Hay que pedir a Dios y a la Virgen esa calma
tan necesaria para nuestros corazones
Padre Óscar Monzón
Decidida a hablar con el párroco Óscar Monzón, de la Parroquia San Agustín de Guacara, entré por una de las puertas anexas al templo. En ese lugar se encargan de los trámites para la primera comunión, el bautismo y la confirmación —los tres sacramentos de iniciación cristiana en la Iglesia Católica—. Allí me encontré con la joven Isolina, a quien le pregunté si el párroco se encontraba.
La chica se veía algo nerviosa, por lo que no dudé en preguntarle qué le pasaba.
—Es que ya no me gusta acercarme a la ventanilla, porque en estos días he pasado varios sustos —me confesó.
—A ver, cuéntame, ¿qué te ha pasado?
—Hay una persona de la calle que ha venido varias veces a insultarme. Otro día arrugó un billete y me lo lanzó a la cara; en otra ocasión se asomó por la ventanilla con una mirada amenazante. Es por eso que me da temor estar cerca de esa ventana.

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—¿Y hoy ha pasado por aquí? —le pregunté.
—Hace un rato estuvo —comentó, aún algo nerviosa.
Luego de conversar un momento con ella para tranquilizarla, le expliqué el motivo por el cual estaba allí.
—Amiga, ¿el padre Óscar Monzón se encuentra?
—Acaba de irse. La misa terminó hace un momento y ya salió —me respondió (hablo del martes 21 de julio).
—¿Cuándo crees que pueda conversar con él? —le pregunté.
—Acércate esta tarde. La misa es a las cinco y puede que te atienda antes o después del servicio.
Estuve de acuerdo y le dije que vendría para la misa de esa hora. Más tarde, estando en la plaza, vi pasar a un hombre con las características del supuesto acosador. Sin dudarlo, corrí para tomarle una fotografía. Logré captar su imagen mientras se alejaba y fui a mostrársela a la joven, quien de inmediato lo reconoció. Habrá que estar muy atentos a esta persona para evitar males mayores.
Mi visita al párroco de la Parroquia San Agustín de Guacara tenía como propósito conocer, de primera mano, cómo se vivieron los terremotos del 24 de junio a esa hora en que él oficiaba la misa. Sin embargo, antes de relatar ese encuentro, quiero compartirles un breve recuento de nuestro hermoso templo.

La Iglesia San Agustín de Guacara, construida originalmente como templo de mampostería en 1687, fue destruida por el gran terremoto de 1812. Levantada nuevamente en 1845 y remodelada en 1933, resguarda valiosas piezas históricas, como la venerada imagen del Santísimo Cristo de las Violetas.
Este pasado 24 de junio, el templo volvió a sufrir daños considerables en su fachada, techo, paredes internas y en el área del coro, lo que obligó a las autoridades a mantener el recinto cerrado por precaución.
Llegué a eso de las cuatro y media al lugar donde se oficiaría la misa: la cancha de la casa parroquial, donde también funciona el Instituto Jesús Obrero. No sé si fueron cosas mías, pero al entrar y atravesar un corredor oscuro que me condujo hacia una puerta de la que brotaba una intensa luz, sentí de lleno la presencia de Dios. El espacio donde se celebraría la liturgia era sencillo, sin ínfulas de catedral. Siempre he pensado que así debe ser el lugar perfecto para orar y comunicarse con el Padre Celestial: humilde, cálido y acogedor.
Como el padre Óscar Monzón aún no había llegado, me acerqué a un grupo de damas que sirven como Ministros de la Eucaristía; entre ellas se encontraba Yulimer Castillo, «Dama del Altar». Me identifiqué como cronista del diario Ciudad Valencia digital y les expliqué que me encontraba allí con la intención de conversar con el párroco. Ellas, sumamente atentas y amables, me aseguraron que le entregarían mi mensaje tan pronto como llegara.
Ya era hora de comenzar la misa cuando el párroco hizo su entrada. Por supuesto, no era el momento para abordar el tema, pero de inmediato me hizo llegar el mensaje de que me atendería al finalizar la liturgia. Tenía tiempo sin asistir a misa y me encontré con varias novedades, como nuevos cánticos y oraciones; sin embargo, en cuestión de minutos ya me sentía como pez en el agua. Lo verdaderamente importante es la conexión con Dios, y esa la guardo en el corazón desde hace mucho tiempo.

Al finalizar la ceremonia, me enteré de que acostumbran llamar a quienes han estado de cumpleaños y nombraron a una señora. ¡Dios mío, tú sabes lo «salía» que soy! En ese instante levanté la mano y dije, casi en un susurro: «¡Yo también cumplí años!». Pero el padre estaba bendiciendo a la otra persona y no notó mi gesto. Las damas que estaban a mi lado, literalmente, me empujaron fuera del asiento y quede allí, expuesta ante el párroco. Me sentía como «perro en patio e’ bola», sin saber si retroceder a mi silla o quedarme a ver qué pasaba.
Fue entonces cuando el padre me dijo: «Adelante, hija». En un dos por tres quedé cubierta de agua bendita, mientras trazaba una cruz en mi frente y me bendecía en el nombre de Dios. No lo puedo negar: hasta el día de hoy siento que mi presencia en aquel lugar fue honrada por el Padre Celestial.
Al fin pude conversar con el párroco y le comenté mi intención de realizar una crónica donde quedara plasmada su experiencia, para mi columna Crónicas del Peatón en el diario digital Ciudad Valencia. No lo niego: tenía mis dudas sobre si aceptaría o no. De inmediato me dijo:
—¿Pero no será en este momento, verdad?
—Por supuesto que no, padre —lo tranquilicé.
—Lo cierto es que la crónica se publica este viernes, por lo que solo me queda el día de mañana —le expliqué.
El padre se quedó pensando un instante, como conversando consigo mismo, hasta que me dijo:
—Hagamos algo, ¿puedes venir mañana?
—Si usted me dice que mañana tendrá tiempo para que conversemos, por supuesto que estaré aquí —le aseguré.
—Entonces vente mañana a las cuatro y media, antes de la misa, para que conversemos —acordó.
Y así fue como cerré mi conversación de aquel día con el párroco. Lo único que me faltó fue salir brincando de alegría por toda la plaza Bolívar, con el corazón inflado tras haber recibido una bendición tan hermosa.
Es del dominio público que los párrocos siempre están sumamente ocupados con múltiples tareas dentro y fuera de sus comunidades. Por eso no me extrañó que, al día siguiente, tampoco pudiéramos conversar. Sin embargo, haciéndole «más gestos que el penado 14», logré que me dijera que el jueves, justo después de la misa de las nueve, podríamos hablar.
El sabio refrán «el que persevera alcanza» me llevó de nuevo ante la presencia del padre Óscar Monzón ese jueves por la mañana. No hizo falta pronunciar palabra alguna: con solo una mirada entendí de inmediato que, finalmente, ese sería el momento para nuestra conversación pendiente.

Por supuesto que me quedé para la misa de las nueve, y me llevé una grata sorpresa. Al entrar al recinto de Dios me encontré con numerosos estudiantes de camisa beige a un lado y, al otro, a quienes parecían ser sus representantes. Se trataba de la promoción de la Unidad Educativa Batalla de Vigirima, que celebraba el cierre de su ciclo escolar. La Eucaristía se ofreció por el futuro de esos jóvenes que, a partir de hoy, emprenden un nuevo rumbo académico.
Las palabras del párroco fueron sumamente acertadas y conmovedoras, tanto para los estudiantes como para sus familias. Al finalizar, tras la bendición, estalló el encuentro familiar y la alegría desbordante por haber culminado una etapa fundamental en sus vidas.
Llegó finalmente el momento de reunirme con el presbítero Óscar Monzón, párroco de Guacara, comunidad perteneciente a la Arquidiócesis de Valencia. Mi primera pregunta fue esa que todos estábamos esperando:
—Buenos días, padre. ¿Cómo vivió usted ese 24 de junio de 2026 cuando se sintieron los dos terremotos? ¿Dónde se encontraba?

—Buenos días. Ese 24 de junio nos encontrábamos celebrando la Eucaristía en el templo parroquial. Durante la homilía, sentimos un movimiento; al principio pensamos que se trataba de un temblor más, pues previamente en Guacara ya habíamos registrado unos veinticinco sismos. Sin embargo, cuando vimos que comenzaba a desprenderse el friso, nos dimos cuenta de que era un terremoto. Eso generó pánico entre las personas, quienes comenzaron a salir del templo apresuradamente.
»Yo me quedé inmóvil durante unos cinco segundos en el lugar donde predicaba. Pasaron otros cinco segundos más y fue cuando me percaté de la magnitud de la situación, por lo que nos dirigimos hacia la sacristía. Al notar que el sacudón no cesaba y temiendo que el templo pudiera colapsar, los que estábamos allí nos pusimos a orar, pidiéndole a Dios que aquel terremoto pasara. Para mí fue una experiencia impresionante, pues nunca antes había vivido un fenómeno natural de esa magnitud.
—Al cesar el movimiento de la tierra y entender que el terremoto había terminado, comenzamos a preguntar por los presentes para saber si alguien había resultado herido. Poco a poco nos fuimos enterando de lo ocurrido en La Guaira, Morón, Valencia y Caracas, por lo que de inmediato nos pusimos a orar por todas las personas que habían sufrido las consecuencias.
»Por supuesto, desde un primer momento no sabíamos la magnitud de la tragedia. Supimos que habían fallecido personas, pero desconocíamos que se trataba de dos terremotos seguidos, uno tras otro. Al poco tiempo, los feligreses comenzaron a llamar para saber cómo estábamos y si el templo había resistido.
—En la noche vino el alcalde junto a los bomberos para revisar las condiciones de la iglesia. En la fachada se registraron varias grietas. Yo suponía que algo grave había ocurrido en la parte alta por el desprendimiento del friso; las paredes no sufrieron tanto, pero la fachada sí. Fue entonces cuando se acordó que no podríamos seguir celebrando la Eucaristía dentro del templo. Posteriormente se han realizado otras inspecciones, pero aún estamos a la espera de la evaluación del patólogo estructural, quien determinará cómo debemos abordar la restauración de nuestra iglesia.
Con este impactante testimonio del párroco de nuestra Iglesia San Agustín de Guacara, le pedí que nos regalara unas palabras finales de fe para toda la comunidad:
—Ante este acontecimiento de los dos terremotos y, sobre todo, el sufrimiento que han ocasionado, le hago una invitación a las personas para que le pidan a Dios y a la Virgen que nos provean de esa calma, tan necesaria, en nuestros corazones. No ha sido fácil para ninguno de nosotros este sufrimiento de las personas que han perdido familias, hogares… Pedirle a todos aquellos que puedan ayudar con palabras, gestos, con comida, porque hoy nuestra gente necesita de nuestra generosidad.
Qué les puedo decir… Esta crónica me permitió entrar a ese lugar sagrado donde un corazón bondadoso fue colocado, justo en el momento e instante indicados, para apaciguar el dolor de nuestro querido pueblo de Guacara.
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Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato. Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez. También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.
Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves. También integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).
Ciudad Valencia/RN/Fotos: CP













