Municipio Ezequiel Zamora

Desde la mirada de la educación en patrimonio cultural que transmite, documenta, promociona y enriquece, hablaré del municipio Ezequiel Zamora, estado Barinas y sus elementos asociados, declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), según Providencia Administrativa N° 003/05 del 20-02-2005, Gaceta Oficial N° 38.234 del 22-07-2005. Toda vez, como Portadora Patrimonial de la Nación (Gaceta Oficial N° 43.127 del 14-05-2025).

 

Donde la montaña abraza la sabana

Existen rincones sagrados en la geografía patria donde la tierra no solo se pisa, sino que se siente pulsar como un corazón antiguo y bondadoso. En el extremo suroeste de Barinas, allí donde las estribaciones andinas se rinden fascinadas ante la inmensidad del horizonte llanero, emerge con majestuosidad el municipio Ezequiel Zamora. Santa Bárbara, su capital, corazón latente y centro poblado primordial, custodia el secreto de los ríos cristalinos y las brisas eternas que bajan de la cumbre. Caminar por su red de calles es emprender un viaje sumamente poético hacia nuestras raíces más profundas, donde el verdor vegetal se funde con el aura mística de la historia venezolana. Aquí, el tiempo transcurre a un ritmo pausado y melodioso, regalándole al visitante un bálsamo de paz que reconforta el alma cansada de la prisa urbana.

Esta bendita comarca guarda en las entrañas de su suelo la memoria ancestral de los Suripaes, valientes hijos de las etnias Timotocuica, Arawacos, Guayabares y Betoyes. Su antiguo nombre de pila, Suripa, resonaba en las gargantas indígenas como un cántico de gratitud que significaba, con absoluta justeza, la entrañable «Tierra de frutos y agua». Bajo un cielo infinito que se tiñe de oros y carmines al atardecer, la calidez de su clima tropical celebra la vida en cada rincón, mientras las aguas mansas bendicen las cosechas. Es un territorio bendito donde la leyenda se respira en el aire y la naturaleza coquetea con la eternidad de los tiempos. Quien visita estas tierras jamás vuelve a ser el mismo, pues queda irremediablemente prendado de su serenidad, la amabilidad de su gente campesina y el verdor indomable de sus paisajes sagrados.

En las siguientes líneas nos vestimos de gala para rendir tributo a una geografía vibrante que combina fe, misterio e hidalguía. Navegaremos por la corriente caudalosa de sus ríos míticos como el Caparo, descubriremos los vestigios ciclópeos grabados en piedra por nuestros antepasados y caminaremos entre templos de fe y casonas centenarias de bahareque. Asumimos con profundo amor el reto de plasmar la esencia pura de Zamora, no solo como un enclave geográfico, sino como un poema vivo redactado por la Providencia. Y un abrazo cálido que traspase la página y una invitación abierta a enamorarse perdidamente de este santuario barinés donde la patria se vuelve canto, río, leyenda, historia viva y esperanza.

 

DE LA MISMA AUTORA: MUNICIPIO BOLÍVAR: ESTADO BARINAS

 

El eco indomable del General del Pueblo

El mapa del municipio Ezequiel Zamora dibuja una encrucijada mágica en el suroeste del estado Barinas, sirviendo de puente natural donde convergen la serenidad del llano y la altivez de los Andes. Limita por el norte con el municipio Arzobispo Chacón del hermano estado Mérida; por el sur abraza los confines del municipio Páez en el estado Apure; hacia el este extiende sus brazos hacia los municipios Sucre y Pedraza, mientras que por el oeste se hermana con el municipio Libertador del Táchira.

Este rincón barinés acoge a quienes buscan el calor de la tierra fecunda. Santa Bárbara, fundada formalmente en diciembre de 1710 en la franja occidental de la provincia, hunde sus raíces originarias en la bravura y sabiduría de los Suripaes, tribu vinculada a las grandes familias Timotocuica, Arawacos o Caquetíos, a las cuales se sumaban los aguerridos Guayabares y Betoyes. Con una topografía noblemente plana, organiza la vida cotidiana a través de calles y manzanas donde predominan viviendas continuas y aisladas de un solo piso, preservando una fisonomía tradicional casi intacta que se replica en centros poblados hermanos como Capitanejo, Pedraza La Vieja y Punta de Piedra.

El nombre del municipio rinde homenaje imperecedero a una de las figuras más apasionadas de nuestra gesta nacional: Ezequiel Zamora. Nacido el 24 de noviembre de 1817 en Cúa, estado Miranda, Zamora fue moldeado en sus años juveniles por la tutela intelecto-política de su cuñado Juan Cáspers y las lecturas de filosofía, historia universal y derecho romano impartidas por el abogado José María García. Establecido en Villa de Cura, estado Aragua, como próspero comerciante de víveres, ganado y agricultura entre Guárico y Apure, Zamora presenció la fractura de la élite política tras la fundación del Partido Liberal en 1840 por Antonio Leocadio Guzmán. A través de las páginas del periódico El Venezolano, se empapó del clamor social contra la injusticia económica bajo la hegemonía del general José Antonio Páez. Convertido en líder regional, lector incansable y orador convincente, asumió en 1846 la conducción de los alzamientos campesinos desde la localidad de Gumba. Bajo las consignas inmortales de «Tierra y hombres libres», «Respeto al campesino» y «Justa distribución de la riqueza», fue consagrado como el General del Pueblo Soberano. Tras librar épicos combates, ser condenado a muerte y fugarse audazmente de prisión, la vida del caudillo federalista se apagó trágicamente el 10 de enero de 1860 por un balazo cobarde durante los preparativos del asalto a San Carlos, cuando avanzaba decididamente hacia Caracas para transformar el destino de la patria.

 

Espejos de agua y la exuberancia de la naturaleza

Los cauces de agua en el municipio Ezequiel Zamora no son meros accidentes geográficos; son arterias de vida cristalina que nacen en la majestuosa Cordillera de los Andes y descienden con ímpetu para acariciar la llanura. Los ríos Santa Bárbara, Caparo, Doradas y Uribante nacen en las alturas andinas y atraviesan un territorio montañoso compartido con municipios vecinos como Andrés Eloy Blanco, Pedraza, Barinas, Bolívar, Obispos y Alberto Arvelo Torrealba, proyectándose hacia la frontera barinense para entregar finalmente sus caudales al legendario río Apure. El río Caparo, con una impresionante longitud de 460 kilómetros desde sus fuentes en el estado Mérida, transita por Táchira y Barinas hasta desembocar en el río Sarare en Apure. Es un río plenamente navegable y pletórico de vida acuática donde habitan especies autóctonas; sus aguas invitan a la pesca contemplativa y regalan en las tardes un espectáculo sin igual cuando las simpáticas toninas emergen a la superficie, bajo la mirada de colores que proyecta el garcero local en los despertares y atardeceres llaneros.

Por su parte, el río Santa Bárbara se distingue por sus aguas cristalinas y mansas que resisten con hidalguía los embates de la sequía, manteniendo un caudal constante flanqueado por una vegetación frondosa. Este curso de agua, ubicado estratégicamente a la entrada del poblado, representa la columna vertebral económica y recreativa de la región, irrigando fincas fértiles y ofreciendo un bálsamo de frescura a pobladores y visitantes. Es considerado un verdadero patrimonio natural con significación cultural que alberga remansos idílicos como el Balneario El Laurel, bautizado así en honor a un vetusto árbol de laurel que custodiaba sus riberas. Allí, los fines de semana y temporadas vacacionales se transforman en una fiesta de fraternidad donde el humo de los sancochos de gallina en fogón de leña sella los encuentros de familias y amigos.

La exuberancia biológica se manifiesta en toda su plenitud en el Bosque de Anamú, una reserva natural de aproximadamente 5 hectáreas donde domina la Petiveria alliacea, planta de origen americano conocida popularmente como «hierba de ajo» por el penetrante aroma que emana de su raíz. Este ecosistema es el hogar sagrado de una avifauna deslumbrante que incluye garzas, corocoras, el hermoso gallito azul y las sonoras guacharacas de agua, conviviendo en perfecta armonía con reptiles como babas, iguanas, anacondas y boas, mientras en los cauces circundantes prosperan coporos, bagres, guabinas, pavonas y cachamas.

Asimismo, en el sector La Tiendita del caserío Guacharacas-Suripá, se oculta el Pozo Chimó, un cenagal natural de agua potable encajonado entre rocas cuyo peculiar tono cobrizo evoca la pasta del tradicional chimó. A esta magia geológica se suma la Cueva El Tigre, una imponente cavidad de roca sedimentaria rica en carbonato de calcio y musgos, cuyo nombre rememora la leyenda del felino milenario que buscaba refugio en sus entrañas. Con una entrada monumental en forma asimétrica que permite el acceso erguido, la cueva resguarda en su interior un hilo de agua fresca considerado medicinal por los pobladores y petroglifos zoomorfos que sugieren la antigua presencia de santuarios aborígenes. Por último, las famosas Minas de Cuarzo de la zona continúan siendo un imán de visitantes fascinados por las vetas minerales de tonos blancos, morados y rojizos.

 

Santuarios de fe, devoción popular y misticismo

La dimensión espiritual del municipio Ezequiel Zamora se teje entre el fervor de la liturgia católica y las expresiones sincréticas del misticismo popular. En el corazón urbano de Santa Bárbara se erige la Iglesia Santa Bárbara, magistralmente construida en 1960 por los maestros Celestino Sánchez y Francisco Olmedillo. La estructura arquitectónica, concebida en función de la liturgia tradicional, presenta una planta de tres naves separadas por sobrias columnas cilíndricas, cinco a cada lado que se entrelazan mediante arcos de elegante factura. Sus paredes laterales ostentan imponentes vitrales por donde la luz del sol tamiza la imagen de los santos, mientras que su fachada de marcada horizontalidad exhibe pilastras, un sobrio frontón y dos torres campanario de tres niveles donde reposan dos campanas de bronce, una de 500 kilos y otra de 200 kilos. Coronado por una gran cúpula sobre tambor y capulín que baña de luz el altar elevado, este templo constituye el epicentro de la congregación católica local.

De igual forma, la fe comunitaria brilla en la Iglesia Católica La Sagrada Familia, erigida en 1960 gracias al esfuerzo colectivo de sus habitantes. Elaborada con bloques de arcilla y muros calados que garantizan un flujo constante de ventilación natural, esta edificación de planta cuadrangular, destaca por sus tres arcos frontales de acceso, su reluciente piso de granito y una majestuosa torre campanario piramidal de seis niveles coronada por una cruz de hierro. En su interior, acentuado por columnas geminadas que forman un arco escalonado, reposa el altar mayor presidido por el Cristo Crucificado y nichos con veneradas imágenes religiosas. A esta arquitectura sacra se une la modesta Capilla El Carmen, construida en los años ochenta con muros de concreto y cubierta metálica a dos aguas, engalanada con un campanario lateral de tres niveles y jardineras frontales que cada mes de julio reciben a la feligresía para celebrar las fiestas patronales de la Virgen del Carmen.

En las afueras, el misticismo popular cobra vida en la singular Capilla del Negro Benjamín Charlesse, un santuario construido en 1982 que atrae a devotos de todo el país en busca de favores y oraciones. Esta obra de arquitectura moderna ocupa una parcela de 500 metros cuadrados elaborada en bloques quemados y concreto, con capacidad para albergar a más de 1.500 personas. Su fachada principal es una joya visual: un corredor de piso de cemento rústico precedido por una secuencia de nueve columnas que arman pórticos internos, coronado por tres torres, una central de tres niveles y dos laterales de dos niveles, rematadas en cubiertas a cuatro aguas con estrellas de cinco puntas en sus vértices. Administrada hoy por la asociación civil encabezada por Ulpiano Araque, la capilla se erige como una muestra viva de la fe profunda y heterogénea que vibra en los llanos barinenses.

 

Memorias de barro, teja y bahareque

El patrimonio edificado de Ezequiel Zamora conserva en sus muros el testimonio de un pasado constructivo respetuoso con el clima y el entorno natural. La ancestral técnica del bahareque arcilla amasada con paja o caña amarga aprisionada en moldes de madera, y la tapia pisada le otorgan un carácter bioclimático único a las casonas tradicionales de la región. Ejemplo representativo de este arte es la Casa de tejas de la familia Pinzón, una edificación rectangular de 16 metros de largo por 8 metros de ancho levantada en la década de 1940. Con su estructura a dos aguas sustentada por una horconadura de madera, tirantes y tejas de arcilla, esta casa ofreció históricamente un ambiente fresco y acogedor. Dotada de amplios corredores de distribución y una portada central de hierro, la casona fue punto de referencia obligado para los viajeros que descendían del sur del estado Mérida con destino a Santa Bárbara.

Asimismo, la memoria urbana late con fuerza en la Casa antigua con más de 100 años ubicada en una esquina estratégica de la localidad. Construida con una sólida mezcla de barro y caña amarga, techos elevados de láminas metálicas y piso rústico de concreto, la edificación alberga en su interior a la popular bodega La Placita. A pesar del paso del tiempo, sus tres puertas de doble hoja de madera se conservan en notable estado, constituyendo un testimonio excepcional de arquitectura de barro que sobrevive al avance de la mampostería moderna. De igual antigüedad destaca la Casa de Hortensia Alvarado, levantada hace más de siete décadas con bahareque y techo original de palma, sustituido posteriormente por tejas criollas, adornada en su fachada por rejas artesanales de hierro y bloques de ventilación decorativos.

En la población de Capitanejo se preserva la Casa de Hilda Contreras, considerada una de las obras pioneras del caserío con más de 65 años de historia. Erigida con firmes paredes de tapia pisada, techo de láminas metálicas y puertas de madera, la vivienda guarda en sus entrañas una naciente de agua natural y el recuerdo imborrable de haber funcionado como posada para los arrieros y viajeros que transitaban hacia San Cristóbal. Finalmente, la Casa antigua de la familia Morales en Pueblo Viejo testimonia la resiliencia local: levantada por Isaías Morales sobre las ruinas de un inmueble devastado por un incendio, esta amplia casona de 30 metros de largo por 20 metros de ancho conserva pasillos en forma de «L», corredores abiertos y un patio interno sombreado, habitada con orgullo por los descendientes de su fundador.

 

El enigma de las piedras: Petroglifos y ojos ancestrales

El territorio del municipio alberga uno de los complejos arqueológicos y rupestres más fascinantes e enigmáticos de Venezuela. En las cercanías de Capitanejo se despliegan las Murallas de Capitanejo, una formación basáltica dispersa en un área de 2 kilómetros cuadrados con profusión de petroglifos. Entre ellos sobresale la afamada roca Mano de Tigre, cuyas incisiones aluden a las garras del felino junto a motivos en espiral de cinco ramificaciones, así como la imponente roca del sector El Cementerio (de 2.50 metros de ancho por 1.70 metros de alto), abigarrada con círculos concéntricos en forma de «diana» de variados tamaños y figuras florales que delatan la cosmovisión de las etnias aborígenes.

 

Petroglifos de Barinas

 

Cerca de allí deslumbran los Ojos de las murallas Ciclópeas, una monumental roca fraccionada por las raíces de un árbol de Bero que exhibe cuatro glifos circulares concéntricos alineados. Según las investigaciones del geógrafo venezolano Omar Ovalles, estos grabados únicos en la iconografía andino-llanera representan «ojos independientes» esculpidos sobre extensas paredes rocosas que miran fijamente desde la cordillera hacia la llanura. A tan solo 200 metros de distancia, en la finca de Rodrigo Acevedo, se hallan Las Tinajas: ocho perforaciones cilíndricas perfectas de 10 centímetros de diámetro por 1 metro de profundidad ejecutadas sobre rocas por mano humana. La precisión milimétrica de estas cavidades similares a perforaciones de taladro industrial en tiempos remotos, sugiere que sirvieron como bases estructurales para edificaciones o recipientes dentro de un sofisticado sistema social de convivencia indígena.

El misterio arqueológico se profundiza a lo largo del Camino de los indios o Menhir, un sendero flanqueado por piedras enterradas verticalmente en técnica de «Palo a Pique» que bordea la montaña en dirección a Río Arriba. Con monolitos que van desde los 50 centímetros hasta ejemplares colosales de 4 metros de altura como la célebre Piedra de la Virgen, Omar Ovalles señala que podría tratarse de una antigua calzada megalítica que vinculaba comercial y socialmente a las culturas llaneras con las andinas.

A este tesoro se suma El Caño de Los Muñecos, descubierto en 1930, considerado el testimonio pictográfico más contundente de la etnia Timoto cuica por la abundancia de figuras antropomorfas grabadas sobre la roca. Aunque en 1952 la empresa petrolera Socony extrajo ilegalmente miles de estas piezas en mulas, el sitio mantiene su aura sagrada. Completan este mapa ancestral La Piedra del Indio, un imponente bloque de 100 metros de largo por 35 metros de alto recubierto de petroglifos, el Petroglifo de la Casa de la Cultura rescatado de la carretera Troncal 5, y el impresionante Atolón Marino y Arrecife de Coral Fósil en San Antonio de Pajen, cuya presencia de bivalvos fosilizados en las rocas de la finca Las Delicias demuestra científicamente que estos valles llaneros estuvieron sumergidos bajo el océano en épocas geológicas remotas.

 

Rincones de encuentro, saberes y vida comunitaria

La vida en las poblaciones del municipio Ezequiel Zamora transcurre al compás de tradiciones centenarias, el trabajo productivo y la calidez del encuentro en los espacios públicos. El poblado de Capitanejo, fundado en 1941 al pie del monte barinés y bautizado así por la histórica abundancia del pez capitanejo en sus quebradas. En su seno se funden de manera armónica las costumbres campesinas del llano y la montaña. Cada 15 de mayo, la comunidad se viste de fiesta para honrar a San Isidro Labrador con bendición de cosechas y actividades culturales, mientras que los últimos días de diciembre los callejones del pueblo se llenan de júbilo con las tradicionales parrandas navideñas y misas de rezo. La inventiva y el espíritu emprendedor local se aprecian en iniciativas como La Laguna, un espejo de agua artificial construido en 1999 por la familia Márquez Palencia. Dedicada a la cría sustentable de la cachama, pez de gran valor gastronómico en la cuenca del Orinoco, la laguna produce alrededor de 6.000 ejemplares al año, abasteciendo los mercados locales y dinamizando la economía de la zona.

Los espacios públicos representan el corazón palpitante de la sociabilidad zamorana, la Plaza Bolívar de Pedraza La Vieja ocupa el predio que a principios del siglo XX servía de descansadero y paradero de burros para los pobladores; construida formalmente en 1960, despliega hoy sus caminerías de cemento centradas en torno al busto en bronce del Libertador Simón Bolívar. En el casco urbano principal brilla la Plaza Ezequiel Zamora, rodeada de frondosos árboles que proyectan frescura sobre sus caminerías, mesas de ajedrez y bancos de descanso. Finalmente, la Plaza Bicentenario, remodelada a finales de los noventa, destaca por sus jardines y un muro artístico con la efigie del Libertador, consolidándose como el escenario preferido para el encuentro ciudadano y la reafirmación del orgullo barinés. ¡Visitemos, preservemos y salvaguardemos, estos elementos y sitios Declarados Bien de Interés Cultural!

 

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Danfny Velásquez-columna Patrimonio Cultural de Venezuela

Danfny Esther Velásquez Sosa (1960, Santa Ana, Nueva Esparta) danfnyescritora@gmail.com: Escritora, locutora, maestra pueblo en la Radiodifusión Sonora, productora nacional independiente, cronista comunal, abogada y científica social (doctora en Ciencias de La Educación y en Patrimonio Cultural). Actualmente es la directora interinstitucional de Radio América: R. A. «La Onda de la Alegría» 90.9 FM, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación (G. O. N° 42.670, del 13-07-2023).

Su trayectoria incluye un TSU en Producción de Medios de Comunicación Social (Alternativa, Popular y Comunitaria), una licenciatura en Pedagogía Alternativa, sub-área Registro del Patrimonio Cultural, y un posdoctorado en Corrientes Filosóficas para la Investigación.

 

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Ciudad Valencia / RM