El arte sagrado de Naguanagua (La Escritura en la Roca).
En las estribaciones de la Cordillera de la Costa, donde las montañas del norte de Venezuela se pliegan sobre el valle de Carabobo, el tiempo no se mide en años, sino en surcos. Mucho antes de que los primeros colonizadores españoles bajaran por los senderos del norte hacia el lago de Valencia, y siglos antes de que el nombre de Naguanagua fuera registrado en las crónicas parroquiales, el paisaje ya estaba habitado por una geografía sagrada. Los antiguos pobladores de estas tierras, pertenecientes a complejas redes culturales prehispánicas, no concebían el entorno como un espacio inerte. Para ellos, la montaña era un cuerpo vivo, y las grandes rocas que brotaban de la tierra eran las páginas donde grabaron su memoria, su ciencia y su fe.
Los petroglifos de Naguanagua, conocidos técnicamente en la arqueología venezolana como el complejo rupestre de Alto Cabriales o la estación de la Fila Orégano, constituyen uno de los conjuntos de arte rupestre más significativos del centro del país. Estos grabados en piedra representan el eslabón visual de la serie Valencioide, una manifestación cultural que floreció en la cuenca del lago de Valencia y sus valles adyacentes entre los siglos IX y XVI de nuestra era.
En esta primera entrega, analizaremos el contexto geográfico, la identidad de sus autores y las características técnicas de este santuario a cielo abierto.
El escenario geográfico: El altar de la Fila Orégano
Para comprender el arte rupestre, es imposible separar la obra de su entorno. A diferencia de un cuadro que puede ser colgado en cualquier galería, o de una escultura móvil, el petroglifo es un arte situado. Su ubicación responde a una planificación territorial y espiritual precisa.
El complejo arqueológico se encuentra principalmente en el sector *Alto Cabriales, enclavado en los filos montañosos que forman el ramal norte del **Parque Nacional San Esteban. El acceso principal se realiza a través del sendero conocido como **Saint Jean, en la **Fila Orégano. Geográficamente, estas rocas se ubican a una altitud que oscila entre los **740 y los 745 metros sobre el nivel del mar*.
Esta altura no es un detalle menor. Desde este punto estratégico, los antiguos habitantes tenían una vista panorámica del curso alto del río Cabriales y de los accesos naturales que comunicaban las tierras altas del valle con la costa del mar Caribe. El entorno natural corresponde a un *bosque seco tropical*, una zona de transición ecológica donde la vegetación de montaña ofrece recursos variados de caza, recolección y agricultura de ladera.
Las rocas elegidas para los grabados son formaciones de origen metamórfico, bloques ígneos y esquistos que han resistido la erosión durante millones de años. Al situar los petroglifos en las crestas de las montañas, los indígenas crearon un espacio liminal: un umbral entre el mundo cotidiano del valle, donde sembraban y vivían, y el mundo de las potencias celestes, las lluvias y los ancestros que habitaban las cumbres neblinosas.
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La serie Valencioide: Quiénes fueron los autores
Una de las preguntas más recurrentes al observar estas rocas es: ¿quiénes las tallaron? La respuesta arqueológica nos remite a la densa red de intercambios culturales del período prehispánico tardío de Venezuela.
Aunque popularmente se asocia la zona de Naguanagua a las tribus de filiación Caribe o Arawaca que encontraron los españoles en el siglo XVI (como los propios Inagoanagoas, que dieron nombre al valle), la investigación científica prefiere hablar de la *fase o serie Valencioide*. Esta tradición arqueológica se define por un estilo cerámico y un patrón de asentamiento muy característico que se expandió por todo el centro-norte del país.
| Característica | Detalles de la Serie Valencioide en el Centro de Venezuela |
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| *Cronología* | Aproximadamente desde el año 900 d.C. hasta la llegada de los españoles en el siglo XVI. |
| *Organización* | Cacicazgos complejos con alta densidad poblacional y agricultura intensiva en camellones. |
| *Cultura Material* | Cerámica con apéndices antropomorfos, uso de urnas funerarias y figurinas de arcilla con ojos en grano de café. |
| *Manifestación Rupestre* | Grabados profundos en piedra, orientados hacia cursos de agua o pasos de montaña. |
Los creadores de los petroglifos de Naguanagua formaban parte de una sociedad agrícola avanzada y sedentaria. Dominaban el cultivo de la yuca amarga y el maíz, procesando la primera en grandes budares para obtener casabe, un alimento que garantizará el sustento durante meses sin necesidad de estructuras arquitectónicas de almacenamiento. Los petroglifos eran la infraestructura espiritual de esta sociedad: grababan las rocas para codificar el conocimiento cosmogónico, delimitar sus territorios y asegurar que los ciclos climáticos mantuvieran su curso regular a través de la veneración a las fuerzas de la naturaleza.
Tipología y descripción técnica de las rocas
El complejo de Alto Cabriales no es una sola piedra aislada, sino un circuito de monumentos megalíticos que interactúan entre sí. Los investigadores han catalogado varias estructuras principales, de las cuales tres destacan por su monumentalidad y riqueza iconográfica.
* *La Roca A (el espejo de los rostros):* Es la puerta de entrada visual al complejo. Lo que más llama la atención es la *profundidad de sus surcos, que oscilan entre los **2 y 3 centímetros de ancho, alcanzando profundidades de hasta **1.5 centímetros. Para lograr este nivel de incisión en una piedra de gran dureza, se requería una técnica mixta de **percusión directa* (golpear la roca con un percutor de cuarzo) y posterior *abrasión* (frotar los surcos con arena, agua y madera para alisar los bordes). Predominan los motivos antropomorfos (rostros y máscaras).
* *La Roca B (el mapa de las líneas):* Ubicada a una distancia aproximada de 8 metros de la Roca A, presenta un bloque alargado de *4.43 metros de longitud por 1.40 metros de ancho*. Muestra un patrón de grabado más lineal y abstracto. Sus surcos parecen entrelazarse en una red que evoca caminos, redes fluviales o divisiones territoriales, sugiriendo un uso vinculado a la orientación o el registro astronómico de solsticios y equinoccios.
* *La Roca C (el gran mural cosmogónico):* Es la pieza cumbre del yacimiento. Con unas dimensiones imponentes de *4.47 metros de largo por 3.15 metros de ancho*, esta inmensa losa de piedra inclinada funciona como un auténtico lienzo monumental. La superficie está cubierta por escenas complejas donde los motivos antropomorfos, zoomorfos y geométricos se fusionan en una composición continua. Muestra figuras humanas con grandes tocados que denotan poder chamánico, rodeadas de líneas concéntricas que evocan el movimiento del agua o el viaje del alma. La Roca C no es un dibujo; es una narración teológica grabada en la piel de la tierra.
*En la próxima entrega:* Nos adentraremos en el significado esotérico y místico de esta iconografía ancestral, y abordaremos la crítica realidad de su abandono actual junto a las propuestas artísticas y tecnológicas para su rescate.
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Esteban Orlando Rodríguez (Caracas, 1977), ha realizado estudios en la Academia López y Acosta, donde además del comic y el dibujo, tuvo sus primeras experiencias con la pintura al óleo, asimismo se formó en las escuelas de arte Cristóbal Rojas de Caracas y Arturo Michelena de Valencia, hasta culminar estudios en la Academia Giovanni Batista Scalabrini, donde trabajo en el Departamento de Escultura y fue instructor de dibujo y pintura durante varios años. Actualmente participa como tallerista en el área de manga (cómic japonés) en el Museo de Arte Valencia (MUVA).
Ciudad Valencia/RM













