«Primero muerta que fea» por María Alejandra Rendón

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Con cuanta ligereza las mujeres repetimos esta y otras frases similares. Quizá allí, en lo que está normalizado, se encuentren algunas de las claves para algunas reflexiones en torno a esa lacónica sentencia contra nosotras mismas.

Es probable que estemos cerca de convertirnos en una sociedad en la que las personas consideren el suicidio como forma de evadir la vejez.

Suena exagerado, pero ¡ya va! de alguna manera ya estamos frente a numerosos casos que así lo suponen, entre los que se pueden incluir personas que fallecen en quirófanos en su intento de lograr “anatomías perfectas” o jóvenes de forma permanente, aún cuando son advertidas de las numerosas implicaciones de ese tipo de procedimientos para la salud y de que la estadística de decesos o daños irreversible es bastante dramática.

Hay una industria poderosa, de las más lucrativas,  detrás de ese suicidio colectivo que representa la adicción a las cirugías, el uso de polímeros, trastornos alimenticios  y sistémicos inducidos, así como practicas realmente extremas y peligrosas, por lo que la “carrera contra el tiempo” conlleva a tomar decisiones que no son del todo autónomas, sino el resultado de una avasallante guerra simbólica contra la vejez que se reproduce en todos los espacios de relación; privados y públicos. Todo ello ante la paradoja del incremento de la expectativa de vida (al menos para occidente).

También pudieran contarse los casos de mala praxis, que abundan, y los suicidios tras depresión por el hecho de  no hacer posible de la belleza y la juventud una realidad concreta y permanente,  esenciales atributos valorados por las sociedades contemporáneas, signos de poder y herramientas sociales de primer orden.

Cabe aclarar que hasta este momento me estoy refiriendo a juventud y belleza como constructos socio-simbolizados, es decir, penetrados por las ideas y relaciones de poder y su naturaleza, en esencia,  hegemónica.

Pero esto no termina aquí, así que no deben dar por sentado que me salté de una zancada el enfoque de género que ha de caberle a este asunto; voy por partes.

La categoría género ofrece posibilidades para cuestionar la idea, instalada socioculturalmente, de considerar la desigualdad social entre mujeres y hombres, como si se tratara de algo establecido por la biología y no por las relaciones de poder, por la historia y la cultura.

De hecho, los sesgos androcéntricos, tantas veces inconscientes e incluso enfatizados por las mismas mujeres, se instauran en formas de percibir, juzgar y comportarnos, como fruto de una larga y compleja historia de infravaloración de las mujeres (Maquieira D’Angelo, 2002).

En ese sentido, los procesos biológicos o naturales, como el envejecimiento, no están siendo representados,  asimilados, ni aceptados socialmente de igual manera en ambos sexos.

También  es importante resaltar que estos atraviesan por procesos biológicos diferenciados, claro está, en tanto se trata de dos estructuras fisiológicamente distintas, sin embargo,  esa diferencia va adquiriendo matices para uno y otro si se toman en cuenta variables económicas, culturales, sociales,  políticas, geográficas, raciales etc.

Estamos hablando de la belleza y la juventud como categorías y, más específicamente, como instrumentos o como una de las tantas formas en la que se  expresa y se ejerce el poder.

Generalmente cuando se aborda la temática de la violencia contra la mujer, con frecuencia la atención es concedida de manera predominante o exclusiva a la violencia física, verbal y psicológica, fundamentalmente ejercida por el hombre contra su pareja mujer, así como a la violencia sexual, laboral, institucional, vicaria, económica entre otras.

Pero la violencia simbólica y la estética, esas que son ejercidas contra todas las mujeres, sin excepción, no pasa de ser un asunto de orden nominal o un fenómeno que no capta la atención debida porque se cree, erróneamente, que no tiene víctimas directas. Además porque es una de las formas de violencia al día de hoy más naturalizadas.

Esther pineda nos refiere que: esta violencia estética se va a concretar con la consolidación de una belleza mercantilizada, seriada, reproducible, uniforme, estandarizada, masificable y descartable, en consonancia con el proceso de racionalización, mercantilización, industrialización y tecnificación de la sociedad.

La industria de la “belleza”, que hoy ocupa los primeros puestos y dan garantía de acumulación expedita y sostenida, dado su exponencial y, no menos obsceno, nivel  de crecimiento, cabalga sobre una guerra simbólica sin precedentes.

Estamos hablando de la belleza como requisito u obligación social; como condición impuesta desde parámetros que niegan la diversidad y hasta los propios derechos fundamentales.

Hoy día nuestro derecho al trabajo está condicionado por el estándar de belleza; una vez que aparece ese “requisito” al que se le denomina “buena presencia”, forma sutil de decirnos “haga el intento por ser bella” o, más bien, esa manera de espetarnos con un “si usted es fea, ni lo intente”.

El mundo de hoy propone La exclusión de toda belleza alternativa a la europea, lo diferente no es bello, lo cual se hace manifiesto mediante la exclusión o limitada presencia de diversidad racial, étnica y fenotípica en la industria de la moda y publicitaria.  (Esther Pineda)

Esta situación ha ido obligando a las mayorías a establecer con la belleza un vínculo de dependencia cada vez mas enfermizo y difícil de eludir, lo cual va desde el consumo de aplicaciones digitales para evitar exponernos tal cual somos, así como el acceso indiscriminado a procedimientos invasivos o hábitos que constituyen una potencial amenaza para nuestra salud física y mental.

Nuestros cuerpos, convertidos en mercancía, completamente cosificados, están cada vez más vulnerables en una sociedad y, a su vez, en un mercado que restringe el acceso a la mayoría que, paralelamente, es sometida a una violencia psicológica, sin que se logre rastrear o detectar su verdadero alcance e inminente daño.

El bombardeo permanente de publicidad a la que accedemos casi de manera involuntaria a través  de redes sociales  y medios de comunicación es realmente indiscriminado. Se ha venido moldeando un ideal de belleza muy distante, más bien imposible, que obliga a seguir alimentando la inconformidad, la vergüenza, la violencia, pero, sobre todo, las arcas de quienes han encontrado en ese ideal impuesto, una fuente inagotable de ganancias.

La cantidad de publicaciones  y de tentativas dispuestas para la explotación de cuerpos es realmente algo abrumador y sus consecuencias son graves, gravísimas.

Por supuesto que es indispensable para la salud tomar hábitos adecuados que vayan en beneficio de nuestro cuerpo, porque sentirnos bien con el ser que somos en todos los aspectos, forma parte del bienestar integral.  No obstante, en la mayoría de casos, se es parte y victima de la inconformidad colectiva alimentada sistemáticamente por los medios, socios directos de los grandes emporios de la industria cosmética.

La inconformidad es el travesaño que sostiene o garantiza el consumo en masas, promueve una “necesidad inmediata e  incuestionable por llegar a ser”, nos hace sentir “feas”, “distintas”, “otras”  para poder vender una belleza enlatada, uniforme y que guarda relación estrecha con una oferta de mercancías producidas a gran escala. Se trata de un mercado cada vez más abastecido que ofrece la posibilidad de ser “apetecible” o personas valoradas  según el canon que se asume como lo referencial.

El modelo de belleza y modo de vida a seguir, no solo es parte de una ilusión construida –desde el pensamiento hegemónico- sino que, deliberadamente, atenta contra los más elementales principios biológicos; de ahí que los propios cambios que implica  la edad, por ejemplo, y la diversidad fenotípica, constituyan un elemento a explotar en favor de la lógica rapaz de los grandes capitales. Todo lo que de allí se desprende da para sostener un debate amplio y complejo.

En el caso de las mujeres la realidad es muchísimo más cruel, porque la forma en la que son asimilados los cambios propios de la edad, no son asumidos de igual manera por ellas o con respecto a ellas,  en comparación con los hombres.

La sociedad es implacable o suele ser más punitiva frente el envejecimiento femenino, tanto así, que  las campañas dirigidas al  rechazo, aborrecimiento o temor a  envejecer, tienen un acento y contenido particulares dirigidos a éstas, quienes están sometidas- también más indefensas o vulnerables- frente al mandato de la belleza, la juventud y la perfección.

Estos elementos alimentan también la percepción que se tiene de la sexualidad y de la propia naturaleza femínea. Por consiguiente, hay un comportamiento general de consumo que apuesta a la preservación del cuerpo a toda costa, aun si implica poner en riesgo la vida, la estabilidad psicológica, la economía y el desenvolvimiento social.

Un ejemplo claro y palpable es el consumo masivo de prótesis mamarias y polímeros en edades cada vez más tempranas, sin otra razón o “justificación” que la inconformidad como efecto inmediato o consecuencia de la violencia simbólica a la que todas las mujeres, sin excepción, son sometidas desde que nacen.

Los cuerpos de las mujeres convertidos en meras mercancías, en blanco de ataques, en territorio para la explotación y, por si fuera poco, como todo producto, cada vez más desechables.

Hace poco, la cantante y famosa actriz, Thalía, fue blanco de desprecios e insultos tras posar a los 50 años con un bikini, los comentarios misóginos no se hicieron esperar y casi todos remachando el carácter desechable de los cuerpos, sobre todo los de las mujeres.

Pero esto no se trata de las famosas siendo blanco de comentarios destemplados, sino de una cultura que promueve el desprecio al inevitable proceso de envejecimiento,  que es la realidad de la mayoría de las mujeres; estamos en una relación conflictiva con nuestros cuerpos y sus propios procesos biológicos: el crecimiento, la maternidad, la necesidad permanente de aprobación.

Esto último es fácil de constatar si tomamos en cuenta lo apreciable y muy común  que se ha vuelto el modelo masculino sexagenario que posa en redes, haciendo gala de sus canas, sus patas de gallo y de los claros signos del paso del tiempo, mientras que las mujeres (en mayor cuantía) estamos condenadas a ocultar la edad detrás de la faz de tintes, maquillaje, filtros, dietas asesinas y demás hábitos que forman  parte de la cotidianidad, casi sin excepción, siendo que es lo que se considera, además, correcto.

Entonces, no es igual atravesar la tercera edad para los hombres, que para las mujeres, estás son tempranamente sujetas de descarte, antes de cumplir 50 años, al menos en la esfera sexo-afectiva así se evidencia.

De allí que la carrera contra el tiempo, por parte de las mujeres, requiera de una osadía proporcional a su enajenación y  ello la convierta en el principal blanco de la violencia simbólica y en la población que realiza mayor consumo de productos estéticos, asimismo será, también, la que enfrente, en mayor medida, trastornos o patologías  físicas y psicológicas asociadas a estos.

Cuando las mujeres acceden a la intervención e invasión de su cuerpo a través de distintos procedimientos, generalmente están orientadas a responder y satisfacer las fantasías masculinas impuestas por el patriarcado, como lo son las grandes proporciones, la voluptuosidad, la exuberancia, la sexualidad, el exhibicionismo.

También la industria pornográfica ha estado orientada discriminar de manera notoria  a los cuerpos  que no guarden correspondencia con el canon de belleza impuesto, por lo que al estar más alejadas de éste, se sentirán menospreciadas, inconformes e “indeseables”

Se estima que para el año 2023 la industria cosmética tenga un crecimiento del 50%, generando unas ganancias de 800.000 millones de dólares, según CB Insights.

Solamente el cuidado de la piel, la línea que abarca mayor mercado, tiene una cuota de 35% y las nuevas generaciones son unos de los mayores catalizadores de ese sector, según ilustra Isabel Gaspar en un artículo reciente.

Por otro lado, según  numerosas fuentes estadísticas,  la demanda en el mercado de polímeros  y sustancias análogas, ha sufrido un incremento de 60%, teniendo al territorio de Latinoamérica como principal consumidor, también siendo éste el que oferta menores garantías de “éxito”, dado el enorme y complejo entramado de redes clandestinas o ilícitas, plagadas de acciones irregulares que limitan el acceso a prácticas adecuadas, por lo que, entendiendo que todas -sin excepción- son peligrosas, los factores de riesgo serian reducidos en un porcentaje considerable, de  no estar siendo llevadas a cabo en condiciones no favorables, por instancias no certificadas que dejan a incontables víctimas en una desprotección absoluta desde el punto de vista clínico y legal.

Las nuevas generaciones y su dinámica de consumo, colocarían a muy corto plazo a la industria cosmética como el área de mayor crecimiento económico, equiparando a la industria de las armas.

De hecho, se está considerando- ya existe evidencia de ello-  un nuevo mercado que rompa de manera abrupta con el ideal de belleza consumido hasta hoy para dar paso a nuevos procedimientos que impliquen cambios realmente drásticos y desconcertantes, los cuales hoy ganan más adeptos  o víctimas dispuestas a abultar de manera acelerada el margen de ganancias de la industria de la estética, con tal de verse y sentirse bellos y, además, distinguirse.

Los cirujanos se convertirán en verdaderos y venerados mercaderes,  a la vez que acumular cirugías estéticas, será el nuevo signo de exclusividad y poder, tal como ocurría en el siglo pasado.

Por otro lado, los canales de acceso a estos productos se han multiplicado exponencialmente gracias a Internet. Ahora, la clientela no tiene que acercarse a una tienda, si no que tiene un catalogo infinito a su disposición a golpe de clic.

Ya en 2017 los conocidos como millennials (nacidos entre 1980 y 2000) consumieron un 25% más de cosméticos que dos años antes.

No es de extrañar este incremento teniendo en cuenta que suelen usar 6 o más productos de belleza al día, incluso más. Latinoamérica sigue siendo el territorio explorativo para la aplicación de nuevos métodos y para la expansión de estos mercados.

En el año 2021  se visualizaron cada día más de un 1 millón de videos de belleza en YouTube, al tiempo que,  casi un 70% de las compras están influenciadas digitalmente.

A esto se une el hecho de que cada vez más hombres consumen productos cosméticos de toda índole. Se prevé así un crecimiento del 6,4%  para próximo año en este segmento, el resto, que es bastante, corresponde a las mujeres.

Estamos, sin lugar a dudas,  ante un problema de salud pública, una forma  violencia ejercida de manera sistemática contra toda la población, desde LOS PRINCIPALES CENTROS HEGEMÓNICOS DEL CAPITALISMO-PATRIARCAL, con énfasis en las mujeres que, sin estar exentas de responsabilidad, han venido sucumbiendo ante la lógica más criminal, denigrante y suicida.

Esa violencia tan profusa y, paradójicamente, tan invisible de la que cuesta desmarcarse, cobra tantas vidas anualmente como otras formas de violencia institucionalizadas.

Se ameritan de acciones más conjuntas, profundas, así como de políticas más claras y contundentes ejercidas desde los espacios y construcciones contra hegemónicas.

Se trata de disputar el territorio simbólico para defender el derecho a la dignidad, la libertad a la diversidad, ejerciendo una crítica  profunda que delimite y resalte las contradicciones de primer orden que dan lugar a este fenómeno, es decir, que ponga en el relieve de la discusión los elementos políticos, sociales, culturales y económicos que lo transversalizan.

Ser bellas no es  una obligación y mucho menos debe costarnos la vida.

 

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María Alejandra Rendón Infante (Carabobo, 1986) es docente, poeta, ensayista, actriz y promotora cultural. Licenciada en Educación, mención lengua y literatura, egresada de la Universidad de Carabobo, y Magister en Literatura Venezolana egresada de la misma casa de estudios. Forma parte del Frente Revolucionario Artístico Patria o Muerte (Frapom) y es fundadora del Colectivo Literario Letra Franca y de la Red Nacional de Escritores Socialistas de Venezuela.

PREMIOS

Bienal Nacional de Poesía Orlando Araujo en agosto de 2016 y el Premio Nacional de Literatura Stefania Mosca 2019 en poesía.

PUBLICACIONES

Sótanos (2005), Otros altares (2007), Aunque no diga lo correcto (2017), Antología sin descanso (2018), Razón doméstica (2018) y En defensa propia (2020).

 

 

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