“Los regalos bajo el eclipse” por Mirih Berbin

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Desde siempre he sentido una increíble fascinación por la luna, he actuado como una loba mujer que se desplaza de noche alrededor de su casa para aprovechar que sus hijos duermen y bailar, escribir, tomarme un chocolate caliente a media noche y tener una conversación muy, pero muy amena conmigo misma o con otros.

En ese sentido, la noche, desde siempre, va adquiriendo nuevas connotaciones y equilibro al paso del día, con la brevedad del momento cuando puede verse la luna inmensa, blanca o de otro color, dormida.

 

eclipse de luna-loba-luna de sangre

 

En esta oportunidad he visto un eclipse de luna en la madrugada de anoche. Una mordida en la nalga de la luna que se ha visto muy, pero muy sugerente, o tal vez ha sido mi apreciación de la misma, pero definitivamente lleva a preguntarnos ¿cómo se descose la muñeca de trapo a la que le pega la luna?, ¿cómo deja de cantar el perro levantándose, como era costumbre, para intentar alcanzarla? La luna despierta hasta los espacios más dormidos que están sobre mí y que acompañan mi noche, al igual que la de cada lector que reproduce esa escena con mi lectura.

Dentro del eclipse, la realidad se detiene y observas que hay poesía en la divina creación. Esa creación hace escribirnos entre líneas porque ciertamente aparecen las palabras, no para agradar, sino para mantener el aire. Lo primero que observo con la estadía del eclipse es que no me convertí en loba. No es un punto positivo, si se ponen a ver, en cambio me convertí en poeta, para decir que escribí de esa mordedura que baja la pendiente, una copa que se entreabre al beberse y que encuentra en todos los sonidos que la habitan una oración faltante.

 

luna llena loba

 

Es como si fuera algo terriblemente esperado, aquel sonido que le va diciendo cuál había sido el libro eterno de conocer lo que resta, en la última guarida de las hojas recicladas por la noche, flameante de espantos, esa copa que se entreabre, muestra la llama eterna que prevalece en canciones y en la guardada fe de los que aún le crecen.

Entonces el eclipse fue cambiando de color la redondez de la luna, es un poema escrito en las perfectibles sensaciones del hombre que se ve diminuto ante tanta naturalidad sin angustia.

Es decir, es un proceso natural que ocurra un eclipse, pero verlo, acompañarlo, eso ya es otra cosa. Resulta el vibrar con la canción de la brisa, el arroparse también con ella y creer que ha llegado a contarnos historias buenas. En este dialogo de dos sigue escribiendo la poeta: En fechas de espera de una copa se presenta el vino. Tiene mucho más que ver con el encuentro y desencuentro de la realidad que con cualquier idea dibujando un sujetador del líquido. Tiene mucho menos que ver con el agua o el vino no recogido y sus espacios. A diferencia de otras ocasiones, lo que se toma no es lo que se ingiere.

Despertar es prevalecer en silencio y el ruido devuelve la frialdad de la bebida en la gota que se hace otros colores y amores. Es de esperarse, que en un eclipse todo parece estar resuelto, al que le falta la contemplación es a uno mismo, que se distrae entre los labios feroces de la noche y no alcanza a sentir la luminiscencia venida de cada cambio lunar.  Entonces seguimos mirando para ver dos lunas, una esclarecida y otra creciente, una que cambia de color, otra de forma.

En esta forma, el eclipse ha traído un sonido familiar, una voz que subyace puertas adentro, escondites donde debí haberme quedado dormida, pero el eclipse hace ruido, señores, igual que el vino, la copa, la llama siempre encendida y la euforia por ver esa fusión de astros tan y tan cerca.

Quedarse dormido es igual a vagar por las calles, siempre atendemos razones y situaciones que generan conexiones en símbolos que ya no nos hacen creer en perseguir nuevos átomos o estrellas. Las vías lácteas, verdaderas o falsas, y que, por ende, buscan alimentarse de la energía que a cada uno nutre.

 

 

Esperar un eclipse celebra la renovación del tiempo donde somos extraños ante lo de siempre, ver ese cierre y esa total apertura hace el recorrido de la noche de Gerbasi y de muchos otros que extienden sus brazos en el infinito. Ver un eclipse y quedarse observando los recorridos del mismo, los efectos en el paisaje, la transitoriedad de la belleza, es extraordinariamente hermoso. Llegada la madrugada, pudimos ver los colores rojos del sol en la luna, lo tenue de la luz que la acompaña y la noche del poeta que se enciende por primera vez todas las noches y se celebra en absoluta soledad y silencio.

 

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Escucho brevemente decirme: De todo lo que la vida nos muestra, aprendamos del sorbo de los lobos rodeando en ríos de la noche. Ser la copa del vino, ser el vino de la mesa, ser el eclipse asomado se convierte en el poema que aspira beber sorbo a sorbo las líneas infinitas del horizonte.

Hagamos un juego de comparación, comparemos qué se siente o de qué manera actúa un ciudadano común ante un hecho que le cause tal impacto. Entendiendo la luna, la tierra y la poeta, al sentirse más vivas, también su vida se convierte en ese eclipse que en este momento atraviesa el blanco, la luz y la soledad de saberse los regalos bajo el eclipse.

 

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Mirih Berbin (berbinm@gmail.com) es poeta, traductora, editora, promotora cultural y docente. Magíster en Lectura y Escritura en la Universidad de Carabobo (UC). Es profesora asistente de la UC y de la UAM. Es editora adjunta de la página literaria El Diente Roto. Fue especialista de poesía en el Museo de Arte Valencia con más de cien lecturas de poesía dentro y fuera del país. Ha escrito varios artículos arbitrados sobre la enseñanza del idioma y los aportes filosóficos para la educación.

Su poesía se ha publicado en numerosas revistas, páginas y antologías. Fue columnista de la página cultural semanal del Diario La Costa entre el 2009 y 2011. Ha publicado: Mareas (2009) y Hacerme Templo (2016), e Hilos Nacientes se encuentra en imprenta. Su poesía ha sido traducida al árabe, francés, italiano, catalán e inglés.

 

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