«A un siglo del inicio de la Vanguardia en América Latina» por José Carlos De Nóbrega

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En 1922 se inicia con firmeza la Vanguardia literaria en América Latina. Tenemos dos hitos fundamentales: La Semana del Arte Moderno en Sao Paulo, que se realizó entre el 13 y el 18 de febrero, amén de la edición de «Trilce» de César Vallejo. En el caso de los escritores brasileños, la literatura acompañó a las artes plásticas (Tarsila do Amaral, Anita Malfatti, Emiliano di Calvacanti y Cícero Días, entre otros) y la música liderada por Heitor Villalobos. Tenemos un grupo de artistas adscrito a la burguesía paulista que, a excepción de Mário de Andrade, logró viajar a Europa y traer de regreso la fluencia de las nacientes vanguardias europeas como el dadaísmo, el futurismo y el naciente surrealismo. César Vallejo con «Trilce» se deslastró del Modernismo de Darío, evidente en su primer libro «Los Heraldos Negros» pero con personalidad poética propia, marcando un aporte significativo a la poesía experimental. Por supuesto, Vallejo no se encontraba solo, pues acompañó a otros dos referentes de la literatura peruana como los ensayistas Manuel González Prada y José Carlos Mariátegui desde el anarquismo y el marxismo respectivamente.

Los poetas modernistas brasileños, cuya propuesta no tiene nada que ver con Darío ni Martí, así como tampoco con Vargas Vila, reaccionaron contra el pasatismo y el academicismo del influjo portugués. Incluso no recibieron con afabilidad la propuesta futurista de Marinetti cuando éste visitó Brasil. Se apuntaron por una expresión literaria preñada de brasileñidad, habla coloquial local y revisión de la cultura mestiza sin atracar en el regionalismo de corte romántico. Fue una convocatoria de un movimiento, si bien diverso en lo estético y lo ideológico, compacto y coherente. Los Manifiestos de la revista «Klaxon», mayo de 1922, de Poesía Palo de Brasil (1924) y Antropófago (1926) no sólo desgranan sus principios y líneas indagatorias, sino en especial son realizaciones escriturales de hecho. Los polígrafos Mário y Oswald de Andrade fueron sus redactores y llevaron la propuesta, si se quiere parricida, a los extremos. Cultores y divulgadores de una tendencia polémica pero decisiva en el devenir literario del gigante amazónico y también de Latinoamerica. La obra poética y narrativa de ambos así lo evidencia. Se sumaron a esta constelación irreverente y renovadora los poetas Manuel Bandeira, Carlos Drummond de Andrade, Murilo Mendes y Cecilia Meireles entre tantos nombres de envergadura.

Los Sapos de Manuel Bandeira, poema leído al inicio de la Semana Modernista por el también poeta Ronald de Carvalho, es al punto ars poética de comedia, bestiario y parodia de la poesía pasatista, simbolista y parnasiana que era menester superar. El afán modernista de no escindir lo culto de lo popular, provocó urticaria y dentera en el academicismo local enclavado en el Portugal colonial. Los Aforismos de Caballo y José de Carlos Drummond de Andrade, poeta libertario y sórdido, parten de los trabalenguas, los cantos infantiles y la samba para acceder a la ciudadanía de a pie. No en balde, al igual que Pessoa con el Fado, Drummond le canta a un héroe popular caído en desgracia como el futbolista Garrincha, como si se tratase de Ayax, Tiradentes o la columna Prestes. Cuánto humor negro y solidaridad social no hay en estas tres voces importantes de la poesía auriverde. El misticismo y lo metafísico lo encontramos en textos admirables de Cecilia Meireles y Murilo Mendes, sin que el portugués brasilero pierda su cadencia ni su melodía que colindaría, gracias a Vinicius de Moraes, con el bossa nova de Tom Jobim y el Movimiento de Música Popular Brasileña de Elis Regina, Chico Buarque, Caetano Veloso y Gilberto Gil. ¿No podría considerarse al Sambista Cartola, filho das Favelas de Rio de Janeiro, un poeta trovador con composiciones como O mundo é um moinho, As rosas no falam o Preciso me encontrar? Se reivindica el legado de la poesía provenzal, esto es escribir poemas para ser cantados en la rúa.

Lêdo Ivo, siempre travieso, provocador y poeta amigo de Bandeira y Drummond, se decía parricida de los modernistas y descendiente de los indios caetés que se comieron al Obispo portugués Sardinha en tiempos de la Conquista. Él alegaba en contra de estos poetas pequeñoburgueses paulistas, el hecho de que hubo en Brasil otros modernismos como la novelística nordestina, por ejemplo. Sin embargo, la Generación del 45 nació de la misma leche que su antecesor. En 1942, veinte años después de la Semana del Arte Moderno, se confesó el Padre Mário de Andrade de un modo que nos conmovió y nos reivindica a su generación artística en la memoria enamorada: «Yo creo que los modernistas (…) no debemos de servir de ejemplo a nadie. Pero podemos servir de lección. El hombre atraviesa una etapa enteramente política de la humanidad. Jamás fue tan ‘momentáneo’ como ahora. Los abstencionismos y los valores eternos pueden quedar para después (…) Dedíquense o no al arte, las ciencias, los oficios. Pero no se limiten a eso, como espías de la vida, camuflados de técnicos en vida, viendo pasar a la multitud. Marchen con las multitudes». La vigencia de este fragmento, pues, resulta incuestionable. Sin embargo, César Vallejo transitaría del vanguardismo de «Trilce», su lúdico y hermético discurso, a una poética del Decir comprometido en lo humanístico y lo político.

T. S. Eliot publicó «La Tierra Baldía» el mismo año que «Trilce». Ambos poemarios, además de su sesgo de experimentación en el lenguaje, hacen un uso creativo del habla y la cultura de sus respectivos países, no en balde que Eliot sea católico, conservador y monárquico, mientras que Vallejo se mantuvo marxista heterodoxo latinoamericano.  El polígrafo peruano encarnó al igual que Eliot, James Joyce (su Ulises se publicó también en 1922) y Ezra Pound, un proyecto personal de escritura ejemplar y trascendental. Su propuesta vanguardista es doble, tanto en lo literario y lo político-social. No hay deslinde entre tales ámbitos, ni tampoco entre «Trilce» y el resto de sus libros de poesía, narrativa de ficción, crónicas y ensayos. «Trilce» bordea un discurso entre nostálgico, rabioso y patológico (depresión recurrente y bipolaridad). Puesta en escena en la lengua oral andina, mestiza e indoamericana que perfila una novísima forma de expresión poética. Plantea muy a la suya la escisión imposible entre el Doctor Jekill y Míster Hyde, pues el Hombre se llama y se mueve Legión de voces contradictorias en pos de un hegemón. Se escribió en la prisión de Vallejo en Trujillo por un incidente de subversión política que se le atribuyó el año 1920. Por lo que su decir críptico no es ocioso ni lúdico per se, sino establece una confrontación paradójica con el Poder. Lo cual no desdice a las catacumbas del alma y la existencia como no-lugar o mecanismo de defensa: Evadirse de la realidad y su despropósito en el ensueño y la hipérbole que lo afilia a las pinturas negras de Goya.

El hermetismo opera en tanto dislocación de la escritura a nivel léxico, sintáctico y semántico. Ello en función del enigma de la vida que se asoma a unas muy entenebrecidas retinas. Cansancio y nostalgia de páramo proveniente de la desilusión colonial de Lima la Horrible y el resto de Perú, se hace cadencia y melodía entre la ira y la melancolía rebeldes, fabla mestiza andina e indígena mediante. Los poemas se numeran prescindiendo de la titulación, afán de cifrar el discurso para sugerir posibilidades múltiples de desciframiento. Una decodificación que se antoja existencial, estética e ideológica. Escalera de Jacob panteísta e inca y quechua para ascender cielo y descender terredad y sheol e infierno, sin filtros ideológicos ni religiosos. La asociación libre de las ideas e imágenes intensas movidas por una nueva sensibilidad poética, también provee espasmos y excitación erótica. Poética subversiva política, artística y gramaticalmente incorrectas.

 

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En definitiva, «Trilce» no es un incendio aislado provocado por el genio de César Vallejo. Este libro de la lengua fluye también en la transparencia de «Poemas Humanos» y «España, aparta de mí este cáliz», publicados de manera póstuma. Vive en la poética del Decir comprometido y solidario con su siglo, por vía de sus atmósferas e imaginería tan audaces. Implica asimismo el diálogo con sus antecedentes y contemporáneos como Inca Garcilaso de la Vega, el tradicionismo agudo y picante de Ricardo Palma, y la prosa desmitificadora y revolucionaria de González Prada y Mariátegui.

En nuestro Círculo de Lectura en Casa Pocaterra, Valencia la de Venezuela, nos preguntamos, entre otras cosas, qué pensaría Vallejo de «La Tierra Baldía» de Eliot. Revisando sus Crónicas de poeta (Biblioteca Ayacucho, 1996), el nuestro hablaba de dos tendencias en la poesía norteamericana de aquel tiempo, la whitmaniana y los «imaginistas recalcitrantes» como Pound y el mismo Eliot quienes fueron socios en La Tierra Baldía como corrector y autor respectivamente. Se es poeta, capitalista o socialista, desde el culto auténtico del lenguaje y la sensibilidad hasta en la forma de cepillarse los dientes. Recordemos que Vallejo redactó las autopsias del surrealismo y del malogrado Vladimir Maiakovsky. La poesía no sólo es amorosa sino también despiadada.

 

José Carlos De Nóbrega / Ciudad Valencia