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La vida en una bolsa de papel | Carmen Pacheco

Yo llevaba un tiempo viviendo con la tía Alicia en Maracay, sería por los años ‘60. Estaba harta de sus órdenes y de su mal carácter. Yo era una adolescente que no entendía por qué no estaba con mi madre y me sentía enfadada con esa señora que me obligaba a hacer los oficios de la casa.

No conforme con eso, un día fue hasta el liceo y allí le chismorrearon que yo no había entregado la tarea de manualidades. Mi tía me miró de reojo y le dijo a la maestra:

—No se preocupe, ella entregará su tarea mañana—. Y salimos de la oficina.

 

DE LA MISMA AUTORA: LA RECETA TRADICIONAL DE “MALA RABIA”

 

Yo iba como un querrequere, caminando delante de ella con la cabeza gacha y los puños apretados, hasta que llegamos a la casa. Entré y me metí al cuarto. De inmediato, sin ni siquiera tocar a la puerta, entró. Alta, malencarada y con ese porte fuerte, me preguntó:

—¿Dónde está el material que te compré para esa tarea?

Como un animalito del monte me fui hasta la esquina del cuarto sin pronunciar palabra.

—¡Ah! ¿Con que no quieres hablar? —me dijo.

Y comenzó a hurgar por todos los rincones, hasta que levantó el colchón. Allí estaba todo el material que me había comprado. Eran varios cedazos o estropajos, tela, aguja e hilo. Lo que debía hacer con eso era una cartera y chancletas. Yo no sabía cómo hacerlo y lo escondí.

Al encontrar los materiales, volteó hacia mí. Hoy, ya adulta, comprendo su mirada; que decía que me entendía, porque nadie me había enseñado a coser. Tomó todo, se fue hacia su máquina de coser y me llamó para que yo viera cómo se hacía.

Cuando terminó, me lo mostró y me pareció asombroso que de un cedazo saliera una cartera. Me la entregó y di media vuelta sin decirle gracias. Yo estaba muy brava por dentro y no sabía por qué.

Así eran mis días. En mi enfado interno, seguía viéndola como una madrastra mala. Nona María y tía Rafaela, mujeres que rondaban los ochenta años, no sabían cómo tratarme; simplemente seguían las instrucciones de la tía Alicia: «Es bueno que se mantenga ocupada para que no invente».

Un día, cuando ella estaba trabajando, llegaron unos «primos segundos»  que venían de Caracas e iban para La Grita, estado Táchira. Jamás los había visto, ni siquiera oído alguna cosa sobre ellos. Llegaron muy alegres a visitar a la nona María, a descansar y seguir viaje.

Yo les preguntaba cómo era La Grita y ellos me contaban lo del frío, cosa muy diferente de donde yo vivía. Me hablaban de los pájaros, de la leche recién ordeñada, de la gente cariñosa y atenta. Para qué les digo más, quedé fascinada por sus relatos y descripciones. Cuando ya se iban, les pregunté si podía irme con ellos.

La Grita-Táchira-bolsa de papel

—¿Y qué dirá la prima Alicia? —preguntaron.

—Imagino que se sentirá aliviada por deshacerse de mí —dije.

Hoy aún no entiendo por qué decidieron llevarme sin avisarle a la tía. Pero en ese momento no me importó y busqué algo de ropa, la metí en una bolsa de papel y me monté en la camioneta. Iba feliz. Vería otro mundo. Estaba segura de que con ellos encontraría cariño y atención, y no volteé hacia atrás.

Agarramos carretera. De vez en cuando nos deteníamos para ir al baño o comer algo. Para ese momento ya no pensaba en nadie, solo en esa nueva aventura que ya estaba viviendo. Al pasar por el puente de Guardagallos, en el estado Lara, algo se removió dentro de mí, porque cerca estaba aquella finca donde pasé muchas vacaciones felices con los primos de Barquisimeto.

El viaje fue largo; jamás pensé que rodaríamos tanto para llegar a nuestro destino. Por el camino me preguntaban:

—¿Cómo te sientes? Falta poco.

Y seguíamos rodando y rodando.

—No te preocupes, allá estarás feliz, te encantarán los paisajes y el clima.

Como era de esperarse, no llevé abrigo —en Maracay no es necesario por el calor que hace allí— y, cuando comenzamos a subir, sentí el cambio de clima. El primo me prestó uno de los abrigos de sus hijos y agarré calorcito.

Lo que me venían diciendo sobre el paisaje y el clima era muy cierto. Nada que ver con los llanos aragüeños: aquí lo que veía eran montañas, picos y calles donde o subías o bajabas. Habíamos llegado a La Grita.

Cuando vi su casa, lo primero que pensé fue que era muy grande y que tendría un cuarto espacioso, con una linda cama y todo lo demás; pero resultó ser un hotel.

Al entrar, y sin dejar que me ilusionara, dijo el primo:

—Este será tu lugar de trabajo.

Me mostró la recepción y añadió:

—Sígueme para que sepas dónde dormirás.

Asombrada porque nunca se me había hablado de trabajar, lo seguía en silencio y con el corazón a millón. Subimos los dos pisos y en la parte más alta había una habitación pequeña, repleto de trastes, con una camita bajo la ventana, a la que llaman buhardilla.

Allí dejó mi bolsa de papel e, indicándome que ese sería mi dormitorio, se fue.

Ipso facto las cosas se aclararon en mi mente y me arrepentí con el alma de haber tomado esa decisión de viajar con ellos sin siquiera pensarlo un momento. Mi rabia volvía a jugarme una mala pasada.

No pasé una buena noche. Lo único que hice fue llorar y ese frío que se colaba por entre las rendijas de la ventana atizaba el miedo y la angustia de no saber qué hacer.

Al otro día, me despertó un toc, toc en la puerta. Al abrir, era mi primo:

—Vamos, Carmen, levántate para que desayunes. Aquí se comienza a trabajar a las ocho de la mañana.

Había un solo baño y tenía que esperar que se desocupara para utilizarlo. Bajé y me tenían de desayuno un huevo, una lonja de queso, un trozo de pan y café negro.

Y así fueron pasando los días. Almorzaba a las doce y media y a la una ya debía estar en mi puesto. Terminaba mi horario de trabajo a las nueve en punto, cenaba y para el cuarto. Se volvió una rutina.

Me hice amiga de una de las camareras, quien era dos años mayor que yo. Los domingos los teníamos libres e íbamos a la plaza Bolívar, al liceo Jáuregui y por otros alrededores. Aprendí a fumar de esos tabacos que tienen pitillo. También me fue poniendo al tanto de qué y cómo se debía trabajar en el hotel. Bajé de peso. Pensaba que ya casi no me veía por lo delgada que estaba.

Habían pasado quince días y no sabía si mi tía o mi mamá se habían comunicado con ellos. Jamás hablaron de mi situación ahí. Solo les importaba que rindiera en el trabajo.

Una mañana, bien temprano, la esposa del primo entró a la buhardilla, algo agitada y me dijo:

—Carmen, levántate que te vas para Maracay.

La sorpresa fue muy grande. No pregunté nada. Me levanté corriendo para asearme y vestirme. Recogí lo poco que seguía cabiendo en una bolsa de papel y bajé a esperar. Me dieron comida para el camino y el pasaje hasta Maracay. No me pagaron esos quince días que trabajé, pero no me importó porque regresaba a donde mi tía Alicia.

El viaje fue más largo que cuando fui a La Grita. Al llegar, mi tía me esperaba ahí, cerquita de donde el autobús descargaría a los pasajeros, con los ojos vidriosos. Pensé que me regañaría, que no me volvería a hablar, pero fue todo lo contrario: me abrazó, algo que ella jamás hacía. Juntas lloramos un rato, mientras me daba la bienvenida.

Luego la tía me contó que ella había estado hablando con los primos y siempre le decían que me devolverían la semana entrante, hasta que fue a la Policía y denunció lo que estaba pasando. Ellos le aconsejaron que les dijera que ya el caso estaba en la Fiscalía y que irían por mí y por ellos también.

Hoy, en este momento, sé que mi tía me quería, aunque no lo demostrara; porque la rabia que me llevó a hacer esa locura no me dejaba razonar. Siguió siendo la misma «tía Alicia»: mandona y áspera en el trato, incapaz de cambiar su forma de ser aunque lo intentaba, aun cuando en sus labios una sonrisa se convertía en mueca.

Pero ahora la entiendo mejor que antes y me doy cuenta de que ella no sabía cómo lidiar con una adolescente que le había llegado de la noche a la mañana.

 

***

 

Carmen Pacheco-columna Crónicas del peatón-portada

Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato. Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez. También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.

Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves. También integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).

 

Ciudad Valencia/RN