Hace dos años que ha dejado este plano terrenal quien fue una de las grandes inspiraciones para las nuevas generaciones como lo fue Don Asdrúbal González. Entre las miles de cosas que podría decir, para aquellos que no lo conocieron, fue un escritor de pluma fina, toda una vida dedicada a promocionar la escritura y la historia de nuestro amado Puerto Cabello, fue cronista de esa ciudad, anteriormente había sido director de cultura y escribió una increíble cantidad de libros, poemarios, crónicas, novelas. Fue, sin lugar a dudas un escritor excepcional y una pluma fina.
Les compartiré además el escrito que hice al momento de su despedida. Cuando yo era una joven poeta, él me dio concejos sobre cómo escribir y cómo convertirlo en un oficio. Esta es una mirada al agua decantada, a la expresión del agradecimiento por el afecto y la compañía en las letras. Descubramos quién fue este personaje que hoy queremos honrar y recordar.
Asdrúbal González, el escritor de historias sobre Puerto Cabello (1938-2023), inició desde muy joven, con una vida longeva y creando él mismo las posibilidades de publicación, alcanzó a escribir y publicar más del triple que sus amigos escritores.
Asdrúbal González el cronista, dedicó gran parte de sus escritos a realizar una representación gráfica de la zona costera, devolvió al salitre las palabras precisas para armar castillos con la arena del tiempo, recreando paisajes perfectamente ambientados en la historia, en el trópico, en la tierra fecunda de su prosa y poesía.
Fue miembro numeral de la Academia de la historia nacional y uno de los miembros fundadores de la academia de la historia en Carabobo, un escritor comprometido con más de cincuenta libros publicados, en ellos se revelan datos históricos de Puerto Cabello, se recrean lugares de nuestra tierra costera, un escritor de pluma incansable que no guardó sólo para sí esas bondades. Lo que nos lleva a otra de las características de nuestro amigo.

Asdrúbal González el gerente y promotor cultural, obtuvo por mayor logro, haber sobrevivido dignamente a los espacios de poder en algunos mandatos, en algunos cargos que eventualmente desempeñó, ayudando a escritores carabobeños a publicar sus obras. No se trata de exponer su vida como la feria gastronómica que separa en el plato los ingredientes para degustarlo mejor, porque Asdrúbal nunca fue una cosa sino el conjunto de todas ellas. Es por eso que, en la gerencia cultural, no fue menos entregado, siempre aportó un espacio seguro a las letras, sin dejar a un lado su propia producción intelectual. Incluso ahora, me es difícil seccionar todas las aristas que representaron a Asdrúbal, sin que un millón de recuerdos invadan mi mente.
Porque una de sus características, tal vez la que con más fuerza golpea la partida, es Asdrúbal González, el amigo. Siempre una sonrisa en el habla, un saber qué decir elegantemente, una personalidad que acompaña al escritor, al poeta, al cronista, al ensayista, Asdrúbal sintió la fuerza de sus escritos y los afloró para hacer de su permanencia entre nosotros, algo loable e importante.
Siento la necesidad de contarles una anécdota compartida. Cuando tenía mis primeras dos décadas, ya mi padre Carmelo me habría presentado a Asdrúbal, entre conversaciones me dijo: “Si no te detienes puedes llegar lejos, la palabra es una búsqueda constante”. Y yo le dije: “¿Lejos como en el ateneo de Valencia?”. Él me respondió: “Pues sí, mi estimada pequeña poeta, leerás ahí tu sola y yo estaré para escucharte”.

Y por esas suertes del destino, ambos estuvimos en mi recital, en el ahora Museo de Arte Valencia (MUVA), Asdrúbal llegó gracias al amigo Eddy Barrios que lo trasladó al sitio. Al entrar lo primero que hizo fue decirme: “¡Lo logramos! ¡Estamos aquí!”, fue un momento para mí tan especial, que siempre compartiré con él. Y aunque no esté físicamente para marcar cuál es el siguiente tramo en la escritura, seguiré avanzando, como él siempre nos impulsó a hacerlo.

Hay una parte de su libro “Por quién doblan los tambores”, emulando el libro de Ernest Hemingway “Por quién doblan las campanas”, que transcurre, entre otras partes, en relatos provenientes de Borburata, relata, por medio de acto de magia interesante, la historia del tirano Aguirre y su paso por estas tierras. Con un despliegue histórico y un carácter, recrea cada personaje. O el libro donde cada capítulo está nombrado como los signos zodiacales llamado “Harem”, donde recrea cartas y momentos de un tiempo específico.
Otro libro que considero clave es el que le escribió a Gabriel Guevara, “El dictador de los bosques”, acercando datos de Puerto Cabello y Morón que eran desconocidos para muchos de los que habitamos estas tierras. Aportar poesía publicada en el siglo XIX, toda en relación a la vida cultural de Puerto Cabello, es una nobleza que se agradece. Revisemos la poesía marina ligada a su infancia y el paisaje que se muestra a sí mismo.
El niño que contaba caracoles
La invitación es a pensar que el personaje de la historia que nos une era un niño apegado a su paisaje. Imaginen que ese pequeño se escapaba del mundo de los juegos tradicionales y los libros de historia para acercarse al siempre amigable mar, que en algunas ocasiones pudo haber sido el malecón de Puerto Cabello.
Supongamos también que una vez inmerso en su oleaje se disponía a contar piedras imaginando que eran libros o caracoles. Un ideario de sueños seguramente abordó rayos de lucidez poética, posteriormente construyó versos clásicos que guardaron dichas impresiones primarias. Asdrúbal González borró las paredes de su casa, pintó por puerta la entrada de una ciudad y descubrió del mismo modo la palabra poesía en la curiosidad por conocer su origen en cada calle transitada.
La musicalidad que resguardan los poemas de Asdrúbal González tuvo que haber sido por el seguimiento de un pequeño travieso a los sonidos que encontró en el paisaje. Mientras jugaba con los caracoles que va contando a orillas de la playa de su infancia. Se presume que lo que pudo haber variado, a favor del lector, fue la selección que realizó su memoria para formar sonetos que visualicen anécdotas tempranas. Para ilustrar esta aseveración, cito el poema Malecón de González (1980, p. 95):

Llego la tarde hasta ese palpitar
de alcatraz atrapado por el suelo,
y digo rojo girasol de cielo,
y constelo luceros en el mar.
Llego de frente, caña de pescar
paseo mi niño corazón de anzuelo,
echo raíces y le niego el vuelo
a la torre de altura caminar.
Y digo tarde cabalgar el día…
El castillo nostálgica agonía
es de pena; sirena de la fuente
canta el amor errante del marino,
mientras suspira malecón su trino
y adiós le dice al sol tarde muriente.
Se puede observar específicamente en los versos “paseo mi niño corazón de anzuelo / echo raíces y le niego el vuelo”, la presencia imponente de la infancia en su poesía y un poco la manera que acompaña a todo adulto, esa nostalgia de haber crecido y haberse convertido en un hombre de mar inundado de tierra, de espacio seguro y habitado.
Lo que se puede interpretar es que aquel infante quiso ser marino, pirata o pescador y en cambio encontró calle y oficina. Cabe destacar que la melancolía de este autor no es diferente a la del resto, sin embargo, lo que hace especial su estadía en el poema es el traslado del recuerdo al mar.
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Cargado de una serie de imágenes, el poema culmina con el anochecer no mencionado, mostrado en el adiós al sol que representan los años que no vuelven. Haciendo además de la creación de una remembranza simbólica y significativa para él, la demostración más fiel de que para Asdrúbal, el poeta, sus años de infancia ciertamente se han terminado.
De esa manera queda un registro de la importancia y el peso que, en primer lugar, tuvo la niñez para el poeta y, en segundo lugar, tuvo su paisaje de mar en la construcción clara y firme de sus años. El niño que trasladaba su casa a la orilla y que contaba caracoles como poemas indiscutiblemente, como suele pasar con todos los seres humanos, creció y esperó que con el tiempo se hicieran realidad sus sueños y zarparan sus barcos de papel. Con los años, el escritor de ésta historia se hizo un a ciudad, de un puerto, un oficio y esperó que el lector guardara junto a él sus recuerdos más inocentes de cuando la vida se hacía de risas y mañana.
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Mirih Berbin (berbinm@gmail.com) es poeta, traductora, editora, promotora cultural y docente. Magíster en Lectura y Escritura en la Universidad de Carabobo (UC). Es profesora asistente de la UC y de la UAM. Es editora adjunta de la página literaria El Diente Roto. Fue especialista de poesía en el Museo de Arte Valencia con más de cien lecturas de poesía dentro y fuera del país. Ha escrito varios artículos arbitrados sobre la enseñanza del idioma y los aportes filosóficos para la educación.
Su poesía se ha publicado en numerosas revistas, páginas y antologías. Fue columnista de la página cultural semanal del Diario La Costa entre el 2009 y 2011. Ha publicado: Mareas (2009) y Hacerme Templo (2016), e Hilos Nacientes se encuentra en imprenta. Su poesía ha sido traducida al árabe, francés, italiano, catalán e inglés.
Ciudad Valencia / Fotografía de la autora @machmillan










