Rodríguez y Bello son hombres a caballo entre dos siglos: XVIII y XIX. Pero, como es usual en todo proceso cultural, poco comprensible sin el pasado y la tradición, ambos siglos encuentran marcados antecedentes en otros dos que les anteceden: XVI y XVII. Por eso, al hablar de los siglos XVIII y XIX, en los cuales les tocó vivir a nuestros dos maestros, será inevitable volver atrás la mirada.
En el siglo XVI se desarrolla el humanismo, que concibe al hombre como el centro de su interés, se vuelca la atención sobre los clásicos griegos y romanos, se adoptan sus modelos y se desarrolla una gran confianza en la capacidad cognoscitiva del individuo, que tiene como lengua culta y docta al Latín. Pero, para nosotros fue el siglo de la conquista y la fundación de nuestras ciudades, con la implantación violenta y forzada de la cultura española en nuestra tierra, y de la dominación y esclavitud de nuestros indígenas.
Rodríguez y Bello, más adelante, serán sucesores y protagonistas del legado humanístico, pero también de la reticencia y el rechazo a la opresión de la conquista y la colonización. Bello, en Caracas, domina el Latín, realiza traducciones de los clásicos romanos, escribe sobre la conjugación de los verbos en el castellano así como su célebre resumen de la historia de Venezuela. Rodríguez, como Bello, tiene una vocación de aprendizaje insaciable y optimista, propio del arquetipo humanístico y renacentista. Por eso, al igual que Bello, alcanza a dominar varios idiomas, fruto de su vida itinerante por América y por diversos países de Europa. Más allá o más acá del saber, le ocupa y preocupa el quehacer. Por ello, se le conocerá como maestro y amanuense en Caracas, tipógrafo en Jamaica y Norteamérica, maestro o investigador en un laboratorio de química, en Europa; al final de su periplo, será maestro y fabricante de velas, adobes de barro y hasta de una presa, en Sudamérica.
En los predios de la música, con la fundación de la llamada Escuela de Chacao, en 1771, por Pedro Palacios y Sojo, acompañado de José Antonio Mohedano y Bartolomé Blandín, se produce un fenómeno sorprendente, que no encuentra explicación en las modestas actividades musicales de la Catedral de Caracas y de la Pontificia y Real Universidad de Caracas. Dos generaciones alcanzaron una notable altura en la composición musical, se hicieron eco e instrumento de expansión del movimiento de independencia en nuestro país (algunos como José Antonio Caro de Boesi, José Landaeta y Francisco Javier Ustáriz serán asesinados por los realistas).
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Rodríguez es hijo de un clérigo, Alejandro Carreño, cuyo oficio musical es heredado por Cayetano Carreño, hermano de nuestro maestro y destacado integrante de la Escuela de Chacao, fundada por el padre Sojo. Andrés Bello es hijo de otro destacado músico de la colonia y de la Escuela de Chacao, Bartolomé Bello, y era nieto de un pintor muy notorio en la historia de nuestra pintura, Juan Pedro López.
La música venezolana y los de la Escuela de Chacao vivían su esplendor para el tiempo caraqueño de Rodríguez y Bello. Rodríguez, ¿por supuesta reticencia frente al padre, acaso, rechazó toda dedicación a la música? Sería muy arbitraria cualquier afirmación de esta naturaleza. No tenemos información al respecto. Otro parece el caso de Bello, quien mantiene excelentes relaciones con su padre, Bartolomé. Quizá la experiencia musical poco exitosa de su padre Bartolomé, a pesar de su virtuosismo, por un lado, y la relación con los frailes mercedarios y el rigor del aprendizaje del Latín, así como el prestigio de los letrados, por otro lado, alejaron a Bello del aprendizaje de la música.
También era un momento de florecimiento de la pintura en la Venezuela colonial y con un ascendiente de la importancia de su abuelo materno, Juan Pedro López, fue poco o nada lo que hizo Bello, plásticamente, a pesar de su inagotable sed de aprendizaje. Pero la impresión del color, común a la pintura y al barroco culterano, estallará en las silvas de Bello.
Parece existir comunidad de criterio, en nuestros historiadores y ensayistas, en considerar más que un barroco literario y artístico, la existencia en la provincia de Venezuela de un tardío, pero inexcusable barroco en el estilo de vida de nuestros connacionales. El mestizaje, las costumbres, el formalismo jurídico y lo estamental constituyen esta forma de vida barroca. Al solicitar su título de bachiller en filosofía y arte, en el documento de su formal petición, Bello alega su naturaleza de blanco, sin mezcla de sangre alguna. Es proverbial y ejemplar la sobriedad de las costumbres y del carácter de nuestro gran humanista, lo cual, a primera vista, parece contradictorio con la referida arrogancia étnica. También podemos encontrar en él la presencia del barroco a través de la construcción de sus silvas criollas, grandes paneles que tienen como tema el vasto continente americano.
A caballo entre dos siglos
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Juan Medina Figueredo (Aragua de Barcelona, 1947): Polígrafo de raza, ha incursionado en la poesía, el ensayo literario y el análisis socio-político. Su rebeldía política y cultural no es panfletaria sino solidaria, al punto de estar bien aliñada por su bondadosa personalidad. No se le puede reclamar nada, pues sus convicciones ideológicas y su quehacer escritural apuntan a una conciencia ética y espiritual inconmovible.
Entre sus libros contamos “Reverberaciones” (1995, poesía); los ensayos “La Terredad de Orfeo” (dedicada al poeta Montejo) y el libro comuna que es “Siglo XXI, educación y revolución” (2010) con su estructura en redes que comunica la crónica y el ensayo; el volumen de cuentos “La Visita del Ángel” (2010) y la novela “Por un leve temblor” (2014). Con estos dos últimos ganó el premio de narrativa de Fundarte y una mención de publicación del mismo sello editorial, respectivamente. Que nosotros sepamos, caso único en este certamen literario.
Su poesía ha sido publicada en dos colecciones poéticas importantes como “El Corazón de Venezuela. Patria y Poesía” y “Rostro y Poesía” de la Universidad de Carabobo. Su periplo literario apuesta por un decir directo y no mediatizado por los discursos académicos autorizados. (Reseña de José Carlos de Nóbrega)
Ciudad Valencia / RM













