Municipio Páez: Estado Apure

Desde la mirada de la educación en patrimonio cultural que transmite, documenta, promociona y enriquece, hablaré del municipio Páez, estado Apure y sus elementos asociados, declarados Bien de Interés Cultural por el Instituto del Patrimonio Cultural (IPC), según Providencia Administrativa N° 003/05 del 20-02-2005, Gaceta Oficial N° 38.234 del 22-07-2005. Toda vez, como Portadora Patrimonial de la Nación (Gaceta Oficial N° 43.127 del 14-05-2025).

 

El pulso tierno y profundo

Hay geografías donde el tiempo no transcurre con la prisa de los relojes urbanos, sino al compás pausado del agua, del paso firme de los caballos y del susurro de los vientos que peinan la sabana infinita. Adentrarse en las tierras del municipio Páez, en el corazón del estado Apure, es sumergirse en la poesía viva de Venezuela, allí donde la inmensidad del llano se convierte en refugio de historia, de faenas criollas y de un gentilicio que lleva el orgullo patrio grabado en el alma.

En este vasto territorio, donde la naturaleza despliega tanto su esplendor como sus desafíos, se alza Guasdualito, la noble capital municipal. Su nombre, impregnado de raíces ancestrales, proviene de una voz de lengua achagua que designa una especie de gramínea o bambú conocido antiguamente como guasgua o guasa. Fundada entre 1770 y 1771 por don José Ignacio del Pumar, esta ciudad ha sabido tejer su destino a lo largo de los siglos entre un sistema de manzanas tradicionales, casonas de techos a dos aguas y calles que guardan la memoria histórica de aquellos próceres, poetas y caminantes.

 

Templos, casonas y la memoria de los puertos

El municipio Páez es también un museo viviente de ladrillos, maderas nobles y techos a dos aguas que dialogan con el viento de la sabana. Entre sus calles se alzan edificaciones que son verdaderos santuarios de la fe y el civismo. Tal es el caso de la iglesia Nuestra Señora del Carmen, un templo de diseño clásico y moderno donde dos torres coronadas por cúpulas ovaladas y una cruz de metal con su tradicional reloj marcando el compás del tiempo, custodian la espiritualidad de la comunidad. Muy cerca, rompiendo con la solemnidad tradicional, sorprende la iglesia La Santísima Trinidad de Guasdualito, cuya fachada triangular truncada y su estética de corte colonial norteamericano semejan más una acogedora residencia familiar que un templo, convirtiéndola en un hito de singular belleza y cercanía. Hacia el sur, en la población de El Nula, la iglesia local se extiende con sus paredes firmes y su torre, ofreciendo no solo un espacio para la liturgia, sino un refugio de encuentro comunitario gracias a su salón de usos múltiples.

Caminar por este territorio es toparse con la huella indeleble de antaño. En Guasdualito se erige la Casa de los Grieco, levantada en 1918 por don José Antonio Grieco, una de las construcciones más antiguas de la zona, hecha de tablas y dotada de un segundo piso con corredores y barandas torneadas de manera artesanal. Fue ella la que marcó la transición estética del humilde rancho de paja hacia la estampa señorial de los caserones llaneros. A poca distancia, una antigua vivienda de uso residencial, que en la segunda mitad del siglo XIX sirviera como hotel y refugio para los caminantes que venían de lejos, sigue en pie con su largo corredor en forma de L, evocando las tertulias y las esperas de aquellos viajeros fundacionales. Y coronando la administración y el orden civil, la imponente Casa de Gobierno del municipio Páez, cuya estructura original data de mediados del siglo XIX, testigo de cuarteles, comandos de la Guardia Nacional y de su posterior renacer en 1999, abraza hoy la vida institucional con sus patios internos, aleros sostenidos por columnas de ladrillo y corredores iluminados por faroles que vigilan el pulso de la ciudad.

El pulso comercial y de sustento también ha tenido en los ríos a sus mejores aliados. En los muelles del puerto de Santos Luzardo y del tradicional puerto El Gamero, el agua del Arauca y del Apure cobra vida con la llegada de embarcaciones y remolcadores que traen y llevan el fruto de los conucos, el pescado fresco y los tesoros de la tierra a precios generosos, demostrando que en el llano el comercio siempre ha tenido rostro de hermandad y faena compartida.

 

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Balnearios, ríos y la frontera fraterna de El Amparo

Si el llano tiene un rostro fresco y juguetón, ese se dibuja en sus cursos de agua, donde la sabana sedienta encuentra el regazo perfecto para la vida. En los meses de verano, cuando el sol calienta con fuerza el horizonte, el río Arauca y sus aledaños se transforman en postales de ensueño. Es allí donde surge el balneario de la isla Guamalito, un rincón en la frontera colombo-venezolana donde se extienden playas de arena blanca ideales para el deporte, el juego y el baño compartido. Muy cerca, la isla de Guamalito misma se convierte en un sagrado refugio forestal y hogar de la comunidad indígena guahiba, recordándonos que estos parajes guardan saberes ancestrales que desafían al tiempo.

Siguiendo el compás del agua, el balneario La Manga del río de Guasdualito, custodiado a su entrada por una sugerente torre de estilo medieval y arropado por una vegetación generosa, recibe a las familias en tiempos de Carnaval y Semana Santa junto a las riberas del río Sarare. Y a pocos kilómetros de la histórica población de El Amparo, fundada a finales del siglo XVIII y convertida en el gran puente comercial de la frontera, el balneario de Puente Páez despliega un kilómetro de playas estivales cobijadas por la sombra de los guamos, donde los pobladores se reúnen para elevar papagayos, armar partidos de voleibol o cocinar un humeante hervido a la orilla del agua.

El agua aquí no es solo paisaje; es puente y latido cotidiano, en el Paso Internacional La Victoria – Arauquita y en el terminal fluvial de El Amparo, las canoas cruzan constantemente el río Arauca uniendo dos naciones hermanas en una sola cultura fronteriza. Sin embargo, esta geografía de ríos también sabe de silencios profundos y respeto sagrado, como ocurre en las orillas del río Sarare, testigo de leyendas, de la biodiversidad de caimanes y tortugas, y del tradicional sector «La Playa», donde los visitantes buscan consuelo y esparcimiento.

Y sobre todo ello, uniendo distancias y desafiando los caprichos del invierno y el verano, se alza el histórico Terraplén de los Chigüires, construido en 1957 sobre el caño Periquera por iniciativa popular, como un monumento a la tenacidad de quienes se negaron a dejar que el agua aislara sus sueños de progreso.

 

El arpa, los cultores de la sabana y el misterio ancestral

No se puede escribir el alma del municipio Páez sin escuchar el repique de un cuatro, el lloro sentido de un arpa y el taconeo firme de un joropo que sacude el polvo del camino. El llano es, por antonomasia, tierra de poetas y cantores. En este pentagrama de brisa y sabana brillan con luz propia figuras entrañables como Pedro Ramón Piñero Rodríguez, «El Pollo de Guasdualito», baluarte de las faenas y los cantos sabaneros; o el insigne Oscar Cúper Márquez, músico, poeta y compositor que ha llevado la voz de Apure y de Venezuela por más de setecientos festivales internacionales, defendiendo con fervor las leyendas y mitos de nuestra tierra.

La música aquí se hace familia y tradición colectiva, ahí están agrupaciones emblemáticas como El Baúl de los Recuerdos, que con dos guitarras y un requinto llevan más de cuatro décadas enamorando en serenatas y celebraciones; el Grupo Musical Añoranzas, que desde 1990 cultiva el pentagrama ampareño; y la histórica Retreta Municipal, fundada en 1946, donde cultores de la talla de Jhonny Suárez, José Gregorio Leal, Carlos Alberto Padilla, José Alfonso Sánchez, Manuel Ernesto Ávila y Elmes Venegas siguen deleitando a la comunidad en las plazas Bolívar y Páez, tejiendo arte que va desde el cuatro hasta la artesanía en mimbres y atarrayas. Todo este sentir encuentra su máxima fiesta en el imponente Festival Guasdualito de Oro, creado en 1988 para consagrar el talento de los llaneros de ambos lados de la frontera.

Y más allá de los acordes, en la hondura misma del horizonte, vive la memoria ancestral de la etnia pumé o yaruro. Asentados a lo largo de las riberas del Arauca, el Capanaparo y el Sinaruco, estos pueblos guardan celosamente su cosmovisión a través de la transmisión oral de las madres, la cohesión de su mundo mágico-religioso y la figura sagrada de los chamanes, guardianes del equilibrio espiritual que median entre la naturaleza y la tribu para sanar los males del cuerpo desde el alma. Saberes que se entrelazan con leyendas tan curiosas como la mágica Rosa de Jericó en Elorza y los augurios del canto del arauco o el alcaraván, recordándonos que en esta tierra cada elemento de la naturaleza tiene una historia que contar.

 

Canto eterno a la libertad y al horizonte

Al final del camino, cuando los destellos del sol se funden en el dorado de las sabanas del Capanaparo, Bello Monte y Palmarito, comprendemos que el municipio Páez no es solo una demarcación en el mapa de Apure; es el refugio de un pueblo que templó su carácter entre las proezas libertadoras y la bonanza de sus campos. Es el mismo suelo donde el Centauro de los Llanos, José Antonio Páez, tras la gesta imborrable de la batalla de Mata de la Miel en 1816 y la hidalguía demostrada ante los prisioneros, esculpió para la eternidad la sentencia de que la espada de un soldado jamás ha de convertirse en la cuchilla del verdugo.

Vestir esta historia con la pluma fina de la sensibilidad es rendir tributo a la patria buena. Entre plazas que custodian la memoria de Bolívar, casonas que resisten al olvido, balnearios que abrazan la risa y versos que resuenan al compás del arpa, el municipio Páez se alza, imponente y luminoso, como un traje de alta costura tejido con hilos de dignidad, amor y eternidad llanera para vestir y enamorar por siempre la mirada del lector.

 

La sinfonía natural de Apure

En este vasto territorio donde el agua y el sol dictan el ritmo de los días, la naturaleza despliega un espectáculo de vida tan silvestre como conmovedor. Las sabanas del municipio Páez, que se extienden como un manto verde y dorado bajo el cielo infinito, guardan un tesoro botánico incalculable. Entre pastizales altos y morichales generosos se alzan los bosques de galería, refugios donde la flora autóctona sirve de abrigo y sustento a innumerables especies. Allí, el verdor de la vegetación dialoga con el canto de las aves y el murmullo de los esteros, creando un equilibrio ecológico que ha resistido con hidalguía el paso de las estaciones, desde las anegaciones profundas del invierno hasta el calor intenso del verano llanero.

La fauna de estas tierras es, sin duda, un reflejo de la libertad misma. A lo largo de los ríos Arauca, Sarare y Capanaparo, la vida acuática y terrestre pulsa con una energía desbordante. No es extraño divisar, al borde de los esteros, a los imponentes caimanes del Orinoco y a las apacibles babas compartir el territorio con tortugas y una variada gama de peces que han alimentado por generaciones a las comunidades locales. Mientras tanto, en tierra firme, el paso sigiloso del ganado se mezcla con el vuelo colorido de garzas, corocoras y el característico canto del alcaraván, convirtiendo cada rincón de la sabana en un cuadro vivo donde la biodiversidad se abraza con la poesía del paisaje. ¡Visitemos, preservemos y salvaguardemos, estos elementos y sitios Declarados Bien de Interés Cultural!

 

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Danfny Velásquez-columna Patrimonio Cultural de Venezuela

Danfny Esther Velásquez Sosa (1960, Santa Ana, Nueva Esparta) danfnyescritora@gmail.com: Escritora, locutora, maestra pueblo en la Radiodifusión Sonora, productora nacional independiente, cronista comunal, abogada y científica social (doctora en Ciencias de La Educación y en Patrimonio Cultural). Actualmente es la directora interinstitucional de Radio América: R. A. «La Onda de la Alegría» 90.9 FM, Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación (G. O. N° 42.670, del 13-07-2023).

Su trayectoria incluye un TSU en Producción de Medios de Comunicación Social (Alternativa, Popular y Comunitaria), una licenciatura en Pedagogía Alternativa, sub-área Registro del Patrimonio Cultural, y un posdoctorado en Corrientes Filosóficas para la Investigación.

 

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Ciudad Valencia/RM