terremoto portada

A media mañana de este 11 de junio bajé a la bodega para comprar algunos detallitos que me faltaban para que el almuerzo quedara sabroso.

—Buenos días, bendecido —saludé al amigo Carlos. Él me contestó del mismo modo—. Vengo a comprar algo pero, ¿qué tal si hablamos un ratico? Tengo día y medio que solo hablo con la computadora y necesito interactuar con un humano.

—Entonces siéntate y conversemos —dijo, mientras me buscaba un banquito.

—¿Y la bendecida? —le pregunté.

—Preparando el almuerzo. Nos levantamos tarde luego del temblor de anoche.

—¡Cierto, bendecido! —exclamé—. Entonces el «jamacazo» de la cama y el sonido metálico… fue un temblor lo que me despertó en la madrugada, pero no le di mucha importancia porque tenía sueño. Solo esperé oír algún grito o personas en los pasillos y, como todo estaba en silencio, me volví a dormir.

 

DE LA MISMA AUTORA: LA VIDA EN UNA BOLSA DE PAPEL

 

—Nosotros estábamos llegando —me siguió comentando—. Sentí el bandazo de la cama al sentarme y creí que era María. Volteé a preguntarle por qué se tiraba con tanta fuerza, pero el cuarto estaba solo. Salí corriendo a avisarles, pero restaron importancia al asunto; pensaron que era un carro estallando en la autopista».

Al ponerme a averiguar por el teléfono si había ocurrido algún temblor esa madrugada, encontré que sí: había sido cerca de Guacara, con una profundidad de 2.2 kilómetros y una magnitud de 3,6.

En ese momento sentí curiosidad por saber si el amigo había sentido el terremoto de Caracas del 29 de julio de 1967. Le hice la misma pregunta a otras dos personas. Tres testimonios en total para intentar cercar el recuerdo de aquel día cuando la tierra rugió».

 

terremoto periódico

 

Primer testimonio: «El asfalto como olas del mar»

Carlos Briceño (Valencia)

 

Carlos cuenta que en ese entonces trabajaba en la Colgate situada cerca de la Michelena.

—Me encontraba en la planta baja de la compañía, cuando escuché un ruido muy fuerte. Te diré que imaginé a la tierra gritando y vi las máquinas moverse en una forma ondulada, como las olas del mar. El temblor movía las máquinas de esa manera, como cuando se sacude una sábana, subían y bajaban.

Cada planta tenía de 15 a 20 brigadistas adiestrados para esos eventos. Salíamos en fila hasta el lugar que estaba indicado para resguardar al personal. Para ese entonces, en todos los departamentos se averiguaba si el personal estaba bien y completo. Luego regresamos a la empresa y revisamos para ver si había algo dañado.

 

Segundo testimonio: «El ruido de la tierra era impresionante»

Dr. Luis A. Bustamante (Caracas)

Para el año 1967 tenía diez años y, si mal no recuerdo, los hechos sucedieron el 29 de julio. Toda la familia se fue el 24 de julio para la bahía de Turiamo, en el estado Aragua. Estuvimos pasándola bien hasta el 26 o 27, cuando notamos que la marea fue cambiando y no nos pudimos seguir bañando dado que el oleaje era muy fuerte.

Nos regresamos a Caracas el 28 de julio. Para entonces vivíamos en El Cafetal, en una casa de dos plantas que, luego del terremoto, supimos que estaba construida sobre un terreno no muy sólido.

El 29 de julio estábamos todos en la habitación que colinda con la de mis padres viendo El Zorro, y después venía El batazo de la suerte, programas que le encantaban a toda la familia. Cuando terminó El Zorro, tanto mi abuela materna como mi mamá se levantaron. Una agarró para la cocina, que quedaba en la parte de abajo, y mamá fue al baño de su habitación. Ya eran casi las ocho de la noche.

En ese momento comenzó el movimiento sísmico y todos comenzamos a temblar. Nosotros quisimos salir corriendo, pero mi papá nos atajó en plena carrera. Mamá salía del baño y, junto a ella, nos colocó bajo el dintel de la puerta de la habitación principal, es decir, la de mis padres, y nos abrazó.

Aquello se estaba estremeciendo muy fuerte y el ruido de la tierra era impresionante. Por primera vez oí a la tierra gritar. Recuerdo ese abrazo fuerte de mi padre intentando calmar el tiritar de nuestros cuerpos.

Lo más inolvidable para mí fue que siendo mi padre un ateo por convicción o formación política; nunca esperaríamos que él hiciera una plegaria dirigida a Dios. A mis diez años no pensé oír de él, mientras nos tenía abrazados a todos debajo del dintel de la puerta —al mismo tiempo la abuela gritaba desde la planta baja: «¡No puedo subir, esta pared se quiere partir!»—, decir esas palabras: «Dios mío, para esto que está ocurriendo en este momento». Para nosotros fueron trascendentales y significativas aquellas líneas donde pedía que cesara el terremoto, porque inmediatamente el sismo fue disminuyendo poco a poco hasta que se detuvo. De inmediato salimos todos corriendo hacia donde estaba la abuela. Ella presenció cómo se fracturó en cruz una de las paredes de la cocina.

 

terremoto catedral

 

Cuatro casas más abajo, en la avenida El Morao de El Cafetal, vivía mi tío Gustavo Bustamante con su esposa y sus cinco hijos. Bajamos para saber cómo estaban y, al llegar a la casa, supimos que el tío estaba de guardia en el hospital. Solo encontramos a la tía Lourdes y a mis primos. En ese momento se produjeron réplicas menos fuertes, igual seguíamos temblando, bajando, y sin mirar atrás hasta llegar al estacionamiento que tenía techo. Nos instalamos allí con colchonetas, colchones, camas, el televisor, y permanecimos el sábado, el domingo y muchos días más, sin atrevernos a mover.

 

Tercer testimonio: «Gruñe la bestia por la ventana»

Mi testimonio… (Caracas)

En ese tiempo residíamos en el piso 14 del edificio número 1 de Las Lomas de Urdaneta, ubicado en Catia. Estábamos viendo televisión mamá y yo esa noche. A mi hermana le dieron permiso para ir a una fiesta en el edificio 3, que estaba justo enfrente del nuestro.

Ya habíamos cenado y mamá puso el televisor. Estaba por empezar el “Miss Universo” por el canal 8. De repente el edificio se comenzó a mecer de arriba hacia abajo dando la impresión de que en cualquier momento se partiría en dos.

Con los pelos crispados nos levantamos del sofá. Seguidamente mamá me estampó con su cuerpo a la viga principal de la estructura. Lo único que oía era a mi madre gritar y a ese horrible ruido que se metía por las ventanas; imaginaba que era un monstruo que nos devoraría al entrar.

Los gritos que se oían eran desgarradores. Al terminar el movimiento salimos hacia el pasillo con el temor de que el muro hubiera cedido, pero seguía en pie. En todos los edificios de los alrededores se escuchaban los lamentos. Al rato pasó una vecina llamando a mi mamá e insistiéndole que bajara. Ya todos iban por las escaleras de una manera controlada; nadie se empujaba ni agredía. Todos fuimos bajando con la tranquilidad del desesperado.

Al rato llegó mi hermana con el aliento cortado. Nos abrazamos las tres en un solo llanto. Sucedieron varias réplicas, pero fueron de menor intensidad. Allí nos quedamos esperando noticias de lo que había pasado en los otros bloques. Se comentó que en el edificio 6 celebraban una boda y que fue tal el susto de los recién casados en el momento del terremoto que decidieron lanzarse al vacío, cumpliendo de forma trágica lo que el cura les acababa de decir: «Hasta que la muerte los separe».

También en otros hicieron lo mismo algunas personas mayores. El terremoto no dañó la infraestructura de nuestro edificio, apenas dejó algunas grietas. Los fallecidos, casi en su totalidad, fueron por suicidio, infarto y uno que otro accidente por salir corriendo en la oscuridad mientras temblaba.

Al otro día, mamá recogió en una maleta y en un par de bolsos nuestra ropa y la de ella. Cerró el apartamento, nos fuimos al Nuevo Circo —el antiguo terminal de pasajeros— y jamás volvió. Se perdió el apartamento, ni qué decir de lo que en él estaba; no hubo nadie que la aconsejara recuperarlo. Ahora sí era definitivo: viviríamos en Maracay.

Estoy segura de que todo aquel que tuvo ese encuentro cercano del tercer tipo con el terremoto del 29 de julio de 1967 tiene muchas cosas que recordar. Esta vez para nosotros todo quedó en un susto, pero… ¿y aquellos que hoy no están para contarlo?

 

TE INTERESA:

In memoriam Carlos Rocha, poeta

 

***

 

Carmen Pacheco foto nueva columna BOTERO

Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato. Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez. También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.

Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves. También integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).

 

Ciudad Valencia/RN