En el año 2009, a mi esposo le diagnosticaron cáncer de próstata. Se enteró de una manera muy casual. Un amigo le pidió que lo acompañara a hacerse un examen prostático porque andaba con molestias para orinar y el médico se lo había recomendado.
Es normal que los hombres, al llegar a los cuarenta, comiencen a cuidarse de ese enemigo que siempre está ahí; pero solo corren cuando ven la amenaza cerca y no antes, como precaución.
Ese día se dijo: «¿Por qué no?», y también se lo hizo. Cuando fueron a buscar los resultados, la mayor sorpresa de ambos fue que el amigo salió negativo y él positivo en el examen. Ahí es donde comienza el miedo a morir.
En aquel tiempo, nosotros no estábamos en buenos términos y cada uno vivía en su casa. Sin avisarme llegó, haciéndose el desentendido. La mayor sorpresa fue escuchar su historia y ver cómo se le asomaba el miedo en los ojos. Junté algo de ropa y me fui a luchar a su lado.
DE LA MISMA AUTORA: DOS HERMANAS, DOS PERSPECTIVAS
Quien ha vivido este calvario entenderá lo que significó comenzar la búsqueda de hospitales, porque nuestra situación económica no daba para ir a clínicas. En el hospital Domingo Luciani lo atendieron y comenzó el tratamiento hormonal con inyecciones en el abdomen.
El cambio de hábitos alimentarios y de estilo de vida fue determinante a medida que pasaba el tiempo. Algo que nos mantenía con esperanza era el diagnóstico de su médico: «El cáncer se encuentra encapsulado; esto quiere decir que no se ha extendido hacia ninguna otra parte del cuerpo».
Así iba pasando el tiempo, hasta que le dio dengue. En mi ignorancia sobre los síntomas del cáncer, y al ver que sudaba mucho y tenía la fiebre muy alta. Nos fuimos de prisa al hospital para hablar con su médico. Tuve que dar muchas vueltas para encontrarlo, hasta que me dijeron que estaba en la emergencia. Dejé a mi esposo en el carro y fui a buscarlo. Cuando le comenté que lo había traído para que lo viera, su respuesta fue: «Estoy muy ocupado; además, el cáncer no da fiebre», y se metió al hospital.
Sin pensarlo dos veces, nos fuimos al CDI de Chuao Salvador Allende. Al verlo, el médico intensivista Nicolás Rojas diagnosticó: «Amigo, usted tiene dengue hemorrágico y hay que hospitalizarlo inmediatamente».
Esa mañana volvió a cambiar su vida, porque ahora había que lidiar con lo que un mosquito patas blancas había provocado.
Le mandaron a hacer exámenes de sangre y una radiografía de tórax y, efectivamente, tenía dengue hemorrágico. Lo ingresaron en Terapia Intensiva. Regresé a donde vivíamos, en Los Rosales, para buscar su pijama, sus utensilios personales y notificar a sus hijos sobre la hospitalización.
Allí estuvimos muchos días. Siempre que llegaba el médico, al entrar a Terapia Intensiva, les decía: «Atención, hombres plaquetostáticos, vamos a leer sus valores de plaquetas del día», y comenzaba su ronda con cada uno de ellos.
Por lo pronto, no podía continuar el tratamiento del cáncer hasta no curarse de ese cuadro de dengue. Así transcurrieron los días hasta que le dieron el alta. Ya de vuelta en casa, retomó sus medicinas. Ante el trato del médico anterior, decidimos buscar a otro especialista, aun sabiendo que el avance logrado contra el cáncer posiblemente se habría perdido.
Para ese entonces no sabíamos del Intercambio de Salud que habían concretado los gobiernos de Venezuela y Cuba. Un día, mi hijo César Morales Pacheco, que sabía por lo que mi esposo estaba pasando me dijo que tenía una compañera de trabajo que probablemente nos podría ayudar en el trámite para ver si lo incluía en ese programa de salud. Le entregamos todos los documentos requeridos y lo dejamos en las manos de Dios.
Un martes por la tarde recibimos una llamada donde nos indicaban que había sido beneficiado por el Convenio Cuba-Venezuela para viajar a Cuba, y que debíamos ir a Miraflores a recibir indicaciones. Creo que todos los vecinos, por el escándalo que armamos, se dieron cuenta de nuestra alegría.

El viaje sería el viernes siguiente, por lo que teníamos muy poco tiempo para prepararlo todo. Mis hijos nos ayudaron en todo momento. Solo debíamos llevar ropa para dos meses, los artículos personales y el teléfono, que era muy importante para comunicarnos. También llevábamos nuestros medicamentos y, por supuesto, todo el expediente médico de la patología por la cual viajábamos.
Al llegar a Cuba nos llevaron al Centro Internacional de Salud La Pradera, un hotel provisto de habitaciones muy bien acondicionadas y una piscina hermosa. Era un lugar, el cual pusimos nuestra esperanza en su pronta recuperación.
El lunes fuimos a la Casa 4, donde el oncólogo doctor Rubén Elzarudin atendió a mi esposo. Al llegar, lo primero que le entregamos fueron los exámenes y las radiografías que llevábamos de Venezuela. Él los tomó y los guardó en un cajón, diciendo:
—Estos exámenes no me interesan. Nosotros vamos a hacerle todo nuevamente, además de otros estudios que acostumbramos realizar en casos como el suyo. Allí conocimos a las enfermeras Aibel María P., Janette Oliva y Gilka Rodríguez, tres excelentes profesionales.
Los días siguientes estuvieron llenos de traslados hacia clínicas y laboratorios; unos se los hacían en la misma Pradera y otros afuera. Cuando debíamos salir a realizar algún examen, nos llevaba un transporte —una especie de buseta con aire acondicionado— y con personal de enfermería a bordo. Nos dejaban en el centro de salud correspondiente mientras continuaban repartiendo a los demás pacientes. Al final de la tarde nos pasaban buscado.
El médico lo volvería a ver cuando tuviera los resultados de todos los exámenes. Mientras tanto, nos dieron permiso para salir y conocer a Cuba. Era un sueño hecho realidad.
Visitamos La Bodeguita del Medio, un lugar icónico de la ciudad, y otros sitios emblemáticos como el Malecón, ese extenso banco de siete kilómetros de largo. Creo que es el muro con el banco más largo del mundo. Ver el golpe de las olas rompiendo contra esa estructura de concreto nos hacía recordar viejas películas que habíamos visto.
Luego de esos días de esparcimiento, nos indicaron que el oncólogo nos recibiría el lunes en la Casa 4, donde funcionaba Oncología. Nosotros íbamos llenos de esperanza. El médico fue directo:

—Señor, lamento decirle que tiene metástasis en una gran parte de los huesos. Es decir, que el cáncer se ha expandido.
Quedamos de una sola pieza. Nos miramos a los ojos y nuestros rostros eran de incredulidad. Al ver que no emitíamos ningún sonido pero que demostrábamos espanto, el doctor comenzó a explicarnos qué pasaba en el cuerpo de mi esposo:
—Hay dos alternativas: una es comenzar con las radiaciones, algo que podría seguir haciéndose en Venezuela; la otra es aplicarle una vacuna que está en fase experimental para erradicar el cáncer de pulmón, cuyos resultados han sido muy exitosos. Por supuesto, también tendría que recibir algunas radiaciones.
Mi esposo no lo pensó dos veces. Viendo sus opciones, prefirió darle batalla al cáncer.
Así comenzó la primera cruzada contra ese enemigo. Fuimos trasladados a la Casa 4 para que se realizara el tratamiento. Fue duro, pero él era un hombre que había decidido vivir. De ese modo, comenzamos a viajar cada tres meses y a veces permanecíamos cuatro o cinco en la isla recibiendo su tratamiento.
En ese ínterin de ir y venir entre Venezuela y Cuba, empecé con fuertes dolores en la cervical y me remitieron a la Clínica del Dolor en el hospital CIMEQ, con el doctor Pedro Pablo Benítez Núñez y la licenciada Yordanka González Guerra. Luego de cada sesión de infiltración de ozono en las vértebras, llegaba directamente a acostarme.
Un día que me tocaba infiltrarme ozono en la Clínica del Dolor, conocí al periodista e investigador cubano Nicanor León Cotayo, autor del libro Crimen en Barbados, publicado en 1977.
En uno de esos viajes de regreso a Venezuela, un neurocirujano en Valencia me evaluó y determinó la necesidad de operarme para colocarme dos cajitas de carbono en la C3 y C4. Por esa razón, en el siguiente vuelo no pude acompañarlo y le permitieron a un primo suyo hacer el viaje en mi lugar.
Fue un desastre total: el fulano primo se dio a la tarea de salir y lo menos que hizo fue ayudarlo, por lo que en el siguiente vuelo lo devolvieron a Venezuela. Apenas tuve dos semanas de reposo en casa, pues debía regresar a Cuba.
A pesar de todo, mi esposo continuó mejorando. Como se le caía el cabello, decidió raparse la cabeza. En esos momentos de mejoría escribía una novela en la que muchas personas lo apoyaron; la doctora Elena Montero se la revisaba y lo orientaba con los términos médicos. Se puede decir que fue pionero en el uso de esa vacuna contra el cáncer de pulmón, la cual resultó ser todo un éxito para su caso de cáncer de próstata.
Un día noté que me costaba orinar y se lo comenté al médico de piso, quien me remitió al ginecólogo. El especialista determinó que tenía un prolapso y que se podía solucionar, por lo que hicieron los trámites para hospitalizarme en la Sala Internacional de Ginecología del Hospital González Coro. La atención fue maravillosa: desde el camillero y las camareras, hasta mi ginecóloga cirujana, la doctora Georgina Areces Delgado; además, la comida era de lujo. Para ese entonces, mi esposo se encontraba muy bien. Yo estaba tranquila porque él sabía que yo debía guardar reposo.
Al día siguiente me dieron de alta y regresé a La Pradera. Por supuesto, debía mantenerme en cama, por lo que el médico indicó que me llevaran las comidas y la merienda a la habitación. Al tercer día de operada me levanté con mucho cuidado para asearme y esperar el desayuno. En eso, mi esposo entró al cuarto y me dijo:
—Carmen, yo me voy para Venezuela en el vuelo de este viernes. Cuando tú regreses pide el divorcio, porque me quiero separar de ti.
¡Es que lo recuerdo y aún me quedo con esa misma impresión que tienes tú en el rostro!
—¡¿De qué me estás hablando?! —le dije mientras la cabeza me daba vueltas.
—Lo que oíste: me voy para Venezuela y quiero el divorcio.
Sentí una ola de calor que me subía a la cabeza.
—¿No entiendo…?
—¡Ah! Y dile al médico de piso que me ponga en vuelo para este viernes.
De repente me dieron ganas de ir al baño y caminé despacio debido a la operación. Al sentarme, un caudal de sangre brotó de inmediato y me asusté: pensé que se me habían soltado los puntos. Al salir del baño, él ya no estaba allí. No lo volví a ver en los días que quedaban para el viernes.
Como pude, me acerqué al puesto de enfermería y le comenté al doctor lo que estaba sucediendo. Al ver que un hilo de sangre me corría por las piernas, una de las enfermeras me llevó de inmediato a la habitación.
Ese cuento corrió como pólvora por todo el hotel. Ya todos sabían que mi esposo me estaba dejando y sin ninguna causa aparente. El médico se molestó muchísimo y me dijo:
—Tranquila, Carmen, lo pondré en vuelo y recuerda que tú no te quedas sola.
Ese viernes él partió hacia Venezuela, tal como me lo había dicho. El cuidado hacia mí en el hotel-hospital estuvo al cien por ciento. En cuanto pude, me acerqué al área de las computadoras para enviarles un mensaje a mis hijos y ponerlos al tanto de mi situación.
Tres semanas después me dieron de alta. Antes de partir, le pedí al director que estaba en ese entonces en La Pradera, el doctor Pedro Llerena Fernández, que me permitiera ir al oftalmólogo para que me revisara y me diera la fórmula de la vista, con la idea de mandar a hacer los lentes al llegar a mi país. Estuvo de acuerdo y me asignó la cita para el jueves. Al día siguiente emprendería mi viaje de regreso.
Luego de la revisión oftalmológica, me mandaron a sentar frente a la puerta del consultorio de un especialista. Al hacerme entrar, el médico se presentó:
—Soy el doctor Eliel Ortiz, especialista en glaucoma. Le quiero hacer una pregunta: ¿usted ha pasado por una rabia muy fuerte en estos días?
Le comenté lo ocurrido con mi esposo.
—Bueno, estimada señora —me dijo—, la reacción de su cuerpo fue subir la presión ocular. Dé gracias a Dios de que sangró, porque si no, se habría quedado ciega del todo. La pondré en lista para el quirófano de inmediato.
En total tuvieron que hacerme tres intervenciones: una con anestesia local, otra con anestesia general y la última con láser. Por esa razón, permanecí casi un mes más en la isla. Finalmente regresé a Venezuela con un tratamiento de por vida para el glaucoma y, por supuesto, me divorcié.
¡Moraleja! Lo que haces por amor o por intentar ayudar a alguien habla de la calidad de persona que eres. No podemos permitir que nadie nos cambie, pero sí debemos entender que no somos Dios. La vida sigue y es muy posible que sea ella misma la encargada de cobrar esos malos actos.
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Carmen Beatriz Pacheco (Caracas, 1951) es cronista, dibujante y aficionada al haikú y al microrrelato.
Ha participado en el Taller de Lectura y Escritura Creativa del Museo de Arte Valencia (MUVA) con el Prof. Ramón Núñez.
También formó parte del grupo CEINFOLEIM, dirigido por el escritor José Luis Troconis Barazarte.
Integra el Laboratorio Narrativo Zuaas en cuyo libro colectivo «Relatos de lluvia (historias que caen del cielo)» (2025) interviene con tres relatos breves.
Asimismo integra la Escuela Virtual «Historias en Yo Mayor» de la Fundación FahrenHeit 451 (Colombia).
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