Amigas y amigos constructores de sueños, forjadores de esperanzas. Uno de los rasgos más notorios y sentidos de la crisis que ha vivido el país en los últimos dos lustros ha estado centrado en el ataque contra nuestro signo monetario. Ataque que no solo ha impactado la calidad de vida de los venezolanos, afectando gravemente el poder adquisitivo de la población; también ha pretendido incidir sobre la identidad nacional propiciando el rechazo a nuestra moneda.
Este proceso—aunque ha sido el más sistemático y prolongado—no es nuevo. Una mirada al pasado nos permite apreciar que—aunque con métodos y circunstancias distintas—acciones con propósitos similares se implementaron en diversos momentos de nuestro acontecer como nación.
El manejo y uso del circulante con fines políticos es una táctica presente desde los propios inicios de la República. Un proceso que parece extenderse hasta nuestros días y que en el pasado reciente se vio constatado, entre otras acciones, en la extracción injustificada de inmensas cantidades de efectivo—sin valor de intercambio en el exterior—cuyo principal objetivo era debilitar la economía nacional.

Desde el inicio de la independencia
Con el establecimiento del dominio español en el territorio hoy venezolano se impuso un intercambio comercial que obligó al uso de una moneda para facilitar las diversas transacciones comerciales. Aunque existían otras—la libra esterlina, el franco francés—las de mayor circulación en este territorio fueron el peso de plata y el real de plata, que ingresaban como resultado de la exportación de cacao y otros rubros hacia España.
Durante la etapa colonial no existió una moneda de reserva como lo es el dólar en el sistema monetario internacional actual. Pero hacia finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, muchas naciones utilizaban un sistema de acuñación de moneda bimetálica (oro y plata). Liderada por Inglaterra—para entonces el centro económico del mundo—se adoptó el patrón oro como referencia para establecer la paridad cambiaria.
El comercio en las colonias americanas tuvo al real de a 8 o peso español—acuñado en plata—como moneda de facto para el comercio con la Metrópolis. La paridad cambiaria entre una moneda como la libra esterlina y el peso español estaba determinada por la relación de mercado entre el oro y la plata. Un gramo de oro equivalía a 15,5 gramos de plata.
Tras el comienzo del proceso independentista la Metrópolis estableció un bloqueo comercial sobre los productos venezolanos que pronto tuvo impacto sobre la economía, mermó los ingresos públicos, generó desconfianza y afectó en el corto tiempo la circulación de moneda en el territorio.
Ante esas circunstancias, y procurando mantener el intercambio comercial, el gobierno de la Primera República tomó la medida de emitir su propia moneda, un hecho que resultó más perjudicial, pues, al ser rechazada como medio de intercambio, aumentó el temor entre los comerciantes que se negaban a vender sus productos recibiendo en pago de esa moneda; generó inflación y en no pocos casos fue objeto de falsificación.
Los demoledores efectos económicos y políticos sobre la naciente República fueron señalados por Bolívar en el llamado Manifiesto de Cartagena como una de las causas que condujo al colapso del gobierno: “la disipación de las rentas públicas en objetos frívolos y perjudiciales; y particularmente en sueldos de infinidad de oficinistas….dio un golpe mortal a la República, porque le obligó a recurrir al peligroso expediente de establecer el papel moneda, sin otra garantía, que la fuerza y las rentas imaginarias de la Confederación”.
Las consecuencias inmediatas fueron de tal magnitud que en poco tiempo la arroba de carne, cuyo valor era de cuatro reales, pasó a costar cuarenta y ocho asignados, la moneda creada por la Confederación.
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Fue con Guzmán Blanco
Uno de los problemas que enfrentó la República tras la disolución de Colombia, la grande, fue la escasez de circulante, al punto que en 1830 la Secretaría de Hacienda debió emitir decreto mediante el cual se autorizaba el curso e intercambio de las monedas de España, Dinamarca, Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Irlanda, Portugal, Holanda, Rusia y Suecia; con sus respectivos valores de conversión.
La Ley de Libertad de Contratos promulgada en 1834 tuvo entre otros propósitos incitar la circulación de numerario a través de la promoción de préstamos y el estímulo del comercio. En 1842, durante el segundo gobierno de José Antonio Páez, se produjo la primera acuñación de moneda nacional: el centavo de cobre, cuyo valor era la centésima parte de un Peso Fuerte.
Pero fue con Antonio Guzmán Blanco, en 1871, que se estableció como unidad monetaria el venezolano de plata, con peso de 25 g, y se procedió a convertir las cuentas públicas y el valor de los productos referenciándolos a la nueva moneda. Más tarde, en 1879, se estableció el bolívar de plata como unidad monetaria venezolana, restringiendo, con ello, la circulación de monedas extranjeras que sólo serían admitidas como mercancía con base a su peso y material.
Todo esto se vio facilitado por la aparición de entidades bancarias en el país: Banco Caracas, Banco de Maracaibo, Banco Comercial, Banco de Venezuela; los cuales, entre sus facultades, tenían la posibilidad de emitir moneda, una condición facilitada por la incapacidad que para entonces tenía el Estado de consolidar la soberanía monetaria.

Con el comienzo de la explotación petrolera el bolívar tendió a fortalecerse al punto que llegó a convertirse en una de las monedas más fuertes del mundo, incluso, en medio la Gran Depresión de 1929. A partir del llamado Convenio Tinoco, de 1934—denominado así en alusión al ministro de Hacienda Pedro Tinoco—la influencia del dólar se consolidó fijándose una paridad cambiaria de 3,90 Bs por dólar.
Fue durante el gobierno de Eleazar López Contreras cuando el Estado logró consolidar una política de soberanía monetaria que permitió tener el control de la emisión de moneda—una prerrogativa que poseían los bancos comerciales ante la imposibilidad del gobierno y el Estado establecer una política que respondiera a los intereses de la Nación—lo cual pudo ser posible tras la creación del Banco Central de Venezuela, en 1939.
En 1983, tras el llamado Viernes Negro, factores de orden interno y externo propiciaron un proceso de devaluación del bolívar que condujo a una grave crisis económica y social en la década de los ochenta y noventa.
Durante buena parte de los mandatos del presidente Chávez se mantuvo un control cambiario que evitó la depreciación del bolívar—acechado por debatibles valoraciones—entre las que destaca el incremento riesgo país establecido unilateralmente por agencias y bancos internacionales y los señalamientos de un gasto público descontrolado.
Tras el ascenso a la Primera Magistratura del presidente Nicolás Maduro la agresión económica se incrementó. El establecimiento de medidas coercitivas unilaterales en 2015, las sanciones contra la industria petrolera en 2017, la confiscación de activos en el exterior, el desconocimiento del gobierno nacional, el bloqueo de cuentas del Estado con la consiguiente imposibilidad de adquirir bienes, pagar servicios y recibir pagos; produjo una escasez de divisas que afectó la tasa cambiaria en magnitudes sin precedentes.
La persistencia de medidas coercitivas unilaterales en la actualidad continúa incidiendo sobre la paridad cambiaria afectando la economía nacional y el ingreso de los trabajadores, esto a pesar de crecimiento sostenido de la economía durante diecinueve trimestres consecutivos, el aumento de la producción petrolera y el incremento del precio del petróleo en el mercado mundial.
La continuidad de esa política de agresión no solo tiene efectos la economía venezolana, también procura mantener la acechanza que impida recuperar el estado de bienes que tuvo la clase trabajadora durante la primera década de este siglo, doblegar la moral y la conciencia histórica del pueblo venezolano.
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Luis Beltrán Prieto Figueroa | Ángel Omar García González | Ciudad Valencia
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Ángel Omar García González (1969): Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales, y Magister en Historia de Venezuela, ambos por la Universidad de Carabobo, institución donde se desempeña como profesor en el Departamento de Ciencias Sociales de la Facultad de Educación. En 2021 fue galardonado con el Premio Nacional de Periodismo Alternativo por la Columna Historia Insurgente del Semanario Kikirikí. Ganador del Concurso de Ensayo Histórico Bicentenario Batalla de Carabobo, convocado por el Centro de Estudios Simón Bolívar en 2021, con la obra “Cuatro etapas de una batalla”. Es coautor de los libros “Carabobo en Tiempos de la Junta Revolucionaria 1945-1948” y “La Venezuela Perenne. Ensayos sobre aportes de venezolanos en dos siglos”.
Ciudad Valencia/M.Ll













