Román Chalbaud: El teatro que ardía en la acera

“El teatro es un espejo, un cuchillo y el país, un cuerpo que sangra.”

Fragmento atribuido a Chalbaud, oído en un ensayo sin libreto.

En la Caracas de los años cincuenta, cuando el tranvía aún se soñaba en los rieles oxidados del recuerdo, un joven de mirada oblicua y verbo encendido caminaba por la avenida Urdaneta como quien recorre un escenario invisible. Román Chalbaud no había escrito aún El pez que fuma, pero ya olía a humo de burdel, a tinta de guion. Su abuela, lectora de Zola y de sombras, le había sembrado el germen de la tragedia con voz de patio y café con leche. Le hablaba de los hombres que se deshacen por dentro, de mujeres que arden sin decirlo, de ciudades que se pudren por dentro como frutas en el altar.

Román Chalbaud: El teatro que ardía en la acera

No solo estudió teatro: lo encarnó. En el Teatro Experimental de Caracas, aprendió a decir con el cuerpo lo que el país callaba con miedo. Allí, entre telones raídos y sillas cojas, descubrió que el escenario no era un lugar, sino una herida abierta. Luego, en Nueva York, bajo la mirada severa de Lee Strasberg, entendió que el sufrimiento también se ensaya, que la rabia puede tener método. Volvió con el método en la maleta y el Caribe en la sangre. Entonces allí, sí: comenzó la función. En la televisión, dirigía unitarios como quien desendemonia. En el cine, filmaba con la urgencia de quien sabe que el país se le escapa entre planos. El pez que fuma mas que película, es un altar. Ahí están los santos de la calle, los ángeles caídos del prostíbulo, la música redime, acompaña. Chalbaud encuadra, ilumina. Su cámara es una lámpara de aceite en medio del apagón. Cada plano es un rezo sin Dios, cada diálogo una confesión sin cura.

En las tablas, sus personajes actúan, arden. La quema de Judas, Los ángeles terribles, La empresa perdona un momento de locura. Cada título es una estación del viacrucis venezolano. Cada obra, una herida que se representa para no supurar. Chalbaud entendió que el arte cura y escolta. Y acompañó a los locos, a los travestis, a los obreros, a los poetas sin beca. Su teatro fue espejo y cicatriz. No era denuncia: Era cuerpo y era rito.

 

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En los pasillos de la televisión estatal, lo veían pasar como a un fantasma con libreto. En los cafés de Sabana Grande, lo saludaban los que sabían que el arte no paga, pero salva. En los camerinos, se le escuchaba decir: “No actúes, vive”. Y en las salas vacías, cuando nadie lo veía, se sentaba en la última fila, como un espectador más, a ver si la escena dolía lo suficiente.

Román Chalbaud Interna

Murió en 2023, pero hay directores que no fallecen: Se quedan en la luz de una marquesina apagada, en el eco de una línea mal dicha, en el humo de un cigarro que alguien enciende antes de entrar a escena. Román Chalbaud fue un país que se representó a sí mismo, con máscara rota y corazón en carne viva.

Todavía, cuando cae la tarde en alguna sala vacía, se escucha su voz:

“¡Luces, cámara… dolor!”

Firmado en la penumbra del escenario, con tinta de sombra y aplauso contenido.

Para Ciudad en Verso y Prosa, por un cronista que aún cree en el telón.

Para mí él era cine y verdad.

Los árboles se inclinaban cuando él pasaba, y de sus ramas caían cintas de celuloide que se enredaban en los pies de los transeúntes, obligándolos a caminar dentro de una película interminable.

El cielo, al verlo, se llenaba de libélulas cristalinas, que no eran presagio de muerte, sino heraldos de historias que ardían en la piel del pueblo.

Román dirigía, invocaba. Las piedras hablaban, los ríos se detenían para escuchar, y hasta los perros callejeros se volvían actores en un teatro invisible que respiraba verdad.

Su cámara era un altar, y cada encuadre un milagro: los fantasmas de la ciudad se volvían carne, los olvidados se coronaban de luz, y la mentira se disolvía como humo frente a su mirada.

Él era cine y era verdad,

pero también era mito,

era Dios de las imágenes,

era el relámpago que abría la oscuridad,

para mostrar que la realidad podía ser sueño,

y que el sueño,

al fin,

sería eternidad.

JLTB

 

¡Luces, cámara… dolor! (Microcuento)

La cámara se encendió como un ojo hambriento. En la escena, un niño vendía periódicos bajo la lluvia, y cada gota que caía sobre su rostro era un aplauso invisible. El director no gritó “acción”, porque la acción ya estaba escrita en las calles: la madre que esperaba en la esquina con hambre en los huesos, el policía que miraba sin mirar, el transeúnte que pasaba con prisa, como si la miseria fuera un decorado olvidado.

El lente capturó la verdad sin maquillaje: el temblor de unas manos que no sabían si pedir o resistir, el eco de una ciudad que sangraba en silencio. Cuando la toma terminó, nadie aplaudió. Solo quedó el murmullo de la lluvia y la certeza de que el cine, cuando se atreve a mirar de frente, no ilumina la ficción, sino la herida.

 

Nota del autor:

No existe un registro histórico ni oficial de que alguien más haya acuñado la frase:

“¡Luces, cámara… dolor!”.

La expresión reconocida en el mundo del cine es “¡Luces, cámara, acción!”, atribuida al director estadounidense David W. Griffith a inicios del siglo XX

La variante “¡Luces, cámara… dolor!” es una reinterpretación artística o literaria, usada en este contexto poético, crítico y narrativo para subrayar que el cine no solo muestra ficción, sino también sufrimiento, verdad y crudeza social. Es una creación contemporánea inspirada en el estilo de directores como Román Chalbaud, quien convirtió el dolor y la realidad venezolana en materia cinematográfica.

JLTB.

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El Teatro

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José Luis Troconis Barazarte 1

José Luis Troconis Barazarte es artista, narrador, docente y sembrador de lenguajes. Licenciado y Magíster en Artes Visuales y Escénicas por Strayer College (Washington D.C.), doctor en Historia del Arte por Bircham International University y la Universidad de Salamanca (España), ha hecho de la interdisciplina su firma y de la cultura su morada.

Fue director de Cultura de la Universidad Arturo Michelena y coordinador cultural de la Alianza Francesa de Valencia. Fundó y dirige CEINFOLEIM, un espacio de creación y formación artística donde enseña siete idiomas, música y literatura creativa. Desde allí impulsa movimientos como Cacao Tekisuto, centrados en el mestizaje simbólico y la maduración lenta del arte.

Ha sido premiado en certámenes de relato breve en España, ganador de la Bienal Internacional de Literatura Vicente Gerbasi (2017) y ha publicado los libros Empáticos y Cartas a la Soledad (2025). Su obra circula en más de 30 antologías digitales. 

Interprete de lengua de señas, diseñador digital, guionista, director coral y fundador de FUNDÁCRO, su travesía creativa se nutre de la danza, el relato, la música y como médico de la sanación. 

 

Escribe como quien borda, con barro en los pies

cielo en la lengua, fuego en la voz,

con oído de calle y pulso de viento. 

Poeta que escucha lo que otros callan 

y traduce silencios en tinta viva.

(Reseña de Antonio V. Díaz B.)

 

Ciudad Valencia / RM