Amigas y amigos, constructores de sueños, forjadores de esperanzas, en 1826 ocurrieron tres acontecimientos históricos que marcaron el destino político de Colombia: el movimiento separatista de La Cosiata, ocurrido en Valencia en abril, la instalación del Congreso Anfictiónico de Panamá en junio, y el retorno de Bolívar a Venezuela en diciembre para “salvar” la unión grancolombiana de la “guerra civil”.
Lo último implicaba mantener la unidad de la supranación, aspecto en el que el Libertador —conceptual y políticamente— había sido especialmente persistente. Una preocupación que puede rastrearse hasta el discurso en la Sociedad Patriótica y el propio Manifiesto de Cartagena, documento en el que alertaba sobre el carácter continental de la gesta emancipadora afirmando: “Coro es a Caracas como Caracas es a la América entera”; pasando por la propuesta de una confederación esbozada en la Carta de Jamaica; la creación de Colombia, planteada en Angostura; hasta la convocatoria al congreso en Panamá.
DEL MISMO AUTOR: CONGRESO ANFICTIÓNICO DE PANAMÁ DE 1826

La unión es la que nos falta
Uno de los aspectos más resaltantes en el pensamiento político de Simón Bolívar es la unidad como requisito fundamental para alcanzar la derrota militar del imperio español y asegurar la independencia de las nacientes repúblicas. Este no fue un propósito sobrevenido, estimulado por los triunfos militares obtenidos de forma consecutiva desde 1819 en Boyacá, Carabobo, Bomboná y Pichincha; gestas con las que se alcanzó la liberación del territorio grancolombiano.
Mirado con atención, es posible advertir signos de su existencia desde una fecha tan temprana como el año 1811 en su discurso ante la Sociedad Patriótica. Tras exhortar a los miembros del Congreso a decantarse por la declaratoria de independencia, en la conciencia de lo que ello implicaría para el continente meridional, afirmaba: “pongamos sin temor la piedra fundamental de la libertad suramericana. Vacilar es perdernos”. Desde entonces fue reiterativo en que la lucha contra España no podía tener un carácter local sino concitar la participación y empeño de los patriotas americanos.
La perspectiva de unidad continental tomó mayor consistencia en la llamada Carta de Jamaica, documento en el que, partiendo de una revisión sucinta de la historia e idiosincrasia de los pueblos de la región, terminó proponiendo una confederación de naciones capaz de garantizar los comunes intereses. En ese entonces afirmaba: “seguramente la unión es la que nos falta para completar la obra de nuestra regeneración”.
Más tarde, durante el discurso de instalación del Congreso de Angostura, concretó su propuesta de unidad supranacional. Para Bolívar las ventajas comparativas derivadas de las potencialidades naturales: vastos suelos fértiles, abundante agua, variedad de riquezas minerales y forestales; privilegiada posición geoestratégica que aseguraba comunicación a través de ambos océanos con el Mar Caribe, Europa y Asia; convertirían a Colombia en una potencia económica, política y militar, llamada a estar “sentada en el trono de la Justicia, coronada por la gloria”, mostrando “al mundo antiguo la majestad del mundo moderno”.
La etapa cumbre de la visión unionista del Libertador fue la convocatoria al Congreso Anfictiónico de Panamá, realizada el 7 de diciembre de 1824 e instalado el 22 de junio de 1826. A grandes rasgos, su propósito era asegurar la independencia de las nacientes repúblicas mediante una alianza que posibilitara la cooperación militar mutua en caso de agresión; fomentara la cooperación económica y creara un mecanismo de consulta supranacional que sirviera de asesor a los gobiernos e instancia de consulta para asuntos de interés mutuos.
La visión de unidad continental bolivariana se vio afectada porque el Congreso Anfictiónico no produjo los resultados que el Libertador esperaba, porque los efectos de una prolongada guerra producían dificultades económicas en Colombia, porque existía un sentimiento federalista impulsado por las élites regionales que se oponía el centralismo bogotano, aspecto, este último, que tuvo gran relevancia en los llamados sucesos de la Cosiata.
Estoy resuelto a todo por Venezuela
El 29 de abril de 1826, el cabildo de Valencia ofreció respaldo absoluto al general José Antonio Páez reconociéndolo en el cargo de Comandante General del Departamento de Venezuela del que había sido depuesto. El pronunciamiento, que respondía a la intención del Congreso colombiano de enjuiciar a Páez por excesos cometidos en el proceso de alistamiento militar solicitado por el propio gobierno, en el fondo terminó alentando las ambiciones autonomistas que albergaba buena parte de la élite venezolana, fracturando severamente la unidad grancolombiana.
Desde el primer momento en que tuvo noticias de lo ocurrido, Bolívar reconoció la gravedad del hecho, alertó sobre las intrigas políticas que subyacían al intento de enjuiciar a Páez, así como de la gravedad que representaba del pronunciamiento del cabildo valenciano que terminaba desconociendo las instituciones y el gobierno de la República.

A Páez envió cartas y emisarios que buscaban hacerlo deponer su actitud, reconocer las instituciones del Estado y persuadirlo de una escalada del conflicto —emisarios que como O`leary no cumplieron fielmente sus instrucciones. A Santander le reconoce que la República estaba al borde de la disolución y que, en su opinión, la mejor solución sería invocar a la soberanía popular adelantando la convocatoria de la Gran Convención Nacional —prevista en la Constitución— para que decidiera el destino de Colombia.
Es en este contexto, y ante el escalamiento del conflicto, que Bolívar decidió regresar a Venezuela para “salvar” la unión grancolombiana. Propósito en el cual antepuso su capacidad política y diplomática a la de guerrero. En la proclama, que dirigió desde Maracaibo el 16 de diciembre de 1826, expresaba: “¡Venezolanos! Os empeño mi palabra. Ofrezco solemnemente llamar al pueblo para que delibere con calma sobre su bienestar y su propia soberanía” convocando la “Gran Convención Nacional. Allí el pueblo ejercerá libremente su omnipotencia, allí decretará sus leyes fundamentales”.
A Páez, en la medida en que se acerca a Venezuela, le habla en distintos tonos, según el desarrollo de los acontecimientos. Hacia mediados de noviembre de 1826 le afirmaba: “Mi querido general: Ya estoy en la capital de la república y lleno de celo por salvar a Venezuela u Vd. He sabido los males que padece mi país nativo, los peligros que corren mis primeros y más queridos amigos y compañeros de armas…estoy resuelto a todo por Venezuela y por Vd”.
Más tarde, el 11 de diciembre, cuando tiene noticias más claras de la abierta intención separatista que ha tomado el conflicto, del sitio militar que sobre la plaza de Puerto Cabello había ordenado Páez y de las escaramuzas que habían producido la muerte de algún soldado; y de hechos similares el oriente en lo que estuvo involucrado Bermúdez, eleva el tono de su mensaje:
“Ruego a Vd, mi querido general, que no desoiga estas palabras de concordia, estas palabras de salud… Aparte Vd de su lado los que otra cosa le aconsejen. Conmigo ha vencido Vd; conmigo ha tenido Vd gloria y fortuna; y conmigo debe Vd esperarlo todo. Por el contrario, contra mí el general Castillo se perdió, contra mí el general Riva Agüero se perdió y contra mí se perdió el general Torre Tagle. Parece que la providencia condena a la perdición a mis enemigos personales, sean americanos o españoles; y vea Vd hasta donde se han elevado los generales Sucre, Santander y Santa Cruz”.
Bolívar eleva el tono de la correspondencia —sin perder el carácter conciliador y diplomático— como estrategia disuasiva que procuraba inducir a Páez para evitar una escalada mayor del conflicto. Esto explicaría por qué, a pesar de los apoyos militares que fue recibiendo —Montilla, Bermúdez, Silva, otros, y de la deserción que había experimentado parte de algunos batallones que respaldaban a Páez pasándose al bando del Libertador— éste no se haya decantado por la opción militar.
Bolívar insiste en nuevas comunicaciones conciliadoras: “Crea Vd que no pretendo hacer triunfar un partido sobre otro… No me opondré a la federación y tampoco quiero que se establezca la constitución boliviana. Solo quiero que la ley reúna a los ciudadanos”.
La máxima expresión de los esfuerzos realizados por Bolívar para preservar la unidad de Colombia fue el Decreto de Amnistía emitido el 1 de enero de 1827 en el que establece tres aspectos fundamentales: pendón y olvidos de los delitos imputados a Páez, nombramiento como Jefe Superior Civil y Militar de Venezuela, reconocimiento de la autoridad de Bolívar como presidente de Colombia.
En esta coyuntura los esfuerzos realizados por Bolívar de preservar la unidad como requisito fundamental para salvar la República, demostraban un aprendizaje político que le permitía anteponer el interés colectivo de este momento histórico a circunstancias coyunturales, apostando que su prestigio personal y su influjo político serían suficientes para alcanzar el triunfo en la Gran Convención que terminaría reuniéndose en la población de Ocaña en el año 1828.
La unidad es la premisa fundamental de la actuación del Libertador, al menos, hasta la decisión de convocar el llamado Congreso Admirable, que terminará reuniéndose en enero de 1830.
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Ángel Omar García González (1969): Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales, y Magister en Historia de Venezuela, ambos por la Universidad de Carabobo, institución donde se desempeña como profesor en el Departamento de Ciencias Sociales de la Facultad de Educación. En 2021 fue galardonado con el Premio Nacional de Periodismo Alternativo por la Columna Historia Insurgente del Semanario Kikirikí. Ganador del Concurso de Ensayo Histórico Bicentenario Batalla de Carabobo, convocado por el Centro de Estudios Simón Bolívar en 2021, con la obra “Cuatro etapas de una batalla”. Es coautor de los libros “Carabobo en Tiempos de la Junta Revolucionaria 1945-1948” y “La Venezuela Perenne. Ensayos sobre aportes de venezolanos en dos siglos”.
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