A principios del siglo XX, luego de una seguidilla de acciones «tumbagobiernos» en Latinoamérica, unas veces militares otras civiles o combinadas, el 2 de diciembre de 1952, tras un golpe militar, llega a la presidencia de la República el Gral. Marcos Evangelista Pérez Jiménez.
Este pudo gobernar solo hasta el 23 de enero de 1958 tras una silenciosa y sorpresiva huida, sí, con la indudable anuencia de Estados Unidos (EEUU), que como siempre hacía alardes de actuar en nombre de la democracia.
Pérez Jiménez se movió entre dos turbulentas aguas. Una que le permitía manejarse en medio de una conducta nacionalista, haciendo alarde, en lo económico y desarrollista, con grandes obras, construcciones paisajísticas y de servicios, infraestructuras con alto contenido de beneficio social.
La otra turbulencia significó una desmedida acción represiva para contrarrestar las disidencias políticas haciendo uso de toda la fuerza de la seguridad del Estado.
Pérez Jiménez aliado circunstancial
El «nuevo ideal nacional» se convirtió en una doctrina que promovía la transformación del entorno físico y la mejora integral de las condiciones morales, intelectuales y materiales de los venezolanos, buscando una patria más próspera, digna y fuerte, aunque su régimen fue una dictadura militar caracterizada por grandes obras de infraestructura a la par de mucha represión política.
El papel jugado por EEUU ante el gobierno de Pérez Jiménez también se movió en estas dos perspectivas, claro, desde principios de siglo supo que Venezuela, “su patio trasero”, ya tenía un potencial energético que no podía darse el lujo de dejarlo escapar; en tanto, no permitiría que las asechanzas de las potencias europeas y de otras latitudes le cercaran tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial el 9 de mayo de 1945.
La gran falla de Pérez Jiménez
Los movimientos políticos durante el gobierno perezjimenista fueron las principales causas de su caída, pues el empeño de mantener un aparato brutalmente represivo, a semejanza del que mantuvo Juan Vicente Gómez, opacó las grandes obras de carácter social y de desarrollo en el campo y las ciudades.
¿Cómo se explica? Pues Rómulo Betancourt, siendo jefe político de Acción Democrática, jamás fue detenido por Pérez Jiménez, claro, USA lo protegía por ser su hombre de mayor confianza y de conducta antipatria desde los tiempos de Juan Vicente Gómez.
Betancourt le sacó provecho al sentimiento de los familiares de las personas exiladas, presas, torturadas o asesinadas, entre ellos reconocidos líderes militantes de Acción Democrática, como Alberto Carnevali, Leonardo Ruiz Pineda y el poeta Andrés Eloy Blanco, quienes en muchos casos fueron traicionados o vendidos a los esbirros de la Seguridad Nacional.
Una oportunidad de oro
Transcurren los años y el desgaste se hace más profundo dentro del propio gobierno. Las contradicciones internas hacen mella en la política pública sin que “nadie le preste atención”. Esta situación le permitió a Betancourt dar el paso definitorio: el exilio dorado que le permitiría regresar ya comprometido con los gringos como el mayor héroe de la resistencia, con una propuesta bajo la manga.
El sector militar en el gobierno se divide entre patriotas y vende-patrias. La primera muestra se da el 1º de enero 1958 cuando aviadores cruzan los cielos caraqueños como señal al pueblo que gritaba «¡Basta!», esto definitivamente marcó un momento histórico para Venezuela, la dictadura militar se tambalea y cae Marcos Pérez Jiménez el 23 de enero.
Las calles caraqueñas se convirtieron en un escenario de algarabía popular ya indetenible. La consigna más sentida iba dirigida a los esbirros de la Seguridad Nacional, algunos cuantos terminaron colgados en postes y árboles, a la vista, en justas venganzas.
Betancourt y Estrada: Dos chicos de cuidado
Aunque suene antagónico, Rómulo Betancourt y Pedro Estrada salieron ilesos y gozaron del exilio gringo, pues sus objetivos estratégicos ya estaban concretados; mientras Pérez Jiménez, en Santo Domingo, terminaba sin pena ni gloria.
Rómulo Betancourt, convertido en el padre de la naciente democracia venezolana, prepara sus maletas para regresar, no sin antes guardar el cuaderno de tareas para la casa: el llamado Pacto de Nueva York, que le asignaron los gringos, y el cual fue subscrito luego por Rafael Caldera y Jóvito Villalba, conocido desde entonces como el Pacto de Punto Fijo; es decir, la entrega total a los designios de EEUU. Y lo más importante y estratégico: acabar con los comunistas.
Ciudad Valencia/Gustavo Vásquez Q./RN













