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Parábola de Colombia y Chile | Juan Medina Figueredo

Andrés Bello

El primer registro del uso del nombre de Colombia por parte de Miranda se ubica en una carta suya al ministro británico del tesoro, Mr. A. Hamilton, el 4 de noviembre de 1792: “…en nuestras conversaciones en Nueva York el amor a nuestra patria exaltaba nuestras mentes con esas ideas, para el bien de la desafortunada Colombia”.

Pero su más lejano antecedente se encuentra en el padre Las Casas, quien  “… consideraba que ésta (la Tierra Firme) debía llamarse Columba o Tierra Santa o Tierra de Gracia».

En 1801, en la redacción de una proclama, Miranda tachará: “A los pueblos del continente hispanoamericano” y corregirá: “A los pueblos del continente colombiano”. Desde entonces “colombiano” y “Colombia” son denominaciones que él usará frecuentemente en cartas y en  proclamas de expediciones libertadoras.

 

DEL MISMO AUTOR: MIRANDA Y BELLO: PATRIA, COLOMBIA Y AMÉRICA

 

El 2 de agosto de 1806, dirige Miranda una proclama “a los pueblos del continente Américo-colombiano”, y en su Proyecto Constitucional, elaborado en Londres en 1808, el cuerpo  legislativo se llama “Concilio colombiano” y la capital federal se designa como “Colombo”.

En las reuniones entre Miranda y los comisionados venezolanos se alcanzará la unificación, que permitirá a aquel retornar a su patria, y a esta última contar, directamente, con su contribución para la Declaración de la Independencia de Venezuela e, indirectamente, para la futura fundación de Colombia, limitada a los  países liberados por Bolívar y  proyectándose más tarde en la convocatoria de los países de “nuestra América” o  de la “América, antes española”, al Congreso Anfictiónico de Panamá.

Bello, por su parte, continuará en Londres sus servicios a las nacientes Repúblicas a través de las legaciones de Colombia y de Chile. También será miembro activo, junto a Luis López Méndez, Juan García del Río y P. Cortés, entre otros, de la Sociedad de Americanos. Editará las revistas Biblioteca Americana (1823) y El Repertorio Americano ( 1826), en las cuales publica sus célebres Silvas “Alocución a  la Poesía” y “La Agricultura de la Zona Tórrida”, ambas pertenecientes a un proyecto de poema unitario y mayor, titulado “América”, del cual finalmente desiste.

Desesperado y al borde de la indigencia, Bello embarca con su familia para Chile, atendiendo al llamado de la familia Egaña y su promesa de superior destino público. Allí cumplirá largamente su misión de educador, lingüista, filósofo, crítico literario, periodista, jurista y legislador, como gran humanista y polígrafo.

Su Gramática se definirá por el uso, como criterio normativo regido por la historia, en una tensión entre la lógica racionalista y el dato sensorial que marca al empirismo, sin pretensiones de representación de la realidad por el signo lingüístico, por cuanto éste no escapa a la arbitrariedad.

Su propósito está definido claramente: “para uso de americanos”. Estos últimos son los de la América meridional, pues nuestro humanista recelaba del riesgo de la oralidad, susceptible de convertirnos en un archipiélago de dialectos, que atentaría contra nuestra unidad de lengua como patrimonio común.

Su monumento educativo, representado por la Universidad Nacional de Chile, como eje rector de todo el sistema escolar, con formación universitaria de su élite intelectual y científica, también de sus docentes de educación primaria y secundaria, atendiendo a los requerimientos de la planificación y supervisión, desde el vértice de la pirámide y contemplando la formación de profesionales y técnicos, aún hoy es fuente de inspiración para la transformación de nuestras universidades.

Su Derecho de Gente será igualmente fuente de formación de generaciones enteras en el Derecho Internacional y de regulación de las relaciones entre los nuevos Estados de este continente. Asimismo, su labor de publicista, desde el periódico “El Araucano”, prestó invalorables servicios para la educación literaria, artística y científica no sólo de los chilenos, sino de muchos ciudadanos de “Nuestra América”.

La misión americanista de Andrés Bello no había cedido cuando se sentía acabado, al embarcar para Chile, tampoco en su vejez.

 

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Juan Medina Figueredo

Juan Medina Figueredo (Aragua de Barcelona, 1947): Polígrafo de raza, ha incursionado en la poesía, el ensayo literario y el análisis socio-político. Su rebeldía política y cultural no es panfletaria sino solidaria, al punto de estar bien aliñada por su bondadosa personalidad. No se le puede reclamar nada, pues sus convicciones ideológicas y su quehacer escritural apuntan a una conciencia ética y espiritual inconmovible.

Entre sus libros contamos “Reverberaciones” (1995, poesía); los ensayos “La Terredad de Orfeo” (dedicada al poeta Montejo) y el libro comuna que es “Siglo XXI, educación y revolución” (2010) con su estructura en redes que comunica la crónica y el ensayo; el volumen de cuentos “La Visita del Ángel” (2010) y la novela “Por un leve temblor” (2014). Con estos dos últimos ganó el premio de narrativa de Fundarte y una mención de publicación del mismo sello editorial, respectivamente. Que nosotros sepamos, caso único en este certamen literario.

Su poesía ha sido publicada en dos colecciones poéticas importantes como “El Corazón de Venezuela. Patria y Poesía” y “Rostro y Poesía” de la Universidad de Carabobo. Su periplo literario apuesta por un decir directo y no mediatizado por los discursos académicos autorizados. (Reseña de José Carlos de Nóbrega)

 

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