La relación con la República parece distinta entre nuestros dos educadores icónicos. Simón Rodríguez abandona Caracas y se embarca para el extranjero pocos días después de debelada la conspiración independentista y republicana de Gual y España.
Andrés Bello es un oficial de la Secretaría de la Capitanía General de Venezuela, con dignidad y reconocimiento de la Corona para el momento de la conspiración del 19 de abril de 1810. Sus relaciones con la aristocracia caraqueña y su prestigio intelectual le permiten su integración a la misión diplomática que viaja a Londres en búsqueda de reconocimiento para el nuevo gobierno.
Al regresar a nuestro continente, Simón Rodríguez recibe la calurosa bienvenida del Libertador, quien le encomienda la responsabilidad del proyecto educativo de la República de Colombia. Simón Rodríguez está empeñado en una República que rompa las ataduras coloniales, no sólo desde el punto de vista político, sino también económico y social.
No es posible una verdadera República sin crear las condiciones para nuevas relaciones igualitarias al interior de las sociedades americanas. Exalta a Simón Bolívar como líder de esta segunda independencia. Esta posición le acarrea el cerco del poder político constituido, de los terratenientes y del clero. En consecuencia, vivirá un ostracismo interior en Sudamérica y como Bolívar, derrotado, verá incumplido su deseo de retornar a Europa.
Andrés Bello, en Inglaterra, observará con interés la estabilidad del gobierno constitucional monárquico de Gran Bretaña, lo cual influirá en sus convicciones y en las acusaciones de monárquico que recibirá a la sordina en Colombia.
En Nuestra América, sus relaciones con los conservadores o “pelucones” chilenos, excusables por las dificultades anteriores de su reubicación en nuestra Colombia, le permiten influir en los planes educativos oficiales, la legislación y las relaciones internacionales de su país de adopción, en términos de una continua y creciente influencia política que no llegó a tener Simón Rodríguez en ninguna parte después de su derrota política y de clase como director de instrucción pública en Chuquisaca, Bolivia, para lo cual había sido designado por Bolívar.
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La posición progresista y liberal de Bello frente a las nuevas corrientes sociales y políticas de Europa nunca le comprometió más allá de prudentes límites intelectuales, favoreciendo aperturas en la prensa y para la eliminación de la censura.
Rodríguez y Bello tuvieron una común angustia frente al caos político y militar que impidiese cimentar nuestras nuevas repúblicas. Mientras Bello influyó en la estabilidad institucional de la nación chilena como “sabio Néstor” de sus autoridades, Rodríguez padeció la diáspora y la muerte tras la desintegración de Colombia y la tragedia de Bolívar y sus partidarios.
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Juan Medina Figueredo (Aragua de Barcelona, 1947): Polígrafo de raza, ha incursionado en la poesía, el ensayo literario y el análisis socio-político. Su rebeldía política y cultural no es panfletaria sino solidaria, al punto de estar bien aliñada por su bondadosa personalidad. No se le puede reclamar nada, pues sus convicciones ideológicas y su quehacer escritural apuntan a una conciencia ética y espiritual inconmovible.
Entre sus libros contamos “Reverberaciones” (1995, poesía); los ensayos “La Terredad de Orfeo” (dedicada al poeta Montejo) y el libro comuna que es “Siglo XXI, educación y revolución” (2010) con su estructura en redes que comunica la crónica y el ensayo; el volumen de cuentos “La Visita del Ángel” (2010) y la novela “Por un leve temblor” (2014). Con estos dos últimos ganó el premio de narrativa de Fundarte y una mención de publicación del mismo sello editorial, respectivamente. Que nosotros sepamos, caso único en este certamen literario.
Su poesía ha sido publicada en dos colecciones poéticas importantes como “El Corazón de Venezuela. Patria y Poesía” y “Rostro y Poesía” de la Universidad de Carabobo. Su periplo literario apuesta por un decir directo y no mediatizado por los discursos académicos autorizados. (Reseña de José Carlos de Nóbrega)
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