Cruz Paredes es un testimonio vivo de ese temple barinés. Para internarnos en sus raíces debemos remontarnos a los albores del siglo XVIII, hacia 1719, cuando los primeros pobladores descendieron de Guanare y de la antigua Barinas buscando refugio y porvenir en estos parajes. No fue un camino fácil; la historia guarda el eco de 1738, cuando mandatos judiciales arbitrarios intentaron borrar del mapa a los incipientes caseríos de Barrancas, Caipe, El Tigre y La Yuca, derrumbando sus casas para forzar el retorno de las familias. Sin embargo, la voluntad de arraigo fue más fuerte que cualquier decreto. Años más tarde, en 1772, el Obispo Mariano Martí registraría la emancipación espiritual de Barrancas al desmembrarse de la Parroquia de Obispos, afianzándose sobre un relieve sereno y elevado, estratégicamente resguardado de las furias invernales y de las crecidas históricas que suelen transformar la geografía llanera.

El devenir de esta geografía sabanera alcanzó su madurez institucional un 15 de diciembre de 1991, momento en que la Asamblea Legislativa del estado Barinas consagró su anhelada autonomía municipal, dándole un nombre propio y un destino soberano en el mapa regional. Pero Cruz Paredes es, ante todo, un monumental santuario hídrico donde la naturaleza se derrama con generosidad desbordante. Enmarcado casi en su totalidad dentro de las zonas protectoras que alimentan las cuencas de los ríos Guanare, Masparro, Boconó, Tucupido, Calderas y La Yuca, su suelo vibra al compás de doce caudalosas quebradas y vertientes. Desde la parte media inferior de la cuenca del río Santo Domingo hasta los pintorescos causes de La Virgen, El Toro, Las Maravillas, Socó y las húmedas entrañas de La Ciénaga, cada hilo de agua teje un tapiz de fertilidad inagotable, irrigando con frescura perenne la entraña misma de esta bendecida tierra barinesa.

Esa prodigiosa riqueza natural se traduce en la pulsación viva de su economía, donde el sudor del campesino transforma el surco fértil en un festín incesante de frutos, musáceas, granos y hortalizas que abastecen la mesa venezolana. En sus potreros y colinas, el horizonte se llena con el paso firme de la ganadería vacuna, caballar y mular, símbolo inconfundible de la hidalguía y el trabajo llanero en las labores de ceba y cría. Coronando este paisaje vegetal, se alza majestuosa una reserva maderera de belleza imponente: los ramajes señoriales de la caoba, el pardillo, la teca, el eucalipto, el saqui-saqui y el inolvidable samán, cuyos follajes no solo brindan cobijo al caminante, sino que custodian con dignidad el equilibrio ecológico y la riqueza de un municipio que late con alma viva en el corazón de Barinas.

 

DE LA MISMA AUTORA: MUNICIPIO EZEQUIEL ZAMORA: ESTADO BARINAS

 

El héroe y la fe de un pueblo

En el corazón de Barrancas, esculpido sobre la dignidad del bronce y la piedra revestida, la mirada inmortal del General en Jefe José de la Cruz Paredes custodia con altivez el destino del municipio que con tanto honor lleva su nombre. Nacido bajo el cálido sol de la Ciudad de Nutrias el 3 de mayo de 1797, este ilustre prócer barinés vistió de gala la causa libertadora, portando la lealtad inquebrantable y la magnanimidad como las divisas más sagradas de su vida hasta su postrer aliento en Cartagena de Indias. Su figura, erigida con uniforme militar de gala y medallas al pecho, no solo recuerda el coraje de las gestas independentistas, sino que inspira a una comunidad que reconoce en sus virtudes el cimiento moral de su propia identidad.

Pero la memoria de este pueblo noble no solo habita en la marcialidad de los monumentos, sino también en los cimientos sagrados que cobijaron la fe y el esfuerzo de sus primeros pobladores. Fue entre los años 1934 y 1936 cuando la devoción popular, impulsada por la determinación de Nemecio Palacio Lozano, levantó en Barrancas la primera capilla de barro en honor a San Isidro Labrador. Durante años, la comunidad creció sin la presencia fija de un sacerdote, siendo asistida espiritualmente por los párrocos de Obispos y Sabaneta, hasta que el paso del tiempo y el fervor de su gente exigieron un templo mayor. Así, tras inaugurar un altar tallado en madera en 1957 y bendecir el nuevo templo en 1973, la antigua iglesia colonial fue demolida con amor en 1980 por petición de los jóvenes locales para erigir allí la Casa de la Cultura, transformando el viejo espacio de oración en un faro eterno para el arte, la tradición y el saber popular.

Ese mismo espíritu de perseverancia renació hacia el noroeste en 1963, cuando Honorio Montilla, Rufino Terán y Arnulfo Jáuregui fundaron el caserío Socó II al amparo de tierras fértiles y fuentes de agua viva. Allí, donde los majestuosos árboles madereros como la caoba, el roble y el samán abrazan el paisaje, la vida cotidiana transcurre en un hermoso diálogo entre el progreso y la nostalgia: entre el humo sabroso de los fogones de leña, el candor de las lámparas de kerosén, los pilones de madera y la fe alegre vertida cada mes de mayo en los velorios a San Benito de Palermo. A la par de este arraigo cultural, la infraestructura del municipio dio un salto histórico en 1998 con la construcción del Puente Socó I, una estructura de dieciocho metros que puso fin a décadas de aislamiento en época de lluvias, cuando los pobladores debían arriesgar sus vidas y cosechas cruzando a lomo de mula, abriendo definitivamente los caminos de la prosperidad y la unión entre sus caseríos.

 

El arte de las manos y el sabor de la mesa

Hay una sabiduría ancestral y pacífica que se teje al atardecer en los portales de Cruz Paredes, donde la prisa del mundo moderno se detiene para rendir tributo al trabajo artesanal. Las familias suelen reunirse a las puertas de sus casas para transformar la materia noble de la naturaleza en piezas únicas de uso cotidiano: deshebran las hojas de cocuiza para extraer la fibra del cabestro, raspan el bejuco negro recogido en las montañas y tejen la cañabrava con la técnica tradicional de crinejas hechas a mano. Cesteras emblemáticas como Noema Alarcón, María Antonia Ramírez y la reconocida Mercedes Petaquero moldean con soltura cestas y sombreros de palmiche que son auténticas obras de arte. De igual belleza es la labor de los maestros tejedores de redes a orillas del agua, como Antonio Ramón Linares, quien lleva siete décadas entrelazando hilos o artesanos como José Canelones, Guillermo Díaz y Anselmo Oliveros, cuyos chinchorros y atarrayas no solo aseguran el sustento de la pesca, sino que representan un tesoro cultural inestimable de la geografía barinesa.

Esa riqueza cultural se traslada con idéntica maestría a los fogones familiares, donde la gastronomía local se convierte en una manifestación viva de identidad y espiritualidad. Durante los días de Semana Santa, las casas del municipio guardan la bella costumbre de preparar siete comidas diferentes como un emotivo augurio de prosperidad y abundancia para todo el año, sustituyendo las carnes rojas por la sazón inolvidable del pescado salado, el pisillo de chigüire, las carabinas, la mazamorra y las sopas de pan. En esta mesa de tradiciones brilla con luz propia el exquisito dulce de toronja, una delicadeza cuyo secreto reside en despojar pacientemente el amargor de la fruta antes de cocinarla a fuego lento con clavos, canela y azúcar durante horas. Este arte culinario rinde homenaje al recuerdo del histórico “Rincón de doña Aleja”, el primer restaurante de Barrancas en 1960 donde los viajeros degustaban el icónico picadillo y la parrilla llanera, y a figuras entrañables como doña Olga Vergara de Briceño, pionera costurera y luchadora social que vistió a generaciones y trajo a la Virgen del Perpetuo Socorro a La Yuca.

La dicha de esta tierra se completa cuando la devoción popular se viste de fiesta y toma las calles al ritmo del folclor autóctono. Cada 6 de enero, la comunidad de La Yuca cobra vida con la tradicional manifestación de Las Locaínas, una festividad traída en 1953 por José Vicente Vásquez para rescatar los valores culturales mediante el baile, el canto y la música. En esta colorida comparsa, hombres y niños luciendo trajes adornados y máscaras de cartón representan personajes emblemáticos: el capitán que rige la marcha con su bandera blanca, el viejo y la vieja portando garrotes de autoridad, los pastores con sus damas, y la traviesa figura del diablo acosado por el mudo con su cruz de madera. Al son de las cuerdas frente al pesebre y entre brindis compartidos con toda la comunidad, esta festividad sintetiza el alma alegre, unida y profundamente humana de un pueblo que celebra con orgullo sus raíces.

 

Aguas cristalinas y los mitos de la montaña

Adentrarse en la geografía física y mítica de Cruz Paredes es descubrir un territorio bendecido por la frescura de sus aguas y envuelto en un aura fascinante de leyendas antiguas. Desde hace más de dos siglos, la historia del municipio guarda el recuerdo del épico camino de treinta kilómetros que comunica el Páramo con Masparrito; una vía trazada a pura fuerza humana con picos, palas y coas de madera para superar la escarpada roca. Por esta ruta estrecha de apenas un metro de ancho, los arrieros de antaño desafiaban el frío voraz del páramo cargados de abrigo y alimentados con arepas de trigo y papelón con queso. En esa misma naturaleza exuberante resaltan tesoros naturales de impresionante belleza como la majestuosa cascada de Maporita Arriba con su monumento natural de roca, el refrescante Salto La Llovizna nacido en la quebrada La Joya, y el cauce cristalino del río El Quebraón en Las Virtudes, lugares de encuentro familiar donde el agua helada que baja de las cumbres renueva la vida de sus habitantes.

Sin embargo, en el imaginario popular, cada montaña, pozo y laguna esconde también un secreto sagrado que los abuelos han transmitido con respeto a través de los años. Así ocurre con el famoso pozo de Nemecia en La Yuca, una fuente excavada a mano en 1959 por los primeros pobladores que, gracias al resguardo de los árboles y al cuidado comunitario, conserva sus aguas puras e inalterables como símbolo de vida. Pero la selva y la montaña también imponen su misterio: los pobladores de Socó III aún contemplan con asombro la Cueva de los Espíritus, una intrincada red de túneles laberínticos con un pozo encantado en su interior donde los antiguos cazadores hablaban con lo desconocido. En la Fila del Toro, los vecinos aseguran haber visto caer la tarde a los momoyes, duendes diminutos de ojos rojos que custodian las nacientes de agua dulce, advirtiendo a los caminantes sobre el respeto sagrado que se le debe a la naturaleza.

Esta cosmovisión mítica se extiende por los espejos de agua y las cumbres del municipio, alimentando relatos que erizan la piel y fascinan a quienes los escuchan. Se habla con veneración de la laguna Rondonero en Barrancas y de las misteriosas lagunas de Las Agüitas, parajes encantados de los que la tradición oral afirma que ningún cazador o animal que se haya adentrado en sus aguas ha logrado regresar jamás. Del mismo modo, en la montaña de Masparrito vive la leyenda del joven desobediente que en el día de San Juan ignoró los consejos maternos para irse de caza, encontrando en la espesura el abrazo fatal de una serpiente gigante. Entre senderos de ciclismo, caminatas por bosques húmedos en Las Maravillas Arriba y la niebla que baja de la cordillera, Cruz Paredes se revela no solo como una tierra fértil y trabajadora, sino como un universo mágico donde la naturaleza, el mito y la historia cantan con una sola voz.

 

Paredes de bahareque y la memoria del hogar

En las estructuras que resisten el paso de las décadas se resguarda el pulso vivo de las transformaciones de Cruz Paredes. Una de ellas es la emblemática «Casa de Teja», edificación levantada con cimientos de adobe, vigas de madera noble y tejados sostenidos por caña brava, que sirvió de cobijo a las primeras asambleas vecinales donde se gestó la ansiada autonomía municipal. Tras haber sido la sede del colegio Virgen del Valle en la formación de la infancia barinesa y del Centro de Atención a Niños y Adolescentes (LOPNA), hoy sus viejos pasillos retumban de nuevo con juventud y arte al convertirse en el recinto oficial para los ensayos de la banda cultural del municipio. Muy cerca, la célebre Ferretería «Siete Macho», bautizada así por su fundador Eugenio Altuve en honor a sus siete hijos, guarda en su memoria haber sido en 1961 el hogar del primer liceo de la comunidad; un espacio impulsado por Carmen Dorante, Elena Borjas y el Padre Escorcha que abrió las puertas de la educación secundaria a diez valientes alumnos pioneros.

De igual significación pedagógica e histórica es la antigua vivienda de adobe y pisos de cemento que en 1942 dio vida al Instituto Rural «El Libertador». Creado por disposición del ilustre poeta y entonces gobernador de Barinas, Doctor Alberto Arvelo Torrealba, este centro capacitó a generaciones de pobladores en las labores agrícolas y técnicas para cultivar la prosperidad del campo. Hoy, cobijada por el abrazo verde de árboles frondosos, la edificación continúa su vocación académica al pertenecer al Centro Experimental de la Universidad de Los Andes, transformándose en una referencia indispensable de educación ambiental y formación para los futuros ingenieros forestales de la región. Asimismo, la identidad comunitaria custodia con celo patrimonios íntimos como la modesta casa de bahareque, caña brava y zinc de José Vicente Vázquez, pilar fundamental de las tradiciones de La Yuca. Esta residencia no solo es el epicentro de Las Locaínas, sino el santuario donde resuenan las cuerdas y los versos en las paraduras del Niño y los velorios a San Benito y la Virgen de la Consolación.

En el calor de los hogares, esa preservación del pasado no se limita a las grandes obras colectivas, sino que habita con ternura en los objetos cotidianos que se niegan a caer en el olvido. En Cruz Paredes es habitual descubrir reliquias mecánicas que vistieron a familias enteras y que aún hoy continúan marcando el compás del trabajo digno. Ejemplo entrañable es la máquina de coser de pedal que conserva Angelina Barroeta, una joya de hierro marrón y mesa de madera datada en 1950 que perteneció a su tía y que aún se mantiene plenamente operativa. Junto a las anécdotas de los viejos locales comerciales, las primeras aulas de clase y la resonancia de los instrumentos folclóricos en los patios familiares, estos objetos cotidianos forman la urdimbre de un municipio que sabe honrar el legado de sus fundadores mientras camina con orgullo hacia el mañana.

 

Cruz Paredes: Un poema vivo

Recorrer la geografía física y humana del municipio Cruz Paredes es emprender un viaje fascinante a través del alma misma de Barinas, donde la historia y la naturaleza cantan al unísono. Desde aquellos tempranos orígenes en 1719 y la gallardía de un pueblo que erigió su autonomía a orillas de ríos tutelares, hasta el legado inmortal del General en Jefe cuya lealtad nombra a esta tierra, cada rincón respira un encanto indomable. Sus aguas cristalinas, sus montañas pobladas de mitos y el tejido prodigioso de sus artesanos se abrazan con la sazón sagrada de sus fogones y la alegría festiva de sus Locaínas. Hoy, entre casonas que albergaron las primeras aulas, máquinas ancestrales que aún marcan el compás del hogar y la fe inquebrantable de su gente, Cruz Paredes reafirma su condición de refugio eterno; un municipio próspero, místico y profundamente humano que custodia con orgullo la memoria viva de la patria llanera. ¡Visitemos, preservemos y salvaguardemos, estos elementos y sitios Declarados Bien de Interés Cultural!

 

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Danfny Velásquez-columna Patrimonio Cultural de Venezuela

Danfny Esther Velásquez Sosa (1960, Santa Ana, Nueva Esparta) danfnyescritora@gmail.com: Escritora, locutora, maestra pueblo en la Radiodifusión Sonora, productora nacional independiente, cronista comunal, abogada y científica social (doctora en Ciencias de La Educación y en Patrimonio Cultural). Actualmente es la directora interinstitucional de Radio América: R. A. «La Onda de la Alegría» 90.9 FM, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación (G. O. N° 42.670, del 13-07-2023).

Su trayectoria incluye un TSU en Producción de Medios de Comunicación Social (Alternativa, Popular y Comunitaria), una licenciatura en Pedagogía Alternativa, sub-área Registro del Patrimonio Cultural, y un posdoctorado en Corrientes Filosóficas para la Investigación.

 

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Ciudad Valencia / RM