Simón Rodríguez y Andrés Bello pertenecen a la llamada generación de libertadores o de la revolución de independencia nuestro-americana. Ambos son iconos de nuestra nacionalidad oficialmente exaltados, pero muy desconocidos por el común de nuestros ciudadanos, maestros y estudiantes.
Simón Rodríguez popularizado como escritor iluminado e iluminante, con su lápiz de maestro engarzado en una oreja, pero extraño, con su imagen extravagante y desaliñada, con una personalidad que ha provocado hasta estudios psiquiátricos, como los realizados por Arturo Guevara y Mario Torrealba Lossi.
Andrés Bello, venerado como autoridad intelectual, pero distante, con su rostro adusto y reposado, con la leyenda sagrada de una pluma o un pergamino entre su mano o el laberinto mítico de una biblioteca tras de sí.
Ambos orgullosos de su dignidad. El uno, Simón Rodríguez, sin patria pequeña, sin hogar y sin familia reconocida, acusado de loco, dromómano y ateo. El otro, Andrés Bello, con creciente nostalgia lugareña, de sólida tradición familiar y catolicismo fervoroso, difamado como delator y apátrida, monárquico y conservador.
Cada uno con un común exilio en Europa, pero con aprecio diferente en la opinión del común de sus conciudadanos; admirable en Simón Rodríguez por proscrito y por su encuentro con Bolívar y su juramento del Monte Sacro; peyorativo en Andrés Bello, infamado por “colaboracionista” del régimen colonial y por su ausencia de la contienda bélica.
Ambos con destino vital polarizado tras su vuelta a la patria común. El uno errabundo y náufrago, desterrado hasta en la aldea donde muriese, con sus huesos olvidados y desconocidos y quizás nunca en verdad identificados, con su baúl de manuscritos finalmente incendiados en Guayaquil en 1896. El otro, superada su inicial extrañeza frente a su nueva patria chilena, convertido en un influyente jurista, educador y publicista, ve alargados sus días de digna, influyente y fructífera senectud, hasta morir apaciblemente en su hogar, rodeado de la admiración de todos los hispanoamericanos.
La sombra de Bolívar pesa dramáticamente de forma diferente sobre cada uno de ellos. Es cierto que Simón Rodríguez presentó sus ideas reformadoras de la escuela a las autoridades locales de Caracas, antes de su emigración al extranjero, y que Andrés Bello inicia su labor histórica, poética y lingüística en los umbrales de su autonomía intelectual, en Caracas, antes de su viaje a Londres.
Pero fue Bolívar quién llamó la atención, con marcadas anticipación, lucidez, inspiración y premura sobre nuestras características peculiares, etnográficas e idiosincráticas de los americanos, tal como lo testimonian sus célebres “Carta de Jamaica” y “Discurso ante el Congreso de Angostura”.
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Más allá de esta circunstancia, no se puede desconocer la epopeya intelectual libertadora de Simón Rodríguez y de Andrés Bello. Asimismo, se ha observado, a pesar de la consideración de parte de Bolívar por Rodríguez y por Bello como sus apreciados maestros, una notable diferencia en el afecto y el trato del Libertador para con ambos educadores.
La amistad y la fidelidad entre Rodríguez y Bolívar bordea la exaltación, y muerto el discípulo, corresponde a su maestro continuar su defensa. Siempre lamentará Rodríguez la separación de su discípulo, tras su encuentro en el Sur.
Bello, por su parte, diferenciará su admiración y elogio por el Libertador de cualquier adulación y genuflexión. Se resentirá de la reticencia y distancia del Libertador, que lo obligarán a buscar nuevo destino en Chile. Tarde llegarán el reconocimiento de Bolívar hacia su admirado maestro y compatriota y su apremio por garantizar la continuidad de sus servicios a Colombia y de un lugar para él donde lo quisiese y decidiese en esta República.
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Juan Medina Figueredo (Aragua de Barcelona, 1947): Polígrafo de raza, ha incursionado en la poesía, el ensayo literario y el análisis socio-político. Su rebeldía política y cultural no es panfletaria sino solidaria, al punto de estar bien aliñada por su bondadosa personalidad. No se le puede reclamar nada, pues sus convicciones ideológicas y su quehacer escritural apuntan a una conciencia ética y espiritual inconmovible.
Entre sus libros contamos “Reverberaciones” (1995, poesía); los ensayos “La Terredad de Orfeo” (dedicada al poeta Montejo) y el libro comuna que es “Siglo XXI, educación y revolución” (2010) con su estructura en redes que comunica la crónica y el ensayo; el volumen de cuentos “La Visita del Ángel” (2010) y la novela “Por un leve temblor” (2014). Con estos dos últimos ganó el premio de narrativa de Fundarte y una mención de publicación del mismo sello editorial, respectivamente. Que nosotros sepamos, caso único en este certamen literario.
Su poesía ha sido publicada en dos colecciones poéticas importantes como “El Corazón de Venezuela. Patria y Poesía” y “Rostro y Poesía” de la Universidad de Carabobo. Su periplo literario apuesta por un decir directo y no mediatizado por los discursos académicos autorizados. (Reseña de José Carlos de Nóbrega)
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