El boxeo venezolano está repleto de historias de superación, pero pocas tienen la carga mística, la nobleza filial y el significado histórico de la de Jesús Rafael «Pantoño» Oronó.

Nacido el 30 de agosto de 1958 en el humilde poblado rural de Pantoño (Municipio Ribero, Estado Sucre), aquel muchacho oriental no solo le dio a su tierra un nombre en el deporte universal, sino que inauguró formalmente una categoría entera en los registros del pugilismo global.

Conocido por todos por el nombre de su pueblo natal, «Pantoño», o cariñosamente por sus íntimos como «Maíta», Oronó grabó su nombre en letras de oro al convertirse en el primer campeón mundial de peso supermosca (115 libras / 52.1 kg) en la historia del Consejo Mundial de Boxeo (CMB).

Del oriente a la capital: El hambre de triunfo

Como tantos jóvenes de la provincia venezolana de los años sesenta, la precariedad económica obligó a Oronó a buscar rumbos tempranos. A los 11 años dejó Sucre y se trasladó a Caracas con el firme propósito de trabajar para sostener a su madre. Fue en las calles capitalinas donde se topó con el boxeo y, crucialmente, con el exboxeador Freddy «Cochocho» Rengifo, quien vio sus condiciones naturales y se convirtió en su mentor, entrenador y guía fundamental.

Bajo la tutela de Rengifo, Oronó forjó un estilo vistoso, de excelente alcance (68 pulgadas/173 cm) para su peso, y una resistencia admirable. Su carrera amateur fue fulgurante, acumulando un récord de 49 victorias y apenas 8 derrotas.

Durante este ciclo olímpico, «Pantoño» se cansó de colgarse medallas representando al tricolor nacional:

• Oro en los Juegos Bolivarianos de 1977.

• Oro en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Medellín 1978 (peso mosca).

• Preseas destacadas en los exigentes torneos internacionales de la época como el Giraldo Córdova Cardín en Cuba, el Cinturón de Oro en Rumania y el Boxam en España.

El salto al profesionalismo y la faja histórica

A pesar de tener un boleto casi asegurado y un futuro prometedor para los Juegos Olímpicos de Moscú 1980, la necesidad de proveer un hogar digno para su familia pesó más. En 1979 renunció al olimpismo y dio el salto al profesionalismo. Ese mismo año, demostrando que estaba para grandes cosas, conquistó el campeonato nacional del peso gallo ante Edgar Román en el Nuevo Circo de Caracas.

El momento cumbre de su vida llegó muy rápido, el 2 de febrero de 1980. El CMB había creado una nueva categoría —el peso supermosca— para mitigar la enorme brecha física que existía entre las divisiones mosca y gallo. La faja inaugural, vacante, se disputó en el emblemático Nuevo Circo de Caracas. Oronó se midió cara a cara con el peligroso surcoreano Seung-Hoon Lee.

Fue una batalla campal de 15 asaltos que Oronó ganó por decisión dividida. Décadas más tarde, el propio campeón revelaría una anécdota que define su carácter: en el tercer asalto se fracturó una de sus manos. Cuando en la esquina amagaron con detener el combate, Oronó sentenció de forma tajante:

«No me paren la pelea, porque yo le voy a comprar la casa a maíta».

Peleando prácticamente con un solo brazo, aguantó y se coronó. Cumplió su promesa, y desde entonces sus compañeros del gimnasio lo apodaron también «Maíta».

Reinado, revancha en Seúl y el ocaso

El paso de «Pantoño» Oronó por la cúspide mundial tuvo dos etapas muy marcadas, dejando un récord profesional definitivo de 32 victorias (16 por KO), 7 derrotas y 2 empates:

Primer Reinado (1980-1981)
Defendió su corona con éxito ante el argentino Ramón Balbino Soria y protagonizó en Barquisimeto la primera pelea por un título mundial entre dos venezolanos, al derrotar por nocaut técnico en el tercer round a Jovito Rengifo. Sin embargo, en enero de 1981, el surcoreano Chul-Ho Kim lo sorprendió en el Poliedro de Caracas y le arrebató el cinturón por la vía rápida.

Segundo Reinado (1982-1983)
Lejos de amilanarse, Oronó demostró su casta de auténtico guerrero. Tras hilvanar una serie de victorias en el patio, viajó en noviembre de 1982 al mismísimo territorio enemigo: Seúl. Allí, en el Changchung Gymnasium, le propinó un nocaut técnico en el sexto asalto a Chul-Ho Kim, cobrando venganza y recuperando su faja mundial.

Tras tres exitosas defensas en este segundo periodo (incluyendo victorias sobre Pedro Romero y Raúl Valdez), cedió definitivamente la corona en noviembre de 1983 ante el tailandés Payao Poontarat en una cerrada decisión en Pattaya. Intentó un último asalto a la gloria en 1985 ante el legendario monarca de la AMB, Khaosai Galaxy, pero cayó derrotado.

El retiro de los ensogados y el legado vivo

En 1988, tras un combate en Cartagena, las secuelas físicas y las recomendaciones médicas lo llevaron a colgar los guantes definitivamente. Fiel a sus orígenes y alejado de las falsas luces de la fama, Rafael Oronó regresó al gimnasio, pero esta vez desde la esquina.

Durante décadas se ha dedicado a ser formador, entrenador de boxeo infantil y juvenil en Caracas, transmitiendo no solo técnicas de golpeo y esquive en gimnasios como el «Colorao» Palacios del Brígido Iriarte, sino también la disciplina, la humildad y la caballerosidad que siempre lo caracterizaron dentro y fuera del ring.

Jesús Rafael «Pantoño» Oronó sigue siendo recordado como un caballero del deporte, un hombre que boxeó con el corazón en la mano por el amor a su madre y que inauguró, para la historia del boxeo mundial, el firmamento de los supermoscas.

 

Fuente: Agencias

Ciudad Valencia/Luis Salvador Feo La Cruz