La memoria es una geografía imprecisa. Sobre todo cuando se trata de música. Tanto que en Venezuela es un mapa privilegiado. Si no lo creen tomemos un solo ejemplo: Serenata Guayanesa.

Cincuenta y cinco años no son, para esta agrupación, una cifra que se celebra con la fría pompa de los aniversarios institucionales, sino una sucesión de instantes musicales donde el tiempo se ha detenido para replegarse sobre sí mismo.

Fue en 1971, una noche casual donde la música y el destino se confabularon en la residencia del entonces gobernador del estado Bolívar. Un puñado de jóvenes —los hermanos Pérez Rossi, Mauricio Castro y Hernán Gamboa— no sabían que aquella velada nocturna fundaba una de las instituciones más entrañables del alma venezolana.

 

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Lo que comenzó como la espontaneidad del canto compartido se transformó en una empresa de rescate: la decisión de que los ritmos de la patria no fueran devorados por el olvido.

Hay en Serenata Guayanesa esa cualidad de lo perdurable que define a los clásicos: la capacidad de ser contemporáneos a todas las generaciones. Su repertorio, esa cartografía sonora que abarca desde el joropo llanero hasta el calipso de El Callao, pasando por la guasa, el joropo oriental y la fulía, no es un museo de curiosidades folclóricas, sino un territorio vivo.

Lo que nos confirma que la cultura popular auténtica no se conserva en vitrinas, por el contrario: se reinventa en el uso cotidiano. Y Serenata Guayanesa, sin arqueologías pedantes, nos recordó que el folclor respira cuando la voz humana lo habita.

 

 

Pero su grandeza, quizás, reside en la decisión de educar cantando. Aquel giro hacia el cancionero infantil, esa apuesta por los niños para que aprendieran a ser venezolanos antes de aprender a ser adultos, convirtió a la agrupación en una suerte de abuelo lírico de varias generaciones.

«La pulga y el piojo», «La botellita» o «Este niño Don Simón» no son meras canciones: son pequeños tratados de humanidad donde el humor, el deseo y la picardía se dan la mano. Canciones que enganchan de inmediato y que testimoniamos cuando nuestros hijos y nietos, en un 24 de diciembre entre los cantos y aguinaldos de la temporada, se cuela “Corre caballito…vamos a Belén”…

Serenata Guayanesa es un ejercicio de claridad y misterio. Su polifonía —esa arquitectura vocal que tanto debe al trabajo coral de sus integrantes a lo largo de los años— es el testimonio de que la armonía es su resolución elegante. La continuidad de su sonido, posible gracias a la entrega de músicos como Miguel Ángel Bosch y Sabin Aranga, nos habla de una tradición que se transmite de generación a generación.

 

 

En un país donde la identidad suele ser campo de disputa, Serenata Guayanesa ha sido un faro que permite orientarnos a puerto seguro. Su música no necesita proclamas de patriotismo porque ya es, ella misma, un acto de venezolanidad. Cuando sus voces se alzan, la patria se vuelve audible en toda Venezuela y no la de la retórica de los discursos de salón.

Cincuenta y cinco años después, su legado es una prueba incontestable: la cultura popular venezolana, lejos de ser un residuo del pasado, es el futuro que se juega cada día. Como los grandes escritores que han sabido mirar la realidad desde el vértigo de lo cotidiano, Serenata Guayanesa nos ha enseñado que lo trivial —una canción infantil, un aguinaldo, un golpe llanero— es, en realidad, lo único que merece ser llamado eterno.

 

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Simón Petit-Crónicas Melómanas-Neil Young

Simón Petit (1961), Punta Cardón, es consultor cultural, escritor, guionista de cine y televisión, columnista de prensa y revistas literarias, productor y locutor de radio y televisión.

Ha publicado los poemarios: Bajo la Grúa (1991), Otros a la Intemperie (1992), Bajo la Grúa Sobre el Andamio (1999), Sol Sostenido (2001), La Mirada Impía (2004), Desmemoria Infiel (2010), Vieja Luna (2011), El Eco Formidable (2014) y 50 Haikús y 7 Tankas al pie de un volcán (2019).

Entre otros ha obtenido el Premio Nacional de Guion Cinematográfico en Super 8, 3er Premio Mejor Película en el VI Festival Nacional de Cine S8 por su película “Tránsito de Sombras” y 1er Premio Nacional por la misma película en 1988 en el V Encuentro Nacional de Cine S8. Premio Municipal de Literatura del Municipio Carirubana en 1992.

Invitado a la Cátedra de Poesía José Antonio Ramos Sucre de la Universidad de Salamanca en el 2012.

 

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Ciudad Valencia/RN