Amigas y amigos, constructores de sueños, forjadores de esperanzas: Cuando se estudia la Historia de la Educación venezolana durante el siglo XX, el nombre de Luis Beltrán Prieto Figueroa resulta insoslayable.
No solo se desempeñó en diversos ámbitos del quehacer educativo ejerciendo la docencia en todos los niveles del sistema: primeria, bachillerato y universitaria. Fue fundador del movimiento magisterial, ministro de Educación, parlamentario y un destacado intelectual que con sus ideas contribuyó a forjar el sistema educativo venezolano.
Desde el Poder Legislativo promovió instrumentos legales que coadyuvaron a la creación un instituto de gran relevancia en la cobertura las necesidades laborales que requeriría el Proceso de Sustitución de Importaciones promovido por el Estado venezolano en la década de los sesenta del siglo pasado: el Instituto Nacional de Cooperación Educativa (INCE).
En el ciento veinticuatro aniversario de su natalicio es bueno recordar que la vida y obra del Maestro fueron honradas nuevamente el 15 de enero de 2025, trasladando sus restos al Panteón Nacional.
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La Nueva Escuela
No es casual que el ente rector en materia educativa haya escogido el 15 de enero para homenajear al Maestro Prieto, ya que la fecha está íntimamente ligada a la acción educativa que desde joven emprendió el hijo ilustre de La Asunción; pues, en 1932, fue fundada por Prieto Figueroa y Miguel Suniaga la Sociedad Venezolana de Maestros de Instrucción Primaria (SVMIP), agrupación que levantó las banderas de una nueva concepción pedagógica y educativa en el país.
La agrupación —surgida en un mundo convulsionado signado por grandes transformaciones: tecnológicas, sociales y políticas, en el contexto de la crisis mundial del capitalismo, consecuencia de la Gran Depresión Económica de 1929, y en medio de una sociedad expectante de cambios— levantó las banderas de la transformación educativa, invocando las modernas teorías pedagógicas que desde Europa y Estados Unidos promovían pensadores como Edouard Claparède y John Dewey; para quienes la educación no debía estar centrada en lo que se aprende sino en quién aprende.
Esta renovadora concepción educativa fue llamada La Nueva Escuela. Era una propuesta didáctico-pedagógica que, fundamentaba en una variedad de expresiones teóricas, auspiciaba una visión puero-céntrica de la educación que hacía del niño el protagonista fundamental del proceso de aprendizaje relegando al maestro al rol de facilitador. Se concebía la educación como un proceso práctico en el cual el niño aprendía haciendo.
La concepción pedagógica se enraizaba con el planteamiento educativo del Maestro Simón Rodríguez, quien consideraba que la inteligencia se potenciaba combinando la labor intelectual con la actividad práctica. El método de la educación popular que propuso contenía dos ejes fundamentales: vincular el estudio al trabajo, haciendo la educación productiva a través del aula taller.
La propuesta de la Escuela Nueva también fomentaba los principios de libertad y acción como pilares del ejercicio pedagógico, valores que sólo podrían desarrollarse en una sociedad democrática. No fue casual, entonces, que Prieto promoviera más abiertamente—a partir de 1936, cuando junto a otros funde la Federación Venezolana de Maestros (FVM)— una concepción pedagógica que entraba en sintonía con los ideales de democracia, justicia y libertad, que comenzó a demandar la sociedad venezolana tras la muerte de Juan Vicente Gómez. Para Prieto, “la educación no debía ser el resultado de la sociedad que se tenía sino de la que quería”.
La República escolar
La larga vida del Maestro Prieto siempre giró en torno al ámbito educativo, no en balde se enorgullecía de haber ejercido la docencia en todos los niveles de sistema educativo, una labor que combinó con la actividad política pues tenía perfecta conciencia que toda labor educativa encierra una acción política y viceversa. Esa convicción lo llevaría a luchar por hacer realidad la idea de una educación para todos.
Para Prieto la educación debía ser inclusiva, lo que significaba que el Estado debía crear las condiciones para brindarle educación a todos sin más distingo que sus capacidades. Esta concepción estaba unidad a otro concepto fundamental: el Estado Docente, instancia que no solo debía planificar, supervisar y regir la política educativa sino también garantizar el acceso a la educación.
En cuanto a la educación democrática, se requería un proceso no solamente circunscrito a la comprensión y aprendizaje de conceptos, modelos, historias y nociones teóricas, sino al desarrollo y aprendizaje de prácticas de convivencia democráticas que contribuyeran al forjamiento de una sociedad que procuraba alejarse del personalismo y autoritarismo gomecista.
Desde la Escuela Nueva se promovió la llamada República Escolar, una experiencia pedagógica que procuraba convertir a la escuela en una pequeña comunidad democrática, que reunida en asamblea, eligiera sus funcionarios, los cuales debían velar el cumplimiento de las normas y de prácticas que deben seguirse.
En 1948, tras el derrocamiento del presidente Rómulo Gallegos, debió salir al exilio. El reconocimiento internacional que como pensador y pedagogo había alcanzado fueron las credenciales de mérito que lo llevaron a desempeñarse como Jefe de Misión al servicio de la UNESCO en Costa Rica y Honduras, naciones en la que desempeñó una destacada labor.
En Costa Rica contribuyó a reformar la Educación Secundaria, muy centrada en aspectos de carácter académico, proponiendo en sustitución un modelo diversificado y técnico. También sugirió apoyar la formación de los maestros a través de un Instituto de Formación Profesional, y coordinó el equipo de expertos internacionales que coadyuvó a la reforma curricular del país.
En Honduras, también como agente de la UNESCO, fue asesor y contribuyó a la redacción de la Ley Orgánica de Educación, también aportó elementos metodológicos para la institucionalización de la planificación educativa. En su criterio, la educación no podía ser improvisada, sino resultado de un plan científico basado en las necesidades económicas del país.
Finalmente, como jocosamente lo destacara Manuel Caballero en el discurso de conferimiento del Doctorado Honoris Causa que la Universidad Central de Venezuela (UCV) le otorgó al Maestro Prieto por su dilatada y productiva labor educativa en marzo de 1986; éste calzaba muy bien en la definición que el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española hace de la notable condición física que lo caracterizaba: no era un hombre “prostituido”, “infame” y “abyecto”; es decir, no era un “desorejado”. ¡Honor y Gloria al Maestro Prieto!
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Ángel Omar García González (1969): Licenciado en Educación, mención Ciencias Sociales, y Magister en Historia de Venezuela, ambos por la Universidad de Carabobo, institución donde se desempeña como profesor en el Departamento de Ciencias Sociales de la Facultad de Educación. En 2021 fue galardonado con el Premio Nacional de Periodismo Alternativo por la Columna Historia Insurgente del Semanario Kikirikí. Ganador del Concurso de Ensayo Histórico Bicentenario Batalla de Carabobo, convocado por el Centro de Estudios Simón Bolívar en 2021, con la obra “Cuatro etapas de una batalla”. Es coautor de los libros “Carabobo en Tiempos de la Junta Revolucionaria 1945-1948” y “La Venezuela Perenne. Ensayos sobre aportes de venezolanos en dos siglos”.
Ciudad Valencia/RN













