Un mundo multipolar

Luego de la caída del muro de Berlín, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) se derrumbó sobre sus pilares políticos, y junto a ella la influencia que ejercía sobre distintos países que formaban el bloque comunista. Antes de esto (1947-1991), el mundo se dividía en dos polos mutuamente excluyentes entre sí: el que acabo de mencionar y el bloque capitalista, cuya cabeza era Estados Unidos (EEUU).

De tal modo, ambas alianzas competían agresivamente en ámbitos como el militar y el geopolítico (esencialmente), pero también en tópicos como la cultura, la ciencia, la tecnología y hasta el deporte. La Guerra Fría –nombre de este período– se libró en todas partes a través de guerras subsidiarias y golpes de Estado. Por ejemplo, los conflictos en Corea y Vietnam y las dictaduras latinoamericanas de derecha.

Más adelante, aquel muro en Alemania se vino abajo y EEUU emergió como hegemón global, por lo cual el planeta se “unipolarizó” y la primera potencia pasó a ser el policía del mundo, con capacidad de acusar, juzgar e invadir a cualquier país, pues tal era su capacidad militar y su proyección internacional. Dos décadas duraría este statu quo.

El crecimiento económico chino, la disuasión militar y política rusa, las potencialidades demográficas indias, la influencia regional iraní, la riqueza cultural europea, el expansionismo israelí, los recursos y capitales brasileños, etcétera… A partir de cierto punto, EEUU vio su poderío mermado ante el ascenso de no una potencia rival, sino de varias. Estas lideran o rivalizan cada una de manera regional, generando dinámicas más locales que globalizadoras. De tal modo, el mundo se va dividiendo en bloques territoriales, donde una multipolaridad de centros de poder interactúa en el escenario internacional.

 

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La multipolaridad tiene ventajas y desventajas, pero siempre es preferible que el gobierno de solo uno o dos entes, puesto que los países grandes, medianos y pequeños tendrían mayor margen de maniobra. Es decir, un mismo Estado podría ser bien rival y al mismo tiempo socio de otro, dependiendo del ámbito, o bien comerciar con países enemistados entre sí. Este teatro es muchas veces ejercido por naciones en vías de desarrollo y las favorece, debido a la mayor independencia con que actúan.

El mismo panorama nos alerta sobre peligros venideros, que podremos evitar si los gobiernos llegan a comportarse de manera más civilizada y virtuosa que hoy en día, cuando se descomponen o debilitan las organizaciones multilaterales clásicas. Hablamos de guerras regionales por territorio y recursos, la ejecución de políticas al margen de la ley, conflictos sincronizados o superpuestos alrededor del mundo, aunado a la típica banalización, enajenación y vacío espiritual heredados de épocas anteriores.

Al mismo tiempo, existe un podio de poder mundial: primera potencia (EEUU), segunda potencia (China, con su economía omniabarcadora), tercera potencia, etcétera…

Por último, las ideologías políticas, filosóficas y religiosas son heterogéneas, pero manifiestan un grave declive hacia la radicalidad y la violencia.

Un mundo multipolar es más que posible: es real. Ya está aquí. Y como humanidad, debemos adaptarnos y comportarnos a la altura de los tiempos.

 

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Ciudad Valencia/RM